Ignorando pequeñas porciones de realidad.
Desatendiendo los detalles vitales.
Omitiendo los surcos y formas.
Sorteando los colores.
Burlándote.
Borrar.
Huir.



Hay cosas en la vida que sí... y cosas que no. No voy a ser capaz de explicarme mejor en este aspecto. Creo que estoy a miles de años luz de conseguirlo. Lo pienso y nada. Lo siento y nada más, si cabe. Soy la cosa más absurda que he visto en años. Fuga de ideas. Ojalá lograra poner los pensamientos en su sitio cuando debo expresarlos. Entonces, sí. Únicamente de esa manera. Poner mis tres sistemas en orden. Equilibrio, pero no de éste, sino del sano.
"Todo el amor que diste te será devuelto" o algo parecido dicen por ahí. Yo no entiendo demasiado de amor ni de deudas, pero no estoy de acuerdo para nada con este planteamiento. No creo que a nadie nos pongan la daga en el cuello a la hora de dar algo, sobre todo a la hora de dar amor. De eso se trata, se supone. Ha de ser desinteresado porque sino no es amor, me parece. No es una opción, es un hecho. O quieres o no quieres, pero nunca a medias. Y nadie te debe nada por ello, nada te asegura que lo vayas a recibir en la misma proporción. Mucho menos de la persona que pretendes que lo haga. Porque, simplemente, no funciona así. Y sí, ha de ser simple. De esas cosas que se saben, que huelen, que te impregnan el ser y el no ser y todo lo demás.

Yo ya sé distinguir lo que importa. Últimamente el amor viene en ráfagas, junto con el dolor. He aprendido que de ciertas cosas uno no se puede desprender, pero sí se puede aprender a afrontarlas de otra manera. Soy una ignorante un poco más sabia ahora, ahora que sé que la vida no siempre te prepara sorpresas agradables. No siempre, pero sí algunas veces. Y yo vivo de la expectación de lo que pueda ocurrir.
I don't know what to do about the depression and the inflation and the Russians or the crime in the street. All I know is that first you've got to get mad... you've got to say: I'm a human being -- Goddamn it -- my life has value!

