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Would you die for me? If I say please?
Would you sacrifice?
Would you call my name?
There's no other way out to live with it
I will knock on you door every night to beg you
I will write your name on the wall everyday
To show you the way.
I'll never kill you
I'll tell you
I'll tell you to
I'll tell you how
I'll tell you how to do.
On the second day, I'll bring you flowers.
Cause you're more beautiful than any woman I've sean
And the small of the rose will be the last thing
You'll recall when you will be dead
So read you name.
Just one please
My hand, your blood.


[ENORMES]

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Ando sumergida en burbujas de oxígeno que llaman realidad, tratando de encontrar y con pretensiones de delimitar la relatividad. Quizá incluso, si alcanzo mi objetivo, esconderla en la mano izquierda tras la espalda.
No tacho de mentirosos a aquellos que me han hecho creer que los horizontes eran infinitos y que las nubes desaparecerían, pero esas personas que han dejado de plantearse ciertas cosas mirando al cielo insisten desesperados contra mi terca voluntad en que ese punto que mi ojo capta al fondo es hasta donde puedo llegar y la evidencia contraataca haciendo que las nubes de tormenta siempre vuelvan, siempre.
No se sabe bien por qué, ni está claro cuándo o cómo, acaba apareciendo dentro de toda esta ebullición de relatividad un halo de claridad. Por razones insospechadas, el corazón decide por sí mismo y emprende su camino tras algo, una búsqueda que queda suspendida entre dos puntos borrosos y difuminados. Si éstas razones no se comparten, el corazón se aflige pero no se rinde, porque ha fijado un punto en el infinito. Incluso con nubes de tormenta.
En mi búsqueda, por el momento tan sólo encontré que la relatividad es relativa. Que no siempre es susceptible de ser planteada, porque en ocasiones es brutalmente aplastada por otras evidencias, que no son relativas y, por tanto, deberían ser el motor de nuestra propia búsqueda de horizontes nuevos que no sean tachados de inexplorables por aquellos que se han cansado de soñar.

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No me había dado cuenta de que no existías. Acabo de caer en ello como una gota de lluvia aparece de repente en un día soleado. Hace medio minuto que me he proclamado consciente tal hecho, como una inoportuna revelación, como el golpe de una nube contra un edificio.

Sabes como la sensación que deja cuando uno se aleja y no quiere, pero da media vuelta y sigue caminando.

Pero sí existes, aunque no donde yo quiero, no cuando necesito. Se trata más bien de un deber de convertir algo en lo que no es. Una cuestión de engañarse a tiempo, algo que siempre ha parecido hacer efecto.

Porque yo vivo en un lugar donde nunca pasa de moda enredarlo todo y complicar lo simple...


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Todo es una pregunta. Por hoy no me apetece responder.

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No hay demasiada utilidad en coger una regla y medir un trozo de papel. La habría si el trozo de papel representase un sentimiento o algo que no se pueda ver a simple vista, pero que a veces es importante medir. Las medidas de lo que no existe. Más bien, de lo que existe pero no es observable. Para saber qué sientes exactamente, para saber hasta dónde puede llegar lo que siento yo. Para saber la longitud de un pensamiento, por si es tan largo que pueda lanzarlo por una ventana y que llegue a ti, como un puente. O que no tenga medida y no sepa cómo controlarlo, que se me vaya de las manos. Todos los centímetros de tu piel bañados en distancias, todos los míos envolviendo algo que no sé explicar (ni medir). Y además de sin medida, sin remedio.

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Contigo nunca aprendo, contigo siempre dando traspies. Tú, que eres éste, aquél y eres todos los demás. Y eres el tiempo, la luz, la música y los sueños. Y las inseguridades, los miedos, los silencios...
Contigo pinto y sin ti emborrono. Despejo o confundo. Me acerco o me alejo. Dependo.
Siempre colgando de tu mochila y, dependiendo del día, soy feliz.


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No he vuelto a ver ese amanecer ni tú has vuelto a hablar de él. Si lo pienso vuelvo a estar ahí y escucho el silencio roto únicamente por el obturador de la cámara, pero no lo hago porque no estoy segura de que quiera volver. Desde aquí todo se ve, no peor, pero sí más frío que aquel día y he de reconocer que no me disgusta del todo esta visión, porque quizá no me convencía del todo la otra... no lo sé.
No sé hacia dónde nos llevan las decisiones que vamos tomando, ahora mismo es dificil describir en qué lugar y momento me encuentro. Todo es incertidumbre (de la que se incrusta en el estómago y hace que brillen los ojos). Si me inunda la nostalgia sólo queda apaciguarme en esos días, en las madrugadas frías y los cielos en transición que se reflejaban en el objetivo, que es el único que siempre consigue salir impasible.

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En lo que se refiere a nosotros mismos, siempre poseemos información privilegiada. En lo que se refiere a mí, la poseo íntegramente y este hecho me otorga bastante poder (uno que no desearía tener, realmente).

Cuando conocemos a las personas nos damos cuenta de lo que quieren, de lo que buscan o esperan, del tiempo que dedicarán a invertir en la relación, sea ésta de cualquier tipo. Yo, que además de nacer defectuosa también salí un 40% pesimista, creo que, a pesar de haber hecho tantos esfuerzos en conocer a una persona en particular (llámalo ilusión, curiosidad o estupidez), no debo esperar nada de ella porque yo tampoco espero nada de mí.
Mejor es mantener alejado todo aquello que pueda importarme, porque si se acerca demasiado y por esa causa, se aleja, posiblemente me costaría recuperarme.

Igual es mejor esconderlo en una mano tras la espalda. Igual la idea nunca debió salir de mi cabeza.


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A mí me sorprendía tu tranquilidad, tu temple serio ante los acontecimientos. Tú te quejabas de que era una persona de pocas palabras.
M: ¿Cómo eres así?
X: Así, ¿cómo?
M: Tan frío.
X: ¿Y tú por qué sólo hablas para preguntar?
M: No me has contestado, parece que vas por el mundo sabiéndolo todo. Por eso yo pregunto cosas, para seguir aprendiendo.
X: Yo me hago las mismas preguntas, pero no lo digo en alto.
M: Pues hazlo, igual un día te sorprendes.
X: El día que dejes de escribir y empieces a hablar más... sí que me sorprenderé.
M: Pues da por hecho que algún día escribiré sobre esto. ¿Qué te parece?
(Silencio)

Una vez que te acostumbras a un tipo de juego, es dificil que de un día para otro puedas olvidarlo. No siempre sale todo bien, tal y como queremos o hubiésemos pensado... pero cuando todo cambia caes en la cuenta de que las cosas empiezan a salir bien cuando se entiende a la otra persona más que compartir lo que ella hace.

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Y si no lo intenté doscientas siete veces, no fue ninguna. Cuándo llegará la persona que señalice bien este camino. Que indiquen bien dónde esta la pared que separa las ganas del dolor que se exprime de ellas, cuando ya no se puede volver un paso atrás.
Y pestañeé cien veces más dada la vuelta, procurando hacerte irreal. Mi alma entera proyectando al suelo y yo procurando desprenderme de los restos de mi cabeza, abandonada al viento, que ya no piensa ni se sostiene en un cuerpo que no asume de lo que está hecho.

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Miedo.

No lo sé explicar mejor.

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Llevo más de una hora con el documento abierto y apenas he escrito algo en él. Palabras sueltas. Lluvia, ciudad, cambios, luz, gris, giros, días. No tengo nada nuevo que inventarme ahora pero echo mucho de menos escribir. Hoy ha sido un día de echar de menos, desde luego. De volver a ver la lluvia caer desde hacía tiempo, de sentir ese frío que te deja inmóvil y quedarse observando como el cielo gris te espía desde cualquier ventana.
Casi he visto amanecer, uno de esos que tanto me gusta ver, desde la carretera, con las nubes agrietadas. Ha durado poco el deleite pero ha sido casi perfecto, aunque últimamente acumulo amaneceres que se superan a sí mismos. Madrid a veces te sorprende al igual que las personas que esconde en su interior, silenciosamente. Madrid a veces se sobrecoge de las historias que escucha y se calla. Porque todo da muchas vueltas, a veces incluso las vueltas parece que atraen más vueltas. Cambia la perspectiva, el color, cambia incluso el sabor que antes tenían las cosas. Vuelven los antes y los después que se renuevan a cada instante, porque el círculo nunca cesa. Otra vez las tormentas de puntos de vista y sentimientos en forma de jeroglíficos a descifrar en tiempo récord, antes de que el semáforo cambie a ámbar y yo bajo presión no puedo...
Y aún así todo parece diferente, me arriesgaría a decir que incluso mejor, aunque el frío no ha conseguido abandonarme.
Tan sólo me apetecía abrir el grifo mental y escribir que a pesar de todo me sigue encantando que huela a que va a llover.

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El vértigo me abrazó, como un imán...
Como se abraza la gota al charco, y a su vez éste al cemento, para evitar evaporarse.
Y me dejé llevar, me vi descender, y no me importaba...
Me sentía agua evaporándose. Agarrando cualquier mano que sólo conseguía agrandar el daño.
Me quedé arañándome el alma ahogada en el fondo de este mar extraño.
Abrázame y devuélveme al lugar del que caí. Encuéntrame...

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Demasiado temprano para saber si es noche o día. Demasiado frío todavía en una habitación adormecida.
Dejarse llevar, dejarse temblar por la intuición de una luz diminuta, ni siquiera por su existencia.
Frágilmente empuja todos los movimientos a un día que no se espera ni, mucho menos, se desea.

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Se cansó el vaso de sostener la medianoche y la cinta aislante de tapar el riego de los ojos. Sin excusas y sin demasiados motivos.
Quemaban los puntos y seguidos. Los aparte nunca fueron del todo curativos.
Necesitando finales.
FINALES que salgan de otra boca.
Todo necesita cerrar el círculo que abrió para poder seguir adelante.
Pero una vez perdido el rastro, parece inútil toda la distancia que se ponga a lo largo del tiempo.
Nunca cesa...

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Donde anida la tristeza, donde mi espalda reposa con firmeza,
aquel pobre escalón de un piso cualquiera, a donde nadie nunca llega.

Con la cadena atada a un pie, permitiendo un ligero movimiento
hacia arriba o hacia abajo de esta insomne escalera.

Siempre fiel a ella, el punto de retorno por excelencia,
el abrazo de un cuadrado de madera hecho para la espera.

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Dicen que las grandes ideas surgen de un encuentro con el WC. Pues bien, las mías no son grandes pero suelen venirme en la ducha y en los dos segundos que suceden al despertar. En el primer caso, el agua tiene el poder de aclarar mente y cuerpo, como una muda de piel, necesariamente curativa. En el segundo, el estado entre sueño y realidad a veces consigue abrirme los ojos, no sólo literalmente.
Después, los pensamientos se evaporan como si al desprenderles de su contexto original dejaran de poseer vida por sí mismos, como si se volvieran impensables, y reproducirlos por escrito me resulta muy dificil. Siempre conservo el epicentro, la materia prima, pero todo lo demás se ha ido, los adornos se pierden y entonces dejo de escribir porque siempre me ha resultado más dificil decir las cosas tal y como son que andarme con rodeos. Con lo fácil que sería decir que si pudiera verte cada día sería un 30% más feliz, con cara de alguien que echa de menos algo a lo que tiene que desacostumbrarse. Es triste hablar así.
Es triste que todas mis 'grandes ideas' tengan la misma etiqueta, la misma que tengo que arrancarme de la piel.

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Cambié las letras de lugar aunque jamás sonó creíble el resultado. Pero yo me lo creí porque siempre lo hago. Empecé a tragarme las palabras cuando dejé de escribirlas en tu piel. Pero yo seguí pintando con mis manos ciegas. Y di con un lienzo de piedra.

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Puedes andar, puedes andar sin parar y terminar en cualquier lugar. No importa lo cansada que estés si tus ganas son mayores. Hay caminos que llevan a cosas o personas que merecen la pena.
Quisiste hacerlo y lo hiciste. Llegaste a muchos lugares, aunque no lograste conquistar ninguno. Tocar la piel que dentro esconde tu corazón, me pareció insuficiente.
Por eso ahora sigo andando aunque hacia el otro sentido con la cabeza girada y me sigo dando golpes. Pero llegará un momento en que consiga darme la vuelta del todo y no mirar hacia atrás. Porque intentar alcanzarte es como esperar que nieve en la primavera que viene.

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Que por qué me gusta tanto. No sabría responderte bien. Igual es su inmensidad, su modesta enormidad; esa capacidad de abarcarlo absolutamente todo, sobre todo su capacidad de abstraerme. Su incesante cambio, ningún segundo permanece igual; si no lo acarician las nubes es un avión el que lo rasga, en cualquier lugar del mundo. La vida que transporta, incluyendo los ojos que buscan un lugar de refugio allí arriba. Su continuidad, el que todos los seres humanos estemos bajo el mismo, aunque no sea razón suficiente para sentirnos más unidos. Su color, sobre todo su color a cualquier hora del día; su despertar, su despedida y todo lo que va por medio. Su luz. Igual es lo que guarda en su interior, esas luces pequeñitas que salen cuando se va el sol. El mismo sol, la luna. Sus alaridos de tormenta. La lluvia, los rayos. Es todo tan diferente de lo que se encuentra aquí, que cómo no iba a hipnotizarme. Nunca se me dio bien describir esa sensación. Me preguntas que por qué me gusta tanto, mientras te observo estudiarlo como intentando descubrir un gran secreto. Me gusta porque cada vez que levanto más de dos segundos la vista, me tropiezo.