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Como si cerrando los ojos consiguiera alejar las imágenes que me agotan.
Pero por algún lado tengo que decir basta.

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El negro, pues eso. Se define por la ausencia de luz y color. A veces soy un poco así, sobre todo en días como hoy. Otro día que pasa dejando intensos sabores de sentimientos tan positivos como negativos, si eso es posible. Días que pasan simple y llanamente llenando todo de una relatividad de ésta que te sitúa al borde de un lugar extremadamente alto siendo presa del vértigo y sabiendo que, a pesar de que la suerte va a seguir manteniéndote de pie al borde, vas a sentir como tu cuerpo estalla en cien tipos diferentes de miedo. Miedo a caer, a perder, a tener que dejar atrás a alguien, miedo a tener miedo. Y si no te caes es porque hay algo que te sostiene, decir lo contrario sería mentir y también muy egoísta, y nunca me he considerado una persona de ese tipo aunque habrá opiniones para todos los gustos. Pero yo estaba hablando del negro y de cuando todo se vuelve un poco de este modo rozando la falta de sentido y sin tomar conciencia de este hecho ni apenas percibir el cambio a través de ningún sentido que te conecta con el exterior. Todo por dentro, más allá de cualquiera que te toque y mucho más allá de todo el que te mire, sobre todo si esos ojos no saben hacerlo. Absorbiendo todas las longitudes de onda del mundo y reflejando ninguna porque quizá se ha olvidado de como hacerlo. Negro. Negro que no es capaz de cambiar su composición. Un algo que no es nada, no se ve nada y no te aporta nada. Soy un negro carbón nada elegante que a veces se calla pero no significa que no tenga nada que decir, porque dentro puedo poseerlo todo. Soy un negro sin tiempo que se parte en dos de impotencia al ver que es capaz de perderlo todo tan sólo por haber guardado demasiado bien lo que conserva y que reposa en su interior, un universo acromático que ya conozco y que no es para mí sino para otro universo que se esconda en el interior de otro color que sepa comprender de donde nace todo este sinsentido que vomito...
Pero no pasa nada, sólo es negro. El negro es bonito.

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No sé cuál es el problema, no sé si es mejor callarme o dejar de escuchar. Cada día las palabras tienen menos sentido o serán las personas las que no les dan el uso que deberían tener. Todo es un hablar por hablar que termina cansando ya. Un hablar que no conduce a ninguna parte, que hace gala, por el contrario, de ciertas carencias humanas y compromisos que no se terminan cumpliendo. Últimamente prefiero aumentar el inventario de música escuchada porque, por mucho que quiera, no encuentro personas que tengan algo diferente que decir.

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Cuando la noción de aquello que anhelas se acerca de tal manera que rompe toda distancia de seguridad y se vuelve tan sorprendentemente alcanzable, parece tan sumamente fácil estropearlo de cualquier modo posible y de carácter inevitable, casi desesperadamente, por un pavor innato y solemne hacia la idea concebida como inalcanzable de una felicidad construída desde su inicio con un material más sólido que las simples muecas alegres que deforman las caras en su máximo equilibrio. Estropearlo como si amase la destrucción de cada halo de luz que pueda adivinarse sobre la frontera del propio mundo pensando que pueda ser un ataque contra el mismo y lo dañe de alguna forma irreparable e imposible de reconstruir con los mecanismos y recursos de los que se hacen uso ahí. Estropearlo como si el mundo no fuera a ahogarse en sus propias lágrimas de ver cómo se aleja lo que pudo haber sido el comienzo de otra cosa que, sin saber si podría ser mejor o peor, merecía la pena.

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Lijas para la piel que duele, veneno para lo de dentro que de dolor muere.
Pesadas cajas que te envidian los vacíos y álbumes llenos que recuerden lo peor que has vivido.
Siempre un defecto pesa más que cien mil papeles escritos con virtudes que ya tienen los demás.
Hay pasos que hacen eco en medio de una multitud, pero nadie está escuchando porque si no haces reir no cuentas como un normal ser humano.
Guardar corcho bajo el pecho hace que el propio peso no sea el que me hunda, aunque las ganas pesen más.
Tirar piedras a lo lejos es la cura para los males que no parecen tener remedio.
Escrutar el cielo, desde el océano que guardo en mi interior agitado de esconder la procesión por dentro, donde no pueda oirse, sin que desvele a los sueños más pequeños.
Despierto sigue el mundo cuando dejo de mirar. Menos duro que mañana, menos ganas que ayer de enfrentarse a algo que tu nombre siempre parece olvidar.

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Todo el espacio está lleno de notas mentales que hablan de un mundo en el que no se debe caer cuando no se está preparado. Porque avanzar es demasiado fácil si no sabes hacia a dónde, por qué o por quién. Las personas se cansan de jugar al azar sin otorgar un sentido a lo que hacen. Entonces aparecemos llenando las manos de intentos que ponemos en otras que creemos que valen más que las nuestras propias, pero nada aprende a volar si la paciencia para enseñar se agota con los primeros pasos de un primer tiempo hacia una meta que creías tan perfecta que quemó todo eso que pretendías ser y dejó únicamente los huesos que habían perdido la vida mucho antes de sentir ese final en la propia sangre. Y si tuviera fuerza lucharía por ti y por todo lo que eres y todo lo que quieres ser un día. Y si tuviera fuerza avanzaría por ti y serías el mejor de lo sentidos que pudiera dar a lo que hago, y el azar igual caería en el olvido pues me devolvería siempre a donde soplara ese aire inconfundible que no ha dejado de atraerme desde que llegó aquel día, un día cualquiera que llenó de ilusiones un espacio cargado de notas mentales incapaces de borrar de un mundo que has mejorado clavando banderitas en cada beso por sus frías madrugadas y estando sin estar en sus largos días, los cuales empezaron a volar por instinto o por inercia y sin remedio como mi cabeza y lo peor es que lo sabes, sabes que a veces pienso de más.

[echo tanto tantísimo de menos...]

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Sabes que todo se pasa, que lo que hoy reposa en ti como una nube negra alrededor de tu cabeza, mañana no será más que lluvia... agua que, al fin y al cabo, se seca.
Pero, a veces, dormir no apacigua nada. Dormir puede conseguir ser la solución, si estás dormido no sientes nada, si estás dormido no hay nada que pueda hacerte daño.
Quién te arranca esa parte de ti que te quema, si no sabes situarla físicamente. Si mentalmente no desaparece ni se aleja. Si lo que te hiere no existe, si no puede hablarte ni explicarte qué ocurre. Si todo se tiñe de lentitud y malestar, si puede que lo hayas creado tú.
Entonces cómo te convencen de que se pasará, si el presente es un reto y cada momento se vuelve tenso e irrespirable. Cómo están tan seguros si aquí no cambia nada y el tiempo va en contra y no quiero darme la vuelta y ver lo que hice mal y que todo está tan lejos...

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Se parte en dos sin emitir sonido. Sin perder la más mínima concentración.
La oscuridad escondió del día toda la parte vacía de la voz de una canción reescrita para mí, un color que no existía entonces.
Reconstruí las partes en el momento en que llegaste.
Conseguiste que el suelo no estuviera frío y que la noche corriese deprisa, cual rayo que ilumina la porción de cielo en la que cae, como una caricia.
Y ahora todo es así, casi como lo había diseñado, un poco más a la aventura y un argumento mejorado que soy capaz de estropear.
Y ahora huele todo así, muerta de miedo.

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Con las manos más frías de lo normal e inoportuna fuga de palabras. Cuando pensar pierde el sentido y el no hacerlo te deja en peor situación que al principio. Donde nace un ligero brillo en los ojos y el calor de tus mejillas queda disimulado por la noche. Como imaginaste una vez que sería, lejos de las películas.
Allí te vi pasar. Pasada la medianoche. No debí pensar.

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Muchas veces, a lo largo y ancho de todas las divagaciones sonámbulas que hacemos los humanos por todos los pequeños espacios del mundo que sentimos que nos pertenecen, nos encontramos de frente con algo (o alguien) grande. Grande que te envuelve todo lo que tú eres y te enseña todo lo que no; que te obstruye cada pensamiento a su favor y ni te das cuenta pues estás totalmente abstraido en esa idea de persona que parece ser redonda y perfecta.
Pero aun cuando estás descubriendo todo lo bueno que puede ser, el suelo se abre ante tu mirada estupefacta y esa perfección cae por su propio peso, como si nunca hubiera tenido materia suficiente como para quedarse en el lugar correcto, el cual parecías ser tú.
Entonces, desconcertado, observas como todos tus rincones empiezan a llenarse sin querer de algo mejor, algo diferente, algo realmente extraordinario. Caes en la cuenta de que las convicciones que parecen ser firmes, pueden ser derrotadas en menos de un segundo por eso que se parece un poco más a ti, razón suficiente para desear no volver a mirar atrás. Razón con la que se ha de lidiar a partir de ese momento, la necesidad y la entrega hacia lo que creías improbable pero se presenta tan tangible que da miedo hasta acercarse.
Y sin saber si en algún lugar reposa paciente lo verdaderamente excelente...

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Es tiempo de retirarse en el momento preciso en que crees que algo se empieza a agrietar, tiempo de no decir ni una palabra y guardarse todo dentro antes de caer dormida. Es tiempo de poner distancia entre tus pasos y los pasos de los que pueden dejarte malherida. Es tiempo de esperar paciente y no esperar absolutamente nada; tampoco es tiempo para pensar de más. Es tiempo de retraimiento, lejanía y quizá, pero tan sólo quizá, tiempo para sorprenderse.

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Es una calle estrecha, hecha para la espera. En sus casas los interruptores juegan a esconderse, alargando el temor a la oscuridad. Las puertas chirrían antes de abrirlas, como ese tipo personas... Sus habitantes marean las hojas de los árboles que acaban cayendo, dejando las ventanas vacías y las calles de alfombra. Brillan las ausencias en cada pensamiento y no existe la noche, nadie puede dormir. No se duerme en este barrio. Siempre fui de ese tipo de personas, de las que chirrían. Esas que ponen las esperanzas que le permiten los pies y las ilusiones que caben en sus manos, pero no todas. Jamás fui de las otras, de las buenas. De esas que parten rayos sólo con mirarlos y no temen a la oscuridad y aman los árboles sin hojas en invierno e inventan la noche si no llega y por mucho que pasen los años, no se oxidan.

[...]

No hago magia pero que nadie me diga que no tengo poderes, que nadie me diga lo contrario. He escrito suelos y papeles y los he lanzado al aire para que llegasen a tus pies. Te he convertido de fantasma deambulando fuera de mi mundo a una realidad dentro de él, solo que ahora no sé si se podría decir que esto es una pausa, el esperado principio o un inevitable final. Pero al menos ya existimos...

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Nace un mes nuevo y yo te pienso, te pienso, te pienso
pero hasta el papel me hace más compañía,
un papel sabe escuchar.
A cada letra alargo la distancia, no es mi voz la que ha hablado
sino el frío que me llena en tus abrazos
y no me hace falta más invierno.
Diciembre sólo trae un rostro que no coincide con el tuyo
pero algo aún