empezar a pensar que quiero referirme a alguna de esas expresiones tipo ‘carpe diem’ que tan exprimidas están por la publicidad y por la gente en general, que casi llega a perder el sentido. A mí lo que me preocupa, lo que me lleva a plantearme ciertas cosas es la cuestión de que estoy creciendo y no sé qué es lo que estoy haciendo. No sé qué estoy acumulando, no sé qué es lo que va a quedar de mí. Llegará un momento en que mire atrás y haya conseguido unos cuantos documentos de identidad, la mayoría caducados; papeles, cartas, discos, aparatos electrónicos, prendas, llaves, dinero y demás objetos que han formado parte de mi vida pero que no dicen nada de mí o habrán perdido el sentido que en su día tuvieron. Y, mientras, paso los días con todo eso en mis bolsillos cuando ni siquiera sé disfrutarlo porque no soy feliz. Lo soy en la medida en que puedo, no me malinterpretes, pero soy inconformista. Y eso que la palabra inconformista nunca me ha gustado, me parece demasiado fácil atribuirse el término. Yo quiero ser de otra manera, disfrutar mi vida de forma diferente. Qué pasa si me muero antes de haber hecho, visto, ido, comido, viajado, dicho o sentido (pon aquí todo eso que se te pasa por la mente). Qué pasa si he estado demasiado ocupada en actividades a las que llamo ‘vida’ y dejo de lado la vida en sí misma. Qué ocurre si quiero estar contigo pero decido que tengo otras prioridades. Puede que nunca disfrute de ese sentimiento. Qué pasa si me paso los días soñando despierta ensimismada en mis fotografías de nubes y buscando letras de canciones o textos que expresen mejor lo que siento. Qué hay de lo demás, que hay de experimentar la vida por uno mismo en lugar de sentirse, casi podría decir, atrapado en una circunstancia que es casi tan relativa como cualquier otro aspecto que te puedas plantear. Todo va y todo viene, como la gente, los trabajos, las parejas, los amigos, el dinero, la familia. Y me ocurre que la mayoría de las veces pienso que para determinadas cosas ‘no es el momento’. Pero, ¿y si no llega ese momento adecuado? Siempre habrá problemas y cosas que hacer aunque cambien las prioridades. Siempre habrá algún ‘pero’ o alguna forma de escaquearse. Y yo sólo quiero que no se haga demasiado tarde porque no quiero arrepentirme de nada cuando de la vida apenas me queden más que recuerdos..
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Que me den algo para que se termine este ánimo autodestructivo, para que se quiten los miedos a salir de casa sola, para que se vayan de una vez los calambres por el cuerpo, los dolores de cabeza. Que me manden algo para que mis hombros no carguen con el peso de cuando me siento mal, que mi apetito vuelva a ser el de siempre, que no termine los días llorando. Que haya algo que termine con los malos sueños, con las ganas de desaparecer, con el insomnio de algunas noches; que mi respiración no se acelere, que corte de raíz los mareos, la sensación de que me caigo. La sensación de que me muero.
A veces me da por pensar que la vida es algo... triste. No lo es cuando tienes energía suficiente o la salud necesaria para recuperarte de todos los daños que uno se provoca o le provocan a lo largo de las situaciones y el tiempo. No lo es cuando encuentras algo que te hace un poco más feliz de lo que eras antes. Pero los años pasan y envejecemos con todo lo que eso supone. Aparecen problemas más serios que los que te afectaban a los 10 o a los 30 y empiezas a depender de especialistas, pruebas y medicamentos que intentan alargar lo más y mejor posible la hora de lo inevitable, de aquello por lo que vamos a pasar todos además del nacimiento. Sin excepción. Y es algo triste verlo así pero a la vez pienso que todo ese peregrinaje que se hace cuando eres mayor a los médicos, es por no querer abandonar un mundo que, si tiene cosas malas, tiene bastantes más cosas buenas en el día a día. Es por no querer abandonar a las personas que nos quieren y queremos. No formar parte de sus vidas ni ser testigos de lo que les ocurra. Alargamos la vida por amor. Y eso es algo increíble. Y creo que las personas deberían centrarse más en encontrar el bienestar en lo cotidiano. Disfrutar con la persona que estás, con lo que haces, buscar algo mejor, no abandonar las metas. Porque nadie nos devuelve el tiempo que perdemos. Porque los años no deberían sumarse sino irse restando, si eso sirviera para hacernos más conscientes de que vamos a morir, pero hoy seguimos vivos.
Todas esas cosas que dijimos hace años que no haríamos, todos esos pudores que emanaban de cada estridente carcajada que dejábamos ir. Toda esa inocencia.Igual es momento de cambiar. De dejar de huir. De empezar a hablarme desde la verdad y dejar de convencerme de que todo va bien así. Porque no va bien, de hecho va fatal. Tan mal que ya no puedo más.
"Encontraré el camino, no me rendiré", me escribió un buen amigo. Y sé que el día que no me haga llorar esa frase será el día que lo haya encontrado. El día en que haya dejado de preguntarme: "¿Y todo esto para qué?".
(...)
- ¿Y cómo me ves tú a mí?
- Como un misterio.
- Ése es el cumplido más raro que me han hecho nunca.
- No es un cumplido. Es una amenaza.
- ¿Y eso?
- Los misterios hay que resolverlos, averiguar qué esconden.
- A lo mejor te decepcionas al ver lo que hay dentro.
- A lo mejor me sorprendo. Y tú también.



"Hola, desconocido", pienso durante el segundo que te miro. Me pregunto cuánto tiempo llevas esperando aquí sentado. Me pregunto cuánto tiempo esperaré yo, a tu lado. Las paradas de la linea 77 se convierten en refugios para solitarios. Todos nos hablamos entre nosotros, pero nadie dice nada porque nadie se atreve a destaparse ante un desconocido.
Pero no somos desconocidos. Llevamos exactamente 7 minutos y 12 segundos compartiendo el aire y viendo los mismos coches pasar, con la cabeza ladeada a la izquierda para ver quien salta primero al divisar el bus de lejos. Hemos coincidido en esta coordenada espacio/tiempo, una única vez en nuestra vida, y vamos a dejarlo pasar. Y me pregunto cómo será tu vida, a dónde vas ahora que anochece. Me pregunto si te despediste de alguien y vuelves, o si vas porque alguien te espera. Quizás ambas, quien sabe. Yo no lo sabré. En este instante no se me ocurre afirmación más real que esa.
Te diría tantas cosas... te diría que levantaras la vista y mirases los tonos del cielo ahora que el sol se pone tarde y lento. Te pondría la canción que escucho en este momento porque es de esas canciones que pondrías a miles de Hertzios, demasiado buena como para que alguien se la pierda. Siempre he pensado estas cosas cuando me cruzo con alguien y sé que será la primera y la última vez... y me resulta normal porque estoy acostumbrada pero no puedo evitar pensar que es algo triste.

Y si en este caso, justo en este momento, hubiera que construir puentes entre las palabras, aunque fuera de una manera insospechada, como con una cuchara, no sé si estaría más lejos del absurdo o se me atragantaría la sopa de letras.

No hay demasiada utilidad en coger una regla y medir un trozo de papel. La habría si el trozo de papel representase un sentimiento o algo que no se pueda ver a simple vista, pero que a veces es importante medir. Las medidas de lo que no existe. Más bien, de lo que existe pero no es observable. Para saber qué sientes exactamente, para saber hasta dónde puede llegar lo que siento yo. Para saber la longitud de un pensamiento, por si es tan largo que pueda lanzarlo por una ventana y que llegue a ti, como un puente. O que no tenga medida y no sepa cómo controlarlo, que se me vaya de las manos. Todos los centímetros de tu piel bañados en distancias, todos los míos envolviendo algo que no sé explicar (ni medir). Y además de sin medida, sin remedio.

No he vuelto a ver ese amanecer ni tú has vuelto a hablar de él. Si lo pienso vuelvo a estar ahí y escucho el silencio roto únicamente por el obturador de la cámara, pero no lo hago porque no estoy segura de que quiera volver. Desde aquí todo se ve, no peor, pero sí más frío que aquel día y he de reconocer que no me disgusta del todo esta visión, porque quizá no me convencía del todo la otra... no lo sé.
En lo que se refiere a nosotros mismos, siempre poseemos información privilegiada. En lo que se refiere a mí, la poseo íntegramente y este hecho me otorga bastante poder (uno que no desearía tener, realmente).
Dicen que las grandes ideas surgen de un encuentro con el WC. Pues bien, las mías no son grandes pero suelen venirme en la ducha y en los dos segundos que suceden al despertar. En el primer caso, el agua tiene el poder de aclarar mente y cuerpo, como una muda de piel, necesariamente curativa. En el segundo, el estado entre sueño y realidad a veces consigue abrirme los ojos, no sólo literalmente.
Puedes andar, puedes andar sin parar y terminar en cualquier lugar. No importa lo cansada que estés si tus ganas son mayores. Hay caminos que llevan a cosas o personas que merecen la pena.
Que por qué me gusta tanto. No sabría responderte bien. Igual es su inmensidad, su modesta enormidad; esa capacidad de abarcarlo absolutamente todo, sobre todo su capacidad de abstraerme. Su incesante cambio, ningún segundo permanece igual; si no lo acarician las nubes es un avión el que lo rasga, en cualquier lugar del mundo. La vida que transporta, incluyendo los ojos que buscan un lugar de refugio allí arriba. Su continuidad, el que todos los seres humanos estemos bajo el mismo, aunque no sea razón suficiente para sentirnos más unidos. Su color, sobre todo su color a cualquier hora del día; su despertar, su despedida y todo lo que va por medio. Su luz. Igual es lo que guarda en su interior, esas luces pequeñitas que salen cuando se va el sol. El mismo sol, la luna. Sus alaridos de tormenta. La lluvia, los rayos. Es todo tan diferente de lo que se encuentra aquí, que cómo no iba a hipnotizarme. Nunca se me dio bien describir esa sensación. Me preguntas que por qué me gusta tanto, mientras te observo estudiarlo como intentando descubrir un gran secreto. Me gusta porque cada vez que levanto más de dos segundos la vista, me tropiezo.
Las luces no logran comprender, bajo un cielo que se mantiene neutral ante las diversas sintonías de los pasos que retumban en las sombras de la calle. Los cielos no se mojan, ni siquiera cuando llueve. Sólo son un consuelo pasajero para los sentidos que consiguen apreciarlo, un refugio para los débiles.
Hoy voy a escribir aunque no tengo nada que decir, para variar. Como si me repitiera una y otra vez, como si entrara y saliera del mismo círculo que lleva al mismo lugar que es ninguna parte. Volver a cometer los mismos errores que antaño me destrozaron, pero se pasaron y aquí vuelvo a enfrentarme a ellos, casi sin haber ganado experiencia. Tengo curiosidad por saber dónde está mi límite, a ver hasta dónde soy capaz de llegar sin reaccionar. Quiero saber cuánto necesito pasar para no sentir absolutamente nada, para darle la espalda a todo sin mirar hacia atrás. Necesito autodestruirme. Para que sea la única forma empezar de nuevo.
Si me ves darme la vuelta y alejarme, no pienses que ya no me importa. Lo más probable es que vuelva.
Ella llevaba mucho tiempo hablando de él por escrito, desde el primer día. Era de esa clase de persona que prefería su compañía antes de reconocer que él nunca concedió demasiado interés a este tipo de inquietudes a las que ella confería una importancia quizás excesiva para tratarse de un modo cualquiera de invertir el tiempo.
De horizontes que se doblan color rosa marchita sin esgrimir argumentos en contra, dispersando su triste reflejo en los sucios cristales de la ciudad, como el brillo que han perdido todas esas llaves que abrían aquellas puertas a las que nunca fui capaz de enfrentarme.
Es tiempo de retirarse en el momento preciso en que crees que algo se empieza a agrietar, tiempo de no decir ni una palabra y guardarse todo dentro antes de caer dormida. Es tiempo de poner distancia entre tus pasos y los pasos de los que pueden dejarte malherida. Es tiempo de esperar paciente y no esperar absolutamente nada; tampoco es tiempo para pensar de más. Es tiempo de retraimiento, lejanía y quizá, pero tan sólo quizá, tiempo para sorprenderse.
Es una calle estrecha, hecha para la espera. En sus casas los interruptores juegan a esconderse, alargando el temor a la oscuridad. Las puertas chirrían antes de abrirlas, como ese tipo personas... Sus habitantes marean las hojas de los árboles que acaban cayendo, dejando las ventanas vacías y las calles de alfombra. Brillan las ausencias en cada pensamiento y no existe la noche, nadie puede dormir. No se duerme en este barrio. Siempre fui de ese tipo de personas, de las que chirrían. Esas que ponen las esperanzas que le permiten los pies y las ilusiones que caben en sus manos, pero no todas. Jamás fui de las otras, de las buenas. De esas que parten rayos sólo con mirarlos y no temen a la oscuridad y aman los árboles sin hojas en invierno e inventan la noche si no llega y por mucho que pasen los años, no se oxidan.
[...]
No hago magia pero que nadie me diga que no tengo poderes, que nadie me diga lo contrario. He escrito suelos y papeles y los he lanzado al aire para que llegasen a tus pies. Te he convertido de fantasma deambulando fuera de mi mundo a una realidad dentro de él, solo que ahora no sé si se podría decir que esto es una pausa, el esperado principio o un inevitable final. Pero al menos ya existimos...
*A todo el mundo le encanta saber que estás ahí, y gratis...