Espero que sepas lo que estás haciendo, que lo tengas claro, aun sabiendo a ciencia cierta que no es así, espero que sepas hacer que sí, que todo es una estratagema y lo tienes todo planeado, y al final todo salga bien, porque no pueda ser de otra manera. Espero que conozcas a alguien que llegue a todos los lugares de tu alma que tienes olvidados, que sientas el vértigo del llano y hagas algo genial con él, como todo lo que consigues expresar. Espero que sigas siendo el chico confiado, inteligente, seguro e inquieto que conocí para que no te hagan venirte abajo. Y espero que algún día veas que mostrarlo no es signo de debilidad.
Espero que sepas. 

Felicidades.
Siempre pensé que era importante dejarse la piel en cualquier aspecto de la vida en el que uno se veía implicado. También creía que bastaba ser uno mismo en ciertos momentos, dar lo que uno podía. Me consideraba una persona dentro del mundo, pero cada día estoy más convencida de que hay gente que no sirve para eso. 
Si uno no consigue lo que quiere puede ser porque ha dejado de creer que puede llegar algo mejor y se ha conformado con lo cómodo. Que a la larga, es como volver a tener nada. 
Soñaba y soñaré. 
Es todo eso que alguna vez me dijiste, hace tanto, casi en otra vida: "Estas enferma de ganas".
Sin embargo ahora...
Necesito ir despacito.
Y sentirme así, como me gusta estar. .
"Lo peor es que buscas fuera lo que te sobra dentro".
Despacio.
Y no volver a dar la vida a quien no la entiende.
Sólo quería tranquilidad y entendimiento.

Sabes eso de... ir buscando. Pero todos buscan lo mismo que tú. No te sientes diferente a nadie pero no eres semejante a ninguno. Eliges cuándo abrirte al mundo, siempre demasiado temprano. No quieres nada que puedan ofrecerte, porque eso implica no encontrarlo por ti mismo. Se aprovechan de que saben lo que necesitas. No te dan nada, porque no tienen por qué. Quizá algún día alguien lo entienda.
No sé cuál será este país, pero hace frío. No sé cómo se llama, pero hace ya semanas que vivo en su regazo, que me canta a todas horas, para dormir, porque de noche no lo hago. Desde aquí puedo verlo todo, pero ese todo está conmigo desconectado. Creo que el mundo alrededor intenta hacerme perder la cabeza, pero presto tan poca atención que noto cómo la tierra se desespera, a veces quiebra y gruñe, se lamenta de que toda yo esté hecha aquí de indiferencia, de pies a cabeza, todo son piezas blancas que todo lo reflejan, pero no absorben nada.
Cada paso que das es más exagerado, menos comprensible. Vas volviendo a un lugar que no es desconocido, donde hay más estratagema que verdad. Dejas la luz encendida, no quieres volver, es la enfermedad del tiempo. Has entrado en su vida con esa dulzura que atraviesa el corazón y hace parecer su cuerpo idiotizado. Quisiera dejar de esperar constantemente la guerra, quisiera a veces volver a ser espectadora. No ser la tristeza extendida de una ausencia. Volver a contemplar la obra, cuando aún no te ha roído las arterias. Cuando aún la sonrisa conformista no es la prevista al conversar. Cuando la sorpresa no supera las expectativas. No disputarse las traiciones, o palpar la enemistad con el eco de los pasos. Esos que van tan lentos, esos que ya no reconoces, que no son tuyos ya, que no tiene intención, que se resisten y se entornan, que estás dejando de dar.
¿Te reconoces? ¿No eras tú la loca que escribía en pasos de cebra, publicaba mensajes en periódicos o cambiaba de ciudad unas horas por alguien? ¿Acaso eras consciente de lo que hacías? ¿Pensaste por un momento que podía salir bien? ¿Que alguien respondería de igual forma? ¿Qué esperabas? ¿Que resultase ser una persona especial? ¿Tenías la mínima esperanza de que te conociese un poco? ¿De que supiera exactamente cómo hacerte sonreír? ¿De que, al menos, tuviese la intención? ¿Esperabas que llegase una noche cualquiera, al bar que frecuentas, y se acercase a ti sonriendo a ritmo de una de tus canciones preferidas que previamente pidió para tal ocasión, y te cogiera de la cintura para bailar sintiendo cada uno de tus músculos moverse mientras su mirada se te clavaba en el pecho y se te encogía el corazón haciendo pararse absolutamente todo lo que existe? ¿Te tragaste semejante basura? ¿De verdad piensas que lo necesitas? ¿Cuándo dejaste de esperar? ¿Cuándo dejaste de creer que alguien podía verte de esa manera? ¿Que alguien pudiese creer en ti?

Soy fuerte. Soy grande, tan grande que no puedes conmigo. Volver y no dudar, levantar la mirada, no temblar. Lo tuve todo para vencer, lo tengo ahora. Pero antes no lo entendía. Hice ver a los demás su potencial, ignorando el mío. Soñaba con incapacidades, tenía los músculos reblandecidos, pesados. Mi cerebro ponía las negativas, mi cuerpo se encorvaba más y más. Me hacías pequeña y elegí que eso me afectaría. No te equivocaste señalando los defectos pero hubo más de un instante en que creí que eso era un impedimento. La solución está dentro, no el problema. Nunca me hiciste fuerte, porque siempre lo fui. Tienes suerte, porque a pesar de todo tengo la conciencia despejada, como mi porvenir. 
Esto, a diferencia de como hace un tiempo solía ser, ahora es la última vez que es para ti. Cuando queremos, nos permitimos ser demasiado considerados con personas conocidas que acaban pareciéndose a otras que odiarías. Lo peor es tener que olvidar a una persona que aparentemente ya no existe. Pero, ¿cómo podría existir? ¿Quién podría ser el mismo?
Sin embargo, lo peor sigue siendo asumir que esa porción del pasado que te pertenece, acaba viéndose desde esta perspectiva, como un sinsentido, un cúmulo de surrealismo, un cuadro de Dalí que acaba partido en dos pedazos, separados hasta que se va pudriendo poco a poco, con el tiempo.
No hay vuelta atrás, sólo para volver a la infancia egocéntrica, preguntarse por qué el mundo sigue siendo el mismo mientras uno siente el alma descompuesta, tan injusto que permita pasar por lugares que deberían estar vallados de por vida.
Estupidez, al no avanzar ni siquiera meses después con el insomnio, los nudos, los pensamientos intrusivos, y la desazón al ver vacío un cuarto que antes rebosaba de recuerdos, que ahora han sido secuestrados en un rincón recóndito del cual no puedes esconderte, porque vayas a dónde vayas va a estar ahí, incluso yendo hacia adelante, en ese futuro que ya no tendrás.


...

Tengo la experiencia suficiente como para saber que, cuando se pierde algo en la vida, hay que buscar el modo de reemplazarlo. No es un mecanismo deliberado, al menos no todas las veces. Tampoco se trata de sustituir lo perdido. El proceso puede parecer algo egoísta visto desde fuera, pero realmente no es más que la más pura forma de supervivencia, necesaria e irremediable. Todo aquel ente que pasa por nuestra vida provoca una pequeña revolución en nosotros, muchas veces se aprecia externamente pero lo que es indudable es que nuestro interior se modifica. Ya nada podría ser igual después, de hecho, nunca lo es, aunque el cambio sea simple, tan sutil, tan mínimo. Lo que viene tras la pérdida es un intento de restaurar el equilibrio natural, la homeostasis. Es un 'todo vale' cobarde pero justificado, como si viniera con receta.

...

No, no es un trueno. Es sólo un estruendo. Un derrumbe. Algo cruje y suena, resuena, sin hacer eco. Los niños aún no se inmutan, los adultos se despiertan. Otra vez. Se enciende una luz en el Quinto. En el Primero los sueños aún danzan, libres, vuelan. Los amantes susurran, a oscuras, se tientan. Los niños se desvelan, las mujeres se asoman, los maridos se quejan. Ruido otra vez, qué es. El patio de cabezas, se llena de batas. Ha sido un petardo, gamberros, qué lata, no, no ha sido eso, es una tormenta, he visto rayos, señora no invente, policía, qué escándalo. Madrugan las cisternas, chirrían las puertas, las luces no se acuestan. Los amantes se entremezclan, despacio. Ruido más fuerte, más largo, más raro. Ahoga el jadeo, el llanto, el cotorreo. Muere el pudor, el silencio, se calma el viento. El cabecero, la pared, íntimo encuentro. Los niños se arropan, las mujeres se rinden, los maridos se duermen. El ruido crece y enlentece. Más abajo se sienten, se estremecen. Se han vivido, de noche. Se duermen.

...




A nadie le gusta estar con alguien triste, por eso mismo ellos, la gente en general, la cultura que tenemos del pasar del pasado centrándonos en el ahora, hola alcohol, hola noche, hola sexo sin amor... Todos nos empujan a mirar el mañana sin pensar en aquello que fue que ya no está, sin pensar en el hueco vacío de la cama o en las fotos de la carpeta que ya no vas a mirar. A nadie le gusta estar mal, a ninguno nos gusta estar solos. Suerte a aquellos que les resulte tan fácil, suerte a los que no logren dar una vuelta a la cabeza en un momento de soledad entre tanta mierda superficial.


...


Este, sin duda, es el estruendo más insoportable.
Cae el día, y lo que hice hace dos días suena a lejano pasado. Lo que parecía ser estable, estar bien, era por la capa de barniz. La felicidad no se fuerza, no se compra, no se pide, siquiera. Lo que no hacíamos hablaba, lo que hacíamos era desconocernos más. Y este hueco en mi pecho va creciendo.
Ni siquiera es un estruendo de preguntas; es una avalancha de memorias, de las que quitan sueño, hambre, ganas, piel. De las sinceras, de las bonitas. Hemos abandonado la fábrica de armas y sólo queda nostalgia. Nada más que lo que quisimos y jamás pudimos ser a pesar de ser tantas otras cosas que siempre cuesta sostener. El dolor, el dolor real del que hablaban, ya no es para mí ajeno. Ni siquiera es compañero, es casi un parásito. Se lo va llevando todo mientras respiro, mientras camino, mientras esquivo las conversaciones y me voy evitando ciertas calles. A veces llueve, a veces no, decías tú. Otras veces sale el sol. Y mientras perdemos, mientras los puentes que una vez nos unieron, ahora nos alejan, nos damos cuenta de que jamás volveremos a ser los mismos. No es una cuestión de querer, es el orden natural de las cosas. Sería asqueroso salir indiferente, pretender algo que no es, engañarnos tan rastreramente. Ni siquiera sé si conseguiré ser mejor, no sé si conseguiré un cambio hacia adelante. En este momento querría mirar al futuro y ver que estoy tranquila, con la vida que lleve, con lo que sea esto que estoy construyendo hoy. Verme entera, ni siquiera pido ser feliz.
Nadie puede prepararse nunca para lo peor. La imaginación no hace justicia a la realidad en ningún caso. Sólo puede uno salir adelante si afronta la realidad, no la idea. No se puede saber la magnitud del daño hasta que está hecho, y ya lo que queda es seguir, mirando hacia quién sabe dónde, seguramente, pero seguir, mientras la vida empuja y aguarda algo diferente escondido entre las nubes, porque todo está entre ellas, preparando la calma con cuidado. Y como siempre, todo acaba en revolución, como las cosas que han tenido un significado y una implicación desmesurada, como todo lo que es inigualable. Siempre se me quedarán cortas las palabras para describir lo grandes que hemos sido.
Sólo revoluciones.
lonelyrevolutions.

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Pasa el tiempo. Y no para de pasar.

Lo único que me quita el sueño.

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Qué bonito es el amor. ¿Quién no querría enamorarse? Quién querría estar solo y no creerse capaz de todo, hasta de disfrutar de la rutina. Ilusionarse otra vez, pensar que todo puede ser casi infinito; y que, a pesar de tener principio y fin, todo suene tan atemporal...
El no sentirse sólo se ha vuelto un negocio. A nadie le importa que estés solo pero quieren buscarte compañía: '¡Entra aquí, encontraremos a alguien al 99% similar a ti!'. Y ya está, directo a las ofertas 2x1, a los packs dobles, así de fácil.
La compañía y el amor, no van unidas pero, ¿cuál va primero?

Sensación de necesitar siempre un poquito más que el resto para conseguir llegar al mismo lado.

Y pasar el tiempo estudiando los pomos de las puertas.

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Siempre ha sido así,
la palabra la tiene tan sólo quien puede sostenerla.
Con fuerza o verdad, eso es cuestión de cada uno.

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En ocasiones se pueden sentir los impulsos de la vida, toboganes hacia arriba, la opción de acabar teñidas de rojo las rodillas, por caernos, porque nos tiran.
Y experimentar la ironía, de sólo querer ascender y sentir que el mundo te aplasta contra los andenes, las esquinas.
Acabar bajo el flexo a las tantas, descrifrando absurdos, sin querer creer en el juego que afirma que cuando uno siente nada, es que dentro no hay nada.

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Dividir algo insignificante entre un mundo, da poco más de cero.


I could never be the puzzle pieces
(...)
I'm not half what I wish I was
I'm so angry, I don't think it'll ever pass
And I was bad news for you, just because
I never meant to hurt you


...

Si los desnudos son consensuados, entonces secundo viajar en el tiempo que huye entre los enredos de tu pelo.


...

Lo de su obsesión con las nubes nunca fue una garantía de nada, pero sí una vía de escape, o una afición que le hacía sentir bien. Como lo de escribir, pintar... nunca se trató de destacar, sino de hacerlo.



...

Las cosas más difíciles de recomponerse son las que, al romperse, no emiten sonido alguno.



[Aunque ensordezcan una vida]

...

No fuimos un encuentro casual en un día cualquiera,
somos dos mundos que no pueden olvidarse.
Dos, mirando hacia el cielo,
que se ayudan buscando Casiopea
y duermen enredados.
Fue un encuentro, quizá casual
pero necesario para nuestra supervivencia.

...

De esto que vas en el autobús y miras a lo lejos y no hay más que un montón de nubes, ¿sabes? Muchas nubes esponjosas y bajas, encima de las montañas, encima de los edificios. Y corre una brisa que entra por las ventanas, ¿verdad? Porque el autobús va rápido aunque a ti no te importaría tardar un poco más. Y esa sensación grande y rara de sentirse tranquilo con todo. Sabes... eso de sentirse un poco en paz.

...

El tiempo consigue siempre darnos margen para poner al día algunos asuntos que teníamos pendientes desde hacía ya. El tiempo no cura ni ayuda, si no quieres. Como para todo, se requiere una pizca de voluntad. Sin ella, alzas la vista al cielo y ves al mundo dar vueltas, como esas escenas de las películas en que la cámara gira alrededor de un personaje.
Sin embargo, seguimos teniendo problemas con eso de crecer. Cuanto más queremos hacerlo, más sentimos que topamos contra algo que nos impide seguir. Pero cuando no lo piensas, te ves dejando de hacer cosas que antes te contentaban por cualquier razón que te hace fruncir el ceño al decirlo. Puro engaño. A veces creo de verdad que ponemos todo el empeño del mundo en no dejarnos ilusionar más.

...

He tenido esta noche el universo entero encima de mi cogote y no he sentido nada. Mentira. He tenido un pedazo de cielo oscuro y pequeño delante de mis ojos y no he sentido nada. Casi cierto. He sentido nada, en este caso nada es todo lo que preferiría obviar. Pero ha sido tan desbordante que... Se ha derrumbado encima de mí, ha vaciado su contenido estelar y me ha hecho una herida que no sé localizar a pesar de su profundidad. Y en este instante me libraría de cualquier pensamiento que no estuviera a la altura, pero he de arrojarlo también, como algo importante que se vuelve deshecho cuando te has cansado ya de convivir con ello. O porque falta espacio y algo hay que tirar. He visto toda la claridad que puede alumbrar una noche, sin confundirme con la atmósfera lumínica urbana. Mentira. Quizá no. Sí, me sigo recuperando de lo diminuta que me he percibido, intento crecer y la gravedad me hace chocar con el suelo, lo real, las decisiones, los problemas y lo simple que es todo si le quitas el sentimiento que lo complica.

...

Aterrizan por un momento los pies y la tierra me rodea, yo soy la isla de un estéril mundo, me encuentro en el medio de yo sé perfectamente qué, yo sé perfectamente dónde. Mis pies efervescentes se intentan desplazar a pesar de mis órdenes mientras las manos se descruzan lentamente, me deshago de esta sensación de culpa. Me desnudo por completo de muros e impedimentos, me muevo y tomo aire como quien sale a la superficie tras aguantar la respiración un rato bajo el agua. Noto calambres en los dedos y energía salir por cada uno de ellos después de enervar todo mi cuerpo, mi mirada se eleva y se clava en el cielo, me engancho y me cuelgo de un punto cualquiera en él porque cualquiera me vale, y rozo la inmensidad...

Aterrizan mis pies en la arena con rabia y el agua pronto comienza a rodear mis tobillos de forma violenta; calculo que a este ritmo pronto no conseguiré verme las piernas. No puedo apartar la vista del mar que pretende sumergirme en su interior, es un amor que no sé si es correspondido, es un castigo por yo sé qué y sólo yo sé la razón. No me resisto a su furiosa justicia, el lugar en que me encuentro lo he elegido yo. La veo venir, enorme, paciente, sabe que no tiene cosquillas, que luchar contra ella es de locos. No sé pensar bien a pocos segundos de ser arrastrada. Sin resistencia, cierro los ojos, escucho el estruendo que genera a pocos metros, abro la boca, cojo aire, lo retengo y me abandono, 3, 2, 1...

...

Hay tres cualidades de las que carezco y que admiro hasta la saciedad en las personas: la determinación, el valor y la fuerza. De ellas dependen otras tantas porque vienen de la mano. Así que creo que si posees estas cualidades o cualquiera de ellas de alguna forma desarrolladas, puedes llegar a dónde te propongas.

determinación.

(Del lat. determinatĭo, -ōnis).

1. f. Acción y efecto de determinar.

2. f. Osadía, valor.


valor.

(Del lat. valor, -ōris).

1. m. Alcance de la significación o importancia de una cosa, acción, palabra o frase.

2. m. Cualidad del ánimo, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros. U. t. en sent. peyor., denotando osadía, y hasta desvergüenza. ¿Cómo tienes valor para eso? Tuvo valor de negarlo.

fuerza.

(Del lat. fortĭa).

1. f. Aplicación del poder físico o moral. Apriétalo con fuerza. Se necesita mucha fuerza para soportar tantas desgracias.
(No me refiero, por supuesto, a la primera)

~ de voluntad.


1. f. Capacidad de una persona para superar obstáculos o dificultades o para cumplir con sus obligaciones.

...

Somos muchos a los que nos hierve a diario algo en el cuerpo, la necesidad imperiosa de expresar sin tener que hablar; sacar lo que nos sobra dentro, como si se tratase de magia, a través de las manos y, por supuesto, de una lente fotográfica o de las palabras. Somos muchos los que sentimos placer enfrentándonos con una página completamente impoluta y vacía, sabiendo que de ahí puede salir cualquier cosa. O bien escuchar el sonido del obturador hacer click tantas veces como ideas deambulan por tu cabeza. Plasmar desde cualquier o cada una de las perspectivas cualquier realidad de tu vida, en dos líneas o en cien, a color o en blanco y negro, en narrativa o en forma de poesía, a veces mejor o peor, el caso es liberarte. Y de la forma que expreso no es más que todo mi universo; digo que no es más pero para mí lo es todo, todo lo personal (e intransferible) que puede dar Marta, todo lo que no sé decir cuando hablo, hasta con la persona que más quiera y confíe de este mundo. Lo que yo hago, no es para ti, aunque expresar suponga que en la comunicación ha de haber un emisor de un mensaje y alguien que lo reciba. Tú lo recibes, pero sigue sin ser para ti, porque hacerlo supone algo mucho más profundo que coger un bolígrafo o una cámara y tomar la actitud de a ver qué sale hoy, al azar, sin intención. Por tanto, yo emito y yo recibo, y lo que recibo es lo mismo pero en frío, razonado, masticado, lo que contribuye a que me calme. No es un mero hobby; es una acción terapéutica, es una cura para la enfermedad del que se calla las palabras, es una liberación, es algo que soy, es una adicción, un placer, un motivo importante, un lugar donde me siento segura, un sentimiento mejor.
Ahora entenderás cuando digo que, lo mío te llega a ti, pero sólo es posible que sea mío.

...

Hay equilibrio en cualquier cuerpo. Por haberlo lo hay hasta en las mentiras. Mi equilibrio dista del tuyo en que no se da cuando ha de darse, sino que es un equilibrio desequilibrante. Ya sabes a lo que me refiero, sabes el secreto de mi funcionamiento. Es tan simple que resulta incomprensible para quien no lo haya vivido.
Todo mi equilibrio lo contengo en una parte de mi cuerpo que dejó de ser localizable desde el momento en que me tuve en pie por primera vez. Con todo el tiempo que he pasado averiguando cosas de este mundo, se ha ido achatando y cambiando, a medida que la vida me iba pasando. Se ha hecho pequeño, del tamaño de un grano de azúcar, perdido en mi cabeza. En eso también difiere del tuyo.
Siempre pensé que necesitaba una simbiosis de equilibrios para sentir que caminaba más recta y perfecta, para no notar que el mío era más un defecto que un mecanismo, el cual había dejado de hacer su función en mí. Lo cierto es que quisiste prestarme el tuyo y fue cuando cai en la cuenta de que no quería nada de ti. No es que no congeniasen, es que no necesitaba que nadie me hiciera sentir lo que no era, una persona incompleta.

...


Soy muy fuerte, mucho más fuerte de lo que jamás hubieras pensado. Igual me pegas y me duele, pero tengo fortaleza para aguantar una y mil veces más. Soy fuerte aunque parezca débil y mire siempre hacia abajo. Lo soy porque he soportado bastante, porque he sufrido por gente asquerosa, por cosas que no elegí, por momentos que no evité. Pero sigo intentando las cosas y sigo siendo igual de tonta que hace algunos años, lo cual es bueno en parte, porque tanto no han podido conmigo. Soy fuerte, no tanto como gente de mi alrededor, pero lo soy y algún día lo seré mucho más. Porque soy grande y me voy a levantar siempre, porque nadie va a pisotearme, aunque reaccione en el último momento. Porque no voy a dejar que nadie me haga sentir mal de ahora en adelante, porque voy a morirme un día sabiendo que hice las cosas bien y me defendí de los golpes como pude. Porque puedo y así lo he decidido, elijo ser fuerte, aunque a veces tenga que venir alguien a recordármelo.

...

Y todo parece ser pero no se sabe a ciencia cierta. Porque lo que es se suele confundir con lo que quieres ver y con lo que parece que es. Pero nunca estás seguro. Porque de tan sólo pensarlo te puede el terror. El miedo de no tener certeza de absolutamenta nada, ni siquiera de la vida o de la muerte, que son realidades desconocidas. Real pero tan jodidamente ajeno.
¿Y el resto?
El resto se pierde entre nube gris y nube negra preludio de tormenta. O eso parece.

...


Obviando los matices se aprende a dibujar a grandes rasgos.
Ignorando pequeñas porciones de realidad.
Desatendiendo los detalles vitales.
Omitiendo los surcos y formas.
Sorteando los colores.
Burlándote.
Borrar.
Huir.
Y olvidar.

...


Contigo descubrí a Marta. Marta tranquila, Marta sosegada, Marta paciente.
¿Esperanzada?
Despejada. Contigo fue, contigo una tarde, otra tarde, y otra...
Allí donde sola no aprendía lo terapéutico que hay en sentarse, con los últimos rayos de sol del día, y dedicarse a la gran tarea de mirar. Contigo comentando a un lado. Tranquilo, sosegado, paciente.
¿Feliz?
Pero el invierno barre lo que las personas no consiguen matar por sí solas. Entonces es cuando uno decide si se quiere ser más fuerte.
Entonces, descubrí a Marta. Inexpresiva, decepcionada, confundida.
Marta sin ti.

...


He llegado tan lejos sin tu ayuda. He vivido tanto y tan intensamente sin que seas partícipe de ello, sin tenerte al otro lado de la orilla facilitando o entorpeciendo mi camino. He hecho tanto sin necesitar tu vida directamente perpendicular a la mía, sin tu compañía.

Pero me vas dinamitando los muros, como tú sabes, muy despacio. Y yo me voy haciendo vulnerable, sólo como yo sé, sin remedio, y me voy rindiendo. Sin entenderlo, sin quererlo... de verdad, no lo necesito ahora.

Y volver a depender inconscientemente de algo, y creerme que soy mejor contigo, y pensar que con tu mirada puedo llegar más lejos, y sufrir por tus ausencias, y que mi ánimo dé vueltas a tu manzana, y que la vida sea mejor o peor si despierto a tu lado, y creer en un momento dado que he perdido mi cerebro, y mi voluntad girando con la tuya, y que mi cabeza vea un futuro compartido, y pensar en par más que en unidad, y creer que todo es para siempre, y que todo brille más, y perderme por completo.
Y todo eso que había olvidado o no quería recordar.

...


Estoy justo en el medio de tantas cosas y lo único que quiero es no pensar y lo que quiero hacer es nada y me falta tanto, tanto, para llegar a algún lugar...

Lo que quiero decir es que te echo de menos, a mí manera, como siempre.

...


La persona A coge las llaves, mira el reloj con recelo y sale de casa. Son las 9:17. Varios kilómetros más al norte, en otro punto de la ciudad, la persona B se dirige a la boca de Metro más próxima no sin antes parar de camino en el estanco a comprar tabaco, pero hay cuatro personas delante así que le llevará más tiempo del que pensaba. La persona A camina por las calles a paso acelerado. Al llegar a la altura de la parada del autobús que podría coger mira hacia atrás por si a éste le diera por doblar la esquina en ese preciso momento, pero no hay suerte y sigue caminando. La persona B baja las escaleras del metro sin prisa, busca el abono en el caos de su mochila perdiendo así un par de minutos más. Al fin lo encuentra y se dirige al andén de la linea 6 con dirección a Moncloa. Se cruza con una marabunta de gente con prisa que sube las escaleras y sabe que acaba de perder el tren. El siguiente pasará en tres minutos. La persona A sigue bajando la calle saltándose la mayoría de los semáforos en rojo y acelerando el paso, llega tarde y a pesar de que odia correr, ha de hacerlo. En apenas unos minutos está ya en Moncloa, cruza el primer paso de cebra y se dirige al segundo que está en rojo y siempre tarda más. La persona B se baja en la estación de Moncloa, sube distraída las escaleras mecánicas que le conducen a la salida del intercambiador nuevo y se dirige a cruzar pero el semáforo está en rojo así que se para detrás de unas cuantas espaldas desconocidas. La persona A se encuentra a menos de dos metros de la persona B. Ninguna se ha visto todavía, pero lo harán cuando se suban al autobús que les llevará a la Facultad. Se reconocerán. Sería el comienzo de algo. Probablemente si A hubiera llegado a Moncloa en autobús lo hubiera hecho mucho antes que B, y no se cruzarían por primera vez en bastantes meses. Si B hubiera cogido el metro que perdió entrando un minuto tarde a la estación de Sol, tampoco hubiera estado en ese semáforo a las 9:45. No hubieran coincidido en el mismo momento de sus vidas. Porque a veces las cosas tienen que pasar, aunque nos neguemos a creer que no ha sido por puro azar y porque, simplemente, a veces lo que queremos que suceda, sucede.

...

Te levantas con la sensación de pertenencia a este mundo dormida y, con toda las pretensiones de normalizar la situación, la vida se vuelve incontrolable. Empiezas a atrofiarte por dentro. Hasta que te confundes con todo, hasta que te vuelves reversible. Casi lo que no podrías ser. Lo que no existe. Pero estás ahí sin explicarte cómo, con los sentidos danzando por encima de tu cabeza, y un sentimiento de irrealidad que te produce una desesperación que para ti ya no es desconocida.

...


Tal cual. Rotos y fríos y pálidos, yaciendo donde han sufrido el impacto. Desamparados, sin arreglo, perdidos y maltratados. Sin función, quebrados.Como a veces las palabras. Como los sentimientos. Las miradas. Las caricias. Las intenciones. Los deseos. El cariño. Las esperanzas. Sobre todo, las esperanzas.

...

Hay cosas en la vida que sí... y cosas que no. No voy a ser capaz de explicarme mejor en este aspecto. Creo que estoy a miles de años luz de conseguirlo. Lo pienso y nada. Lo siento y nada más, si cabe. Soy la cosa más absurda que he visto en años. Fuga de ideas. Ojalá lograra poner los pensamientos en su sitio cuando debo expresarlos. Entonces, sí. Únicamente de esa manera. Poner mis tres sistemas en orden. Equilibrio, pero no de éste, sino del sano.
Hay cosas que te cambian la vida. Y ya no vale un sí ni un no. Te explicas como puedas o te alejas de lo que conocías. Sigo siendo absurda, pero un tanto por ciento más sabia. Y bastante más triste.

...


Voy a empezar a ser un poco más yo y un poco menos esa persona que lleva estancada en mí como ocho años.

...

"Todo el amor que diste te será devuelto" o algo parecido dicen por ahí. Yo no entiendo demasiado de amor ni de deudas, pero no estoy de acuerdo para nada con este planteamiento. No creo que a nadie nos pongan la daga en el cuello a la hora de dar algo, sobre todo a la hora de dar amor. De eso se trata, se supone. Ha de ser desinteresado porque sino no es amor, me parece. No es una opción, es un hecho. O quieres o no quieres, pero nunca a medias. Y nadie te debe nada por ello, nada te asegura que lo vayas a recibir en la misma proporción. Mucho menos de la persona que pretendes que lo haga. Porque, simplemente, no funciona así. Y sí, ha de ser simple. De esas cosas que se saben, que huelen, que te impregnan el ser y el no ser y todo lo demás.

..


Voy a echar la vista atrás tan sólo un rato por hoy. Me sitúo donde ahora ya no me reconozco. Lo veo todo desde arriba, fuera de la escena pero, a pesar de todo, entiendo lo que ocurre y por un instante siento lo que sentí. Han pasado tantas, tantísimas cosas, que no sé por dónde empezar. Supongo que por la gente de la que me acuerdo aún de vez en cuando, las relaciones que no he olvidado o no he conseguido superar, de las que en cierto modo me persiguen o dejo que lo hagan. Y me acuerdo de ella, de la chica nueva que cruzó el charco tres años después de que se convirtiera en mi mejor amiga a los trece años dejándome totalmente perdida, la que ahora trato como una desconocida. Me acuerdo de él, del primer chico que me descubrió el mundo de los besos adolescentes y el daño que le hice al final, por inmadura. Me acuerdo de los fines de semana alternados que pasaba con mi padre. De las indeseables que me hicieron pasar uno de los peores años de mi vida. Las primeras discotecas, los exámenes del colegio que nada tienen que ver con los de ahora, el irse definiendo en estilo y música, las broncas con mi hermana, los cines y Mc Donalds y pronto en casa, el mundo aquél... que parecía tan real y no lo era. Parece que han pasado como cientos de años, odio cuestionarme el "y hubiera sido diferente si...". Añoro muchas cosas, lo fácil que era algunas veces, la seguridad del saber dónde estabas, pasar el tiempo con ciertas personas. Pero a pesar de todo no creo que volviese allí, a la niña con aparato y gafas, al ver la vida brillante y después saborear la cara opuesta. Echo la vista atrás porque llevo tanto tiempo evitándolo que no puede ser sano. Porque para bien o para mal eso fue todo lo que me ha traído aquí.

...


Es como ser un extraño dentro de ti mismo y un poco esclavo del mundo. Así es cómo te veo. No sé si te acabas de reconocer en lo que haces; yo no te reconozco en las palabras que dices. Veo a ratos esa independencia de la que presumes. Te mueres por ser sincero para acabar con tanta estupidez pero nunca te acaba saliendo, tan sólo una sonrisa, asentimientos y movimientos de cabeza sin ningún fin aparente (cobarde), tan sólo el de dejar que las cosas sigan su curso sin que piensen que eres un animal. Pero deseabas serlo porque es lo que se ajusta más a ti, es el tipo de papel difícil que te gusta, porque para hacerlo bien puede costar demasiado y eres una persona amante de los retos. Sin embargo, en escena, te muerdes la lengua traicionándote a ti mismo una vez más y, de nuevo, sonríes por dentro pensando que en el fondo es divertido que haya tanta gente ingenua (e idiota) suelta por el mundo. Parece que te inspira. Aunque pecas de neutral y de apariencia dura. Me gustaría que te sintieras tan perdido como otros, tan fuera de lugar, para que te dieras la oportunidad de conocerte más a fondo porque no acabo de creerme lo que dices que eres. Precisamente porque lo dices, desde el primer día. No se puede descubrir nada, parece que 'lo que ves es lo que hay'. Y siempre hay más. Te siento como un extraño a pesar de todo este tiempo.

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...

Yo ya sé distinguir lo que importa. Últimamente el amor viene en ráfagas, junto con el dolor. He aprendido que de ciertas cosas uno no se puede desprender, pero sí se puede aprender a afrontarlas de otra manera. Soy una ignorante un poco más sabia ahora, ahora que sé que la vida no siempre te prepara sorpresas agradables. No siempre, pero sí algunas veces. Y yo vivo de la expectación de lo que pueda ocurrir.

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I don't know what to do about the depression and the inflation and the Russians or the crime in the street. All I know is that first you've got to get mad... you've got to say: I'm a human being -- Goddamn it -- my life has value!

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Te crees que soy la más pesimista de todas y nunca ha sido así. ¿Por qué si no llevo un infinito tatuado casi en el cogote? Pues precisamente porque creo en las cosas imposibles, creo que todo se puede lograr. No sé si todo todo, pero muchas cosas sí. Lo que no puedo hacer es ser siempre conmigo misma la persona positiva que soy cuando se trata de los demás. Creo que es importante el modo en que se posiciona tu mente en estos casos. La mente, que lo puede todo, para bien y para mal, comprobado científicamente por mi cuerpo. Y si tan sólo tuviera la mitad de fuerza que tienen otros para tirar hacia arriba venga lo que venga... sería casi imparable. Pero así soy, un tanto por ciento pesimista y el resto cargado de ilusión por cualquier tontería. A ésta última tampoco hay que subestimarla. La ilusión mueve como pocas cosas en este mundo. Mueve hacia adelante, para que no pares. Y a veces estoy segura de que sólo se trata de eso, de andar y no pararse. Tan segura como de que cuando te tatúas un infinito lo haces un poco más alcanzable.

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Me tienes, girando en el sentido equivocado en el que giran tus impulsos, latigazos y frío envuelto en un abrazo que se queda en la intención más que en el acto. Me tienes, manipulando el tiempo y su final virgen e intacto sólo por el placer de bailar las horas con la ropa por el suelo y los errores dirigiendo el momento.

Me tienes tan cerca que no quieres tocarme. Me tienes miedo. No eres capaz ni de rozarme, ni alcanzarme siquiera. Me tienes, de ninguna manera.

Y tú qué piensas de esto.

Crezco. Me hago un poco más mayor cada día que pasa. Podríamos decir que estamos un poco más cerca de la muerte hoy que ayer, aunque el simple hecho de pensarlo haga que se me sobrecoja el cuerpo. Todas las personas sabemos que sólo estamos aquí de paso. Somos temporales, transitorios. Casi fugaces. Pero nuestra vida del día a día no va acorde con esta filosofía. Puedes empezar a pensar que quiero referirme a alguna de esas expresiones tipo ‘carpe diem’ que tan exprimidas están por la publicidad y por la gente en general, que casi llega a perder el sentido. A mí lo que me preocupa, lo que me lleva a plantearme ciertas cosas es la cuestión de que estoy creciendo y no sé qué es lo que estoy haciendo. No sé qué estoy acumulando, no sé qué es lo que va a quedar de mí. Llegará un momento en que mire atrás y haya conseguido unos cuantos documentos de identidad, la mayoría caducados; papeles, cartas, discos, aparatos electrónicos, prendas, llaves, dinero y demás objetos que han formado parte de mi vida pero que no dicen nada de mí o habrán perdido el sentido que en su día tuvieron. Y, mientras, paso los días con todo eso en mis bolsillos cuando ni siquiera sé disfrutarlo porque no soy feliz. Lo soy en la medida en que puedo, no me malinterpretes, pero soy inconformista. Y eso que la palabra inconformista nunca me ha gustado, me parece demasiado fácil atribuirse el término. Yo quiero ser de otra manera, disfrutar mi vida de forma diferente. Qué pasa si me muero antes de haber hecho, visto, ido, comido, viajado, dicho o sentido (pon aquí todo eso que se te pasa por la mente). Qué pasa si he estado demasiado ocupada en actividades a las que llamo ‘vida’ y dejo de lado la vida en sí misma. Qué ocurre si quiero estar contigo pero decido que tengo otras prioridades. Puede que nunca disfrute de ese sentimiento. Qué pasa si me paso los días soñando despierta ensimismada en mis fotografías de nubes y buscando letras de canciones o textos que expresen mejor lo que siento. Qué hay de lo demás, que hay de experimentar la vida por uno mismo en lugar de sentirse, casi podría decir, atrapado en una circunstancia que es casi tan relativa como cualquier otro aspecto que te puedas plantear. Todo va y todo viene, como la gente, los trabajos, las parejas, los amigos, el dinero, la familia. Y me ocurre que la mayoría de las veces pienso que para determinadas cosas ‘no es el momento’. Pero, ¿y si no llega ese momento adecuado? Siempre habrá problemas y cosas que hacer aunque cambien las prioridades. Siempre habrá algún ‘pero’ o alguna forma de escaquearse. Y yo sólo quiero que no se haga demasiado tarde porque no quiero arrepentirme de nada cuando de la vida apenas me queden más que recuerdos..

La gente dice.

O más bien la gente habla. Pocas veces dicen cosas. Y todos hablan tanto porque aquellos que saben de algo, lo dicen, pero los que no saben también. Entonces sólo se crea ruido. En el mundo existe el ruido como no existe ninguna otra cosa. Y lo odio tanto...
Después la gente cree que es experta en determinados temas. ¿Ah, sí? ¿Sabes exactamente lo que estoy pensando? ¿Sientes lo que estoy sintiendo? No me digas más... a ti te ha pasado lo mismo (o al amigo del novio de tu prima que vive en el Albacete). Vaya por Dios, entonces qué bien que me comprendas tan bien. La gente dice: "Ya se pasará, ya lo verás". No dudo de que sea verdad, yo también lo creo más bien porque si no, mal me iría. "Pero tienes que animarte". Dicho y hecho, seguro. "Vaya, si necesitas algo ya sabes". Espera... que sólo escucho: BLA.
No está en mi naturaleza ser pesimista. Pero es lo que hay. Mejor reirme de ello que seguir llorando por lo mismo una y otra vez.
Lo cierto es que uno está solo con sus sueños, con sus cosas buenas... (un poco menos solo con ellas) pero sobre todo está solo con sus pesadillas. Y eso es así. Yo no voy a ser menos... y tú no vas a ser más que una de esas personas que dicen que todo irá bien. Y eso, lo siento, ya no me sirve.

Mi cabeza.

¿Verdad que no fui yo? Admítelo. Yo no lo hice. Yo no acabé con esto. Yo no acabé con nosotros. Yo no acabé contigo. ¿Por qué me miras así? Reconoce que una parte de la culpa fue tuya. Una parte bastante grande de ella. Podría decir que te lo buscaste y lo sabes. No digas que no, no seas cobarde. No me mientas a la cara, no fui yo. Ni tú ni esa mirada hacen que me sienta culpable. No tengo remordimientos. No sueño contigo, ni con esa mañana, ni con tus ojos. Tus ojos. He conseguido olvidarlos, he conseguido que no se me claven más en la nuca. Ya no me arañan la vida. Me he quitado un peso de encima, lo he hecho, aunque no lo creas. Aunque creas que fui yo la culpable. Es mentira. Te hablo y no respondes. Te odio. ¿Por qué no contestas? ¿Crees que puedo vivir así? Claro que puedo, pero necesito que me digas que hice lo que debía. Que no me quedaba otra opción. Responde, ¡vamos! ¿Quién te has creído? Cierra los ojos, ¡venga! No hagas que vuelva a perder la razón. No hagas que acabe con esto. Otra vez. Pero yo no he sido. No hablas porque sabes que estoy en posesión de la verdad. Imbécil. Siempre te he odiado. Y ahora te odio por no responderme. Cobarde. Te lo mereces, te lo buscaste. Y tus ojos... ellos lo saben. Guardan el secreto. ¡Habla! Vuelve. No. Basta... Deja de sangrar encima de mí, no me contagies de tu persona. No te soporto por mancharme y, sin embargo, no puedo soltarte. Y cada noche vuelves y no parpadeas. Odio tu cuerpo pesado y frío. Odio tus manos muertas. Vete. Y no me mires así.

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Que me den algo para que se termine este ánimo autodestructivo, para que se quiten los miedos a salir de casa sola, para que se vayan de una vez los calambres por el cuerpo, los dolores de cabeza. Que me manden algo para que mis hombros no carguen con el peso de cuando me siento mal, que mi apetito vuelva a ser el de siempre, que no termine los días llorando. Que haya algo que termine con los malos sueños, con las ganas de desaparecer, con el insomnio de algunas noches; que mi respiración no se acelere, que corte de raíz los mareos, la sensación de que me caigo. La sensación de que me muero.
Que me den lo que sea, pero que por favor, me quite este dolor del pecho.

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A veces me da por pensar que la vida es algo... triste. No lo es cuando tienes energía suficiente o la salud necesaria para recuperarte de todos los daños que uno se provoca o le provocan a lo largo de las situaciones y el tiempo. No lo es cuando encuentras algo que te hace un poco más feliz de lo que eras antes. Pero los años pasan y envejecemos con todo lo que eso supone. Aparecen problemas más serios que los que te afectaban a los 10 o a los 30 y empiezas a depender de especialistas, pruebas y medicamentos que intentan alargar lo más y mejor posible la hora de lo inevitable, de aquello por lo que vamos a pasar todos además del nacimiento. Sin excepción. Y es algo triste verlo así pero a la vez pienso que todo ese peregrinaje que se hace cuando eres mayor a los médicos, es por no querer abandonar un mundo que, si tiene cosas malas, tiene bastantes más cosas buenas en el día a día. Es por no querer abandonar a las personas que nos quieren y queremos. No formar parte de sus vidas ni ser testigos de lo que les ocurra. Alargamos la vida por amor. Y eso es algo increíble. Y creo que las personas deberían centrarse más en encontrar el bienestar en lo cotidiano. Disfrutar con la persona que estás, con lo que haces, buscar algo mejor, no abandonar las metas. Porque nadie nos devuelve el tiempo que perdemos. Porque los años no deberían sumarse sino irse restando, si eso sirviera para hacernos más conscientes de que vamos a morir, pero hoy seguimos vivos.
Que igual no era el momento, el lugar... Que lo mismo se ha parado el tiempo. Que he vuelto a pintar un cuadro negro. Que no me arrepiento de nada de lo que he dicho o hecho. Que por la noche me cuesta más dormir. Que sólo quería saber que estabas cerca. Que me cuesta seguir si te veo dudar. Que prometo no volver a tropezar con mis propios pies. Que hace frío y no ayuda. Que ahora sólo voy a dedicarme a respirar. Porque no tengo ganas más que de respirar.

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Todas esas cosas que dijimos hace años que no haríamos, todos esos pudores que emanaban de cada estridente carcajada que dejábamos ir. Toda esa inocencia.
Luego vas aprendiendo que tu vida no es aquello que decidiste no hacer sino eso a lo que te atreves cada día, los pasos que das. Te vas desnudando al mundo, para llegar un poco más allá. Para conocer de lo que eres capaz. Porque al final tan sólo se trata de estar agusto con tu piel.

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Supongo que las obsesiones no te salvan, por muy buenas que sean. Debíamos haber supuesto que las nubes no iban a encontrar en nosotros aquello que estaba haciendo herida y, ni por asomo, sacarlo de dentro. Tampoco las personas que dicen que lo entienden consiguen hacer que nos sintamos menos solos. Probablemente tampoco los lienzos, las acuarelas, las canciones o las fotos. Perdimos el tiempo, por decirlo de alguna manera, proyectando hacia fuera los problemas y sus respectivas soluciones, cuando hay que atacar el epicentro. Fuimos, de algún modo, moldeando el contexto para hacerlo más cómodo entre nosotros y lo que pinchaba (y dolía, mucho) evitando encararnos con 'eso'. 'Eso' que puede acabar contigo de la manera más sutil por lo subestimado que es. Pero si no lo eliminas, se alimenta de ti. De tus defensas y ganas de vivir. Y es que es más fácil posponer los miedos y dejarlos para luego, por si luego igual tenemos más recursos que ahora... por si luego se han hecho más débiles. Porque nunca reconociste que la débil eras tú, que no podías pelear sola, que estabas huyendo de lo que pasaba, que no tenías ganas de cambiar.

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Y ahora sí, digo basta. Creo que sabes cómo me siento; imagino has querido decirlo tú en demasiadas ocasiones pero nunca reuniste el valor para hablar un poco más alto que los demás. En el fondo nos parecemos un poco tú y yo aunque no lo reconoceremos nunca en alta voz.

Sé que muy mal debes de estar como para haber explotado a estas alturas cuando normalmente hubieras tragado. Pero ahora te encuentras en ese "hasta no poder más" que te deja colgando mirando tu propia vida desde arriba o desde abajo (¿se llama vértigo si se provoca mirando desde abajo?), que es una manera de sentir diferente que no sabes cómo tomarte (y ni siquiera sabes si podrás acostumbrarte), que es una forma distinta de echar de menos lo que tenías, que simplemente las cosas han ido así para bien o para mal y no hay más.

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Sé que puedo encontrar la solución si pienso un par de veces el problema. Sé que me perderé ciento siete veces antes de dar con el paso que me conduzca al lugar adecuado porque, aunque no está tan cerca ni tan remotamente lejos como parece desde mis respiraciones, creo que tengo la manía de posponer las cosas que tienen el poder del cambio, de lo temporalmente estable, de lo que suponga el fin de la transición. Es tan cómodo flotar entre dos estados de ánimo y disfrutarlo sin el miedo a hundirte o estar hundida, sin más. De todas formas no existe el lugar adecuado. Tengo la certeza de que al llegar siempre prefiero cualquier otro, sea el conocido o el que quede una esquina más allá. Más bien se trata de la sensación de familiaridad o la incertidumbre de ver qué hay detrás de las puertas blindadas que llenan de pequeñas fronteras las grandes ciudades impersonales, las que nunca se apagan y nunca te permiten descanso. Me delato cuando hablo salvo cuando cuando no estáis pendientes de lo que hago, cuando no sóis una amenaza para mí, cuando me da igual que existáis en un mundo colindante. A veces siento repugnancia. Porque nunca me da igual nada, la verdad. Solo que a veces me veo cayendo en la trampa de ser, decir o hacer lo que otros esperan que sea, diga o haga. Qué más da ser tú mismo cuando las personas escuchan lo que quieren escuchar, de qué sirve un momento de felicidad si esa felicidad no es completamente sana. ¿Quién querría acaso ir llenando su vaso de instantes de placer prefabricado? O es que igual estamos destinados a ello o no damos para más. A hablar por hablar en habitaciones cargadas de humo donde a nadie realmente le gusta como sabe eso de fumar, a buscar soluciones entre frases de bestsellers con fórmulas revolucionarias para conmoverte, a pensar sobre lo que otros han pensado antes haciéndonos creer que tenemos mentes originales. Qué asco de vidas gratuitas. ¿Qué solución hay para los inconformistas?

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Guardé todo esto, toda mi vida, conmigo. Y llegué aquí de nuevo, como si no hubiera pasado el tiempo, por si volvía a haber alguien que tuviera ojos que supieran leer, de todo menos palabras. Conseguí reconocerme, a pesar de las nuevas grietas de mi cuerpo. Era aquel ser que elevaba cada sentimiento al cubo, acabando en asimétricos lugares de mi tiempo. Y creía que era feliz y desgraciada cuando vomitaba todo aquello en papeles que entendían, congelando mi vida dentro de tinta negra perenne, sabiendo que podría romperse si en algún momento temblaba y se caía. Todo aquello que me hizo sentir ya se ha ido, se fue cuando debió marcharse, cuando tocaba aprender. Sin embargo, los recuerdos quedan y las palabras siguen ahí. Y no he avanzado nada desde entonces porque he vuelto al punto en el que empiezo a escribir porque cobra sentido, sabiendo que dentro de un tiempo todo habrá cambiado y sólo me quedará el recuerdo y cuatro párrafos que me lleven a un lugar que no sé si querré volver a visitar. Como si todo fuera un absurdo, una mentira, un chiste malo. Como si me sintiera mal volver a revivir lo bueno que viví, lo mal que lo pasé, lo que llegué a pensar de ti o lo que me hiciste sentir.

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Igual es momento de cambiar. De dejar de huir. De empezar a hablarme desde la verdad y dejar de convencerme de que todo va bien así. Porque no va bien, de hecho va fatal. Tan mal que ya no puedo más.

"Encontraré el camino, no me rendiré", me escribió un buen amigo. Y sé que el día que no me haga llorar esa frase será el día que lo haya encontrado. El día en que haya dejado de preguntarme: "¿Y todo esto para qué?".

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Eres la grapa que me muerde con ganas, la palabra que se agarra y no se suelta, las letras que arañan el alma, la imagen de eterno retorno, los deseos satisfechos a medias, el acorde que se repite, el orgullo herido a escondidas, las manos tras la espalda, el pinchazo que ya no hace sangrar, las cosas que se dicen por lo bajo, el miedo de hablar (y de quedarse con las ganas), la cabeza en ebullición constante y los pasos hasta que no se pueda andar más.

(...)
- ¿Y cómo me ves tú a mí?
- Como un misterio.
- Ése es el cumplido más raro que me han hecho nunca.
- No es un cumplido. Es una amenaza.
- ¿Y eso?
- Los misterios hay que resolverlos, averiguar qué esconden.
- A lo mejor te decepcionas al ver lo que hay dentro.
- A lo mejor me sorprendo. Y tú también.

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Que a qué vengo... pues a encontrar algo, supongo. Por si se da una de esas casualidades de la vida y lo que trato de buscar se encuentra aquí, y no allí, en cualquier lugar. Porque si no está aquí me da lo mismo dónde esté, el caso es que sigue lejos... o tan cerca. Cerca como estuviste tú de mí, tan lejos a pesar de estar a mi lado. Eso es a lo que vengo... Saber hasta dónde puedo echar de menos todo lo que no tengo, todo lo que nunca he llegado a ver, todo lo que ni siquiera he acariciado. Aquí es cuando entiendo que no se deben comparar los recuerdos, ni aferrarse a uno en concreto. Sobre todo cuando apenas es real. Eso te impide disfrutar del resto de acontecimientos de la vida. Con las personas pasa algo parecido que a mí siempre se me olvida. Pero no he venido a quejarme, eso lo dejo para después. Tan sólo esperaba hallar un motivo, una razón, un argumento por inválido que sea de que la búsqueda no será en vano.
¿Sabes lo que pasa? Que uno se acostumbra a las cosas buenas. Lo peor de todo es que uno también se acostumbra a sentir dolor. Y tampoco importa si el dolor aumenta. Acabas por no notarlo, aunque el daño deje su huella de todas maneras. Pero ya no te quejas como antes, no lo exteriorizas tanto aunque ha de salir por algún lado y con toda la certeza del mundo lo hará, por supuesto que saldrá y de la peor manera. Te convences de que se pasará pero en realidad te preguntas si esto será para siempre, si pasarán veinte años más y seguirás sin avanzar ni un paso, sin motivaciones, sin valor, cada vez mejor sola para no sentirte peor. Después te llueven voces que te dicen que te entienden, pero realmente nadie tiene ni idea. Hay momentos en los que realmente no se ven salidas.

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Ayer un tren partió dejando atrás el calor húmedo de Barcelona con destino a la sequedad madrileña. En el vagón abundaban los hombres vestidos de traje y una actitud de viaje por pura rutina, obviando durante las tres horas cualquier fenómeno que el paisaje pueda ofrecer a través de la ventanilla.
A veces tengo la absurda manía de creer que soy la única a la que le suceden cosas malas. Creo que ya no me ocurre. Ahora sólo quiero que dejen de pasar esas cosas. 'Quiero' lo digo y lo siento dentro bien grande y en mayúscula, muy alto, muy fuerte. Quiero volver a Barcelona.
Ayer cogí el único tren que es capaz de atraparme y llevarme bajo tierra a la misma velocidad con que se mueve en horizontal. Casi 300 kilómetros por hora de echar de menos y alguno más de deseos de dejarlo todo y continuar en dirección contraria.
Madrid no me sienta bien, aquí no quiero estar sola por miedo a sentirme sola. Allí no me pasa. Y estoy cansada de ser una persona triste.
Mis días no se volvieron pesadillas. Fueron mis pensamientos el refugio de las mismas. Fue lo que llegué a sentir. Un descenso que nadie contempló, una caída que ninguna persona impidió. Sólo quise llegar a tiempo. Odiaba sentir que podría suceder, cuando piensas que puede ser la última vez que digas 'la última vez que hago esto o digo lo otro'. Hay peores cárceles que las palabras (leí una vez). Y no pude evitarlo... no llegar a tiempo. Sentir que no.

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Debería empezar por arreglar los desperfectos que siempre tuve la certeza de tener. Creo que no soy imparcial aunque, por otro lado, no creo que nadie pueda serlo… yo por exceso, otros por defecto. No sé en qué momento dejé de conocerme para empezar a tirar piedras sobre mi cama, conmigo encima, tumbada, mirando nada y dejando el tiempo correr… hasta reunir las ganas de retomar las cosas donde las dejé. Siempre se me dio tan bien ponerme en huelga contra mí o contra el mundo…

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"Hola, desconocido", pienso durante el segundo que te miro. Me pregunto cuánto tiempo llevas esperando aquí sentado. Me pregunto cuánto tiempo esperaré yo, a tu lado. Las paradas de la linea 77 se convierten en refugios para solitarios. Todos nos hablamos entre nosotros, pero nadie dice nada porque nadie se atreve a destaparse ante un desconocido.


Pero no somos desconocidos. Llevamos exactamente 7 minutos y 12 segundos compartiendo el aire y viendo los mismos coches pasar, con la cabeza ladeada a la izquierda para ver quien salta primero al divisar el bus de lejos. Hemos coincidido en esta coordenada espacio/tiempo, una única vez en nuestra vida, y vamos a dejarlo pasar. Y me pregunto cómo será tu vida, a dónde vas ahora que anochece. Me pregunto si te despediste de alguien y vuelves, o si vas porque alguien te espera. Quizás ambas, quien sabe. Yo no lo sabré. En este instante no se me ocurre afirmación más real que esa.


Te diría tantas cosas... te diría que levantaras la vista y mirases los tonos del cielo ahora que el sol se pone tarde y lento. Te pondría la canción que escucho en este momento porque es de esas canciones que pondrías a miles de Hertzios, demasiado buena como para que alguien se la pierda. Siempre he pensado estas cosas cuando me cruzo con alguien y sé que será la primera y la última vez... y me resulta normal porque estoy acostumbrada pero no puedo evitar pensar que es algo triste.


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Enciende un ojo y levántate. Sube la persiana de la derecha, ahora la de la izquierda. Oye el microondas del vecino. Ve al baño, desnúdate, métete en la ducha y haz que duermes bajo el agua. Doce minutos, ni uno menos. Arréglate como puedas el pelo, vístete. Abre la nevera, coge el yogurt de arriba a la izquierda. No te sientes. Cepíllate los dientes, arriba, abajo, ras, ras y repite. Coge la mochila y vete. Saluda, da los buenos días al portero, última mirada al espejo y a la calle. Ponte los cascos, frunce el ceño por el sol y camina, camina... paso de cebra, corre. Camina, La Farola no gracias, gira la esquina. Avanza, avanza, la cola del bus es larga, sigue caminando recto. Huele a desayuno, café. Los porteros barren los portales. Cinco minutos, pasa el bus. Maldiga, señorita. Anda, paso a paso, mira a la gente, caras de sueño y cabreo, te suena éste... y éste también (¿a dónde irán?). El quiosco se acaba de abrir, el frutero te dice 'hola'. Llegas tarde, vamos, venga, acelera. No pienses. Mira el reloj, sube la música. Joder, por qué siempre corriendo, por qué tanta prisa. Si cuando llegues querrás volverte a ir.

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Esta es la historia que nunca se termina...


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Las cosas que pensamos por sí solas no tienen sentido alguno. Las mías por un lado y las tuyas por el suyo. Necesitan un contexto donde puedan dejar de ser simples palabras flotantes para ser significado, necesitan un lugar donde poder ser libres.

Pero estas cosas que pensamos no existen porque no existimos por nosotros mismos, con el mundo aparte. Estás tú por tu lado, y yo por el mío, como las cosas que decimos y no escuchamos, porque no compartimos ningún lugar ni podemos ser libres y somos dos cuerpos flotantes en caminos paralelos pero en direcciones opuestas.

Entonces parece ser que no existimos. Se me han roto los pensamientos...

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La gente que quiere escuchar verdades se tapa un oído por si así se amortigua el sonido. Tú las quisiste y pudiste escuchar miles saliendo de mis labios, de mis manos, de mis ojos.

Te dije que nunca había dejado de mirar. Te dije que seguía buscando debajo del sofá el momento en que (te) perdí. Te dije que seguía creyendo en los domingos nublados tirada en cualquier lado. Te dije que la lluvia llegó tarde en la noche pero me hice inmune al frío. Te dije que deshice cada uno de los pasos para no seguirte más cuando me sintiera sola. Te dije que ya te había dicho que esto acabaría así. Te dije que todo estaba bien y no miraste atrás.

Quizá porque habías dejado de escucharme mucho antes.

A dónde vas...

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Y si en este caso, justo en este momento, hubiera que construir puentes entre las palabras, aunque fuera de una manera insospechada, como con una cuchara, no sé si estaría más lejos del absurdo o se me atragantaría la sopa de letras.
Si, en cambio, me veo obligada a destruirlos, quemaría todo lo que he escrito hasta ahora sin mirar junto con las yemas de mis dedos, para no agarrarme a nada más.
No quiero tener que leer en otros libros cómo llegar, no quiero resultados en la página de atrás para incógnitas imposibles pero no puedo dejar este problema a medias y hace un mes que dejé de pensar.

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Would you die for me? If I say please?
Would you sacrifice?
Would you call my name?
There's no other way out to live with it
I will knock on you door every night to beg you
I will write your name on the wall everyday
To show you the way.
I'll never kill you
I'll tell you
I'll tell you to
I'll tell you how
I'll tell you how to do.
On the second day, I'll bring you flowers.
Cause you're more beautiful than any woman I've sean
And the small of the rose will be the last thing
You'll recall when you will be dead
So read you name.
Just one please
My hand, your blood.


[ENORMES]

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Ando sumergida en burbujas de oxígeno que llaman realidad, tratando de encontrar y con pretensiones de delimitar la relatividad. Quizá incluso, si alcanzo mi objetivo, esconderla en la mano izquierda tras la espalda.
No tacho de mentirosos a aquellos que me han hecho creer que los horizontes eran infinitos y que las nubes desaparecerían, pero esas personas que han dejado de plantearse ciertas cosas mirando al cielo insisten desesperados contra mi terca voluntad en que ese punto que mi ojo capta al fondo es hasta donde puedo llegar y la evidencia contraataca haciendo que las nubes de tormenta siempre vuelvan, siempre.
No se sabe bien por qué, ni está claro cuándo o cómo, acaba apareciendo dentro de toda esta ebullición de relatividad un halo de claridad. Por razones insospechadas, el corazón decide por sí mismo y emprende su camino tras algo, una búsqueda que queda suspendida entre dos puntos borrosos y difuminados. Si éstas razones no se comparten, el corazón se aflige pero no se rinde, porque ha fijado un punto en el infinito. Incluso con nubes de tormenta.
En mi búsqueda, por el momento tan sólo encontré que la relatividad es relativa. Que no siempre es susceptible de ser planteada, porque en ocasiones es brutalmente aplastada por otras evidencias, que no son relativas y, por tanto, deberían ser el motor de nuestra propia búsqueda de horizontes nuevos que no sean tachados de inexplorables por aquellos que se han cansado de soñar.

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No me había dado cuenta de que no existías. Acabo de caer en ello como una gota de lluvia aparece de repente en un día soleado. Hace medio minuto que me he proclamado consciente tal hecho, como una inoportuna revelación, como el golpe de una nube contra un edificio.

Sabes como la sensación que deja cuando uno se aleja y no quiere, pero da media vuelta y sigue caminando.

Pero sí existes, aunque no donde yo quiero, no cuando necesito. Se trata más bien de un deber de convertir algo en lo que no es. Una cuestión de engañarse a tiempo, algo que siempre ha parecido hacer efecto.

Porque yo vivo en un lugar donde nunca pasa de moda enredarlo todo y complicar lo simple...


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Todo es una pregunta. Por hoy no me apetece responder.

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No hay demasiada utilidad en coger una regla y medir un trozo de papel. La habría si el trozo de papel representase un sentimiento o algo que no se pueda ver a simple vista, pero que a veces es importante medir. Las medidas de lo que no existe. Más bien, de lo que existe pero no es observable. Para saber qué sientes exactamente, para saber hasta dónde puede llegar lo que siento yo. Para saber la longitud de un pensamiento, por si es tan largo que pueda lanzarlo por una ventana y que llegue a ti, como un puente. O que no tenga medida y no sepa cómo controlarlo, que se me vaya de las manos. Todos los centímetros de tu piel bañados en distancias, todos los míos envolviendo algo que no sé explicar (ni medir). Y además de sin medida, sin remedio.

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Contigo nunca aprendo, contigo siempre dando traspies. Tú, que eres éste, aquél y eres todos los demás. Y eres el tiempo, la luz, la música y los sueños. Y las inseguridades, los miedos, los silencios...
Contigo pinto y sin ti emborrono. Despejo o confundo. Me acerco o me alejo. Dependo.
Siempre colgando de tu mochila y, dependiendo del día, soy feliz.


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No he vuelto a ver ese amanecer ni tú has vuelto a hablar de él. Si lo pienso vuelvo a estar ahí y escucho el silencio roto únicamente por el obturador de la cámara, pero no lo hago porque no estoy segura de que quiera volver. Desde aquí todo se ve, no peor, pero sí más frío que aquel día y he de reconocer que no me disgusta del todo esta visión, porque quizá no me convencía del todo la otra... no lo sé.
No sé hacia dónde nos llevan las decisiones que vamos tomando, ahora mismo es dificil describir en qué lugar y momento me encuentro. Todo es incertidumbre (de la que se incrusta en el estómago y hace que brillen los ojos). Si me inunda la nostalgia sólo queda apaciguarme en esos días, en las madrugadas frías y los cielos en transición que se reflejaban en el objetivo, que es el único que siempre consigue salir impasible.

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En lo que se refiere a nosotros mismos, siempre poseemos información privilegiada. En lo que se refiere a mí, la poseo íntegramente y este hecho me otorga bastante poder (uno que no desearía tener, realmente).

Cuando conocemos a las personas nos damos cuenta de lo que quieren, de lo que buscan o esperan, del tiempo que dedicarán a invertir en la relación, sea ésta de cualquier tipo. Yo, que además de nacer defectuosa también salí un 40% pesimista, creo que, a pesar de haber hecho tantos esfuerzos en conocer a una persona en particular (llámalo ilusión, curiosidad o estupidez), no debo esperar nada de ella porque yo tampoco espero nada de mí.
Mejor es mantener alejado todo aquello que pueda importarme, porque si se acerca demasiado y por esa causa, se aleja, posiblemente me costaría recuperarme.

Igual es mejor esconderlo en una mano tras la espalda. Igual la idea nunca debió salir de mi cabeza.


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A mí me sorprendía tu tranquilidad, tu temple serio ante los acontecimientos. Tú te quejabas de que era una persona de pocas palabras.
M: ¿Cómo eres así?
X: Así, ¿cómo?
M: Tan frío.
X: ¿Y tú por qué sólo hablas para preguntar?
M: No me has contestado, parece que vas por el mundo sabiéndolo todo. Por eso yo pregunto cosas, para seguir aprendiendo.
X: Yo me hago las mismas preguntas, pero no lo digo en alto.
M: Pues hazlo, igual un día te sorprendes.
X: El día que dejes de escribir y empieces a hablar más... sí que me sorprenderé.
M: Pues da por hecho que algún día escribiré sobre esto. ¿Qué te parece?
(Silencio)

Una vez que te acostumbras a un tipo de juego, es dificil que de un día para otro puedas olvidarlo. No siempre sale todo bien, tal y como queremos o hubiésemos pensado... pero cuando todo cambia caes en la cuenta de que las cosas empiezan a salir bien cuando se entiende a la otra persona más que compartir lo que ella hace.

...

Y si no lo intenté doscientas siete veces, no fue ninguna. Cuándo llegará la persona que señalice bien este camino. Que indiquen bien dónde esta la pared que separa las ganas del dolor que se exprime de ellas, cuando ya no se puede volver un paso atrás.
Y pestañeé cien veces más dada la vuelta, procurando hacerte irreal. Mi alma entera proyectando al suelo y yo procurando desprenderme de los restos de mi cabeza, abandonada al viento, que ya no piensa ni se sostiene en un cuerpo que no asume de lo que está hecho.

...

Miedo.

No lo sé explicar mejor.

...

Llevo más de una hora con el documento abierto y apenas he escrito algo en él. Palabras sueltas. Lluvia, ciudad, cambios, luz, gris, giros, días. No tengo nada nuevo que inventarme ahora pero echo mucho de menos escribir. Hoy ha sido un día de echar de menos, desde luego. De volver a ver la lluvia caer desde hacía tiempo, de sentir ese frío que te deja inmóvil y quedarse observando como el cielo gris te espía desde cualquier ventana.
Casi he visto amanecer, uno de esos que tanto me gusta ver, desde la carretera, con las nubes agrietadas. Ha durado poco el deleite pero ha sido casi perfecto, aunque últimamente acumulo amaneceres que se superan a sí mismos. Madrid a veces te sorprende al igual que las personas que esconde en su interior, silenciosamente. Madrid a veces se sobrecoge de las historias que escucha y se calla. Porque todo da muchas vueltas, a veces incluso las vueltas parece que atraen más vueltas. Cambia la perspectiva, el color, cambia incluso el sabor que antes tenían las cosas. Vuelven los antes y los después que se renuevan a cada instante, porque el círculo nunca cesa. Otra vez las tormentas de puntos de vista y sentimientos en forma de jeroglíficos a descifrar en tiempo récord, antes de que el semáforo cambie a ámbar y yo bajo presión no puedo...
Y aún así todo parece diferente, me arriesgaría a decir que incluso mejor, aunque el frío no ha conseguido abandonarme.
Tan sólo me apetecía abrir el grifo mental y escribir que a pesar de todo me sigue encantando que huela a que va a llover.

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El vértigo me abrazó, como un imán...
Como se abraza la gota al charco, y a su vez éste al cemento, para evitar evaporarse.
Y me dejé llevar, me vi descender, y no me importaba...
Me sentía agua evaporándose. Agarrando cualquier mano que sólo conseguía agrandar el daño.
Me quedé arañándome el alma ahogada en el fondo de este mar extraño.
Abrázame y devuélveme al lugar del que caí. Encuéntrame...

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Demasiado temprano para saber si es noche o día. Demasiado frío todavía en una habitación adormecida.
Dejarse llevar, dejarse temblar por la intuición de una luz diminuta, ni siquiera por su existencia.
Frágilmente empuja todos los movimientos a un día que no se espera ni, mucho menos, se desea.

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Se cansó el vaso de sostener la medianoche y la cinta aislante de tapar el riego de los ojos. Sin excusas y sin demasiados motivos.
Quemaban los puntos y seguidos. Los aparte nunca fueron del todo curativos.
Necesitando finales.
FINALES que salgan de otra boca.
Todo necesita cerrar el círculo que abrió para poder seguir adelante.
Pero una vez perdido el rastro, parece inútil toda la distancia que se ponga a lo largo del tiempo.
Nunca cesa...

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Donde anida la tristeza, donde mi espalda reposa con firmeza,
aquel pobre escalón de un piso cualquiera, a donde nadie nunca llega.

Con la cadena atada a un pie, permitiendo un ligero movimiento
hacia arriba o hacia abajo de esta insomne escalera.

Siempre fiel a ella, el punto de retorno por excelencia,
el abrazo de un cuadrado de madera hecho para la espera.

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Dicen que las grandes ideas surgen de un encuentro con el WC. Pues bien, las mías no son grandes pero suelen venirme en la ducha y en los dos segundos que suceden al despertar. En el primer caso, el agua tiene el poder de aclarar mente y cuerpo, como una muda de piel, necesariamente curativa. En el segundo, el estado entre sueño y realidad a veces consigue abrirme los ojos, no sólo literalmente.
Después, los pensamientos se evaporan como si al desprenderles de su contexto original dejaran de poseer vida por sí mismos, como si se volvieran impensables, y reproducirlos por escrito me resulta muy dificil. Siempre conservo el epicentro, la materia prima, pero todo lo demás se ha ido, los adornos se pierden y entonces dejo de escribir porque siempre me ha resultado más dificil decir las cosas tal y como son que andarme con rodeos. Con lo fácil que sería decir que si pudiera verte cada día sería un 30% más feliz, con cara de alguien que echa de menos algo a lo que tiene que desacostumbrarse. Es triste hablar así.
Es triste que todas mis 'grandes ideas' tengan la misma etiqueta, la misma que tengo que arrancarme de la piel.

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Cambié las letras de lugar aunque jamás sonó creíble el resultado. Pero yo me lo creí porque siempre lo hago. Empecé a tragarme las palabras cuando dejé de escribirlas en tu piel. Pero yo seguí pintando con mis manos ciegas. Y di con un lienzo de piedra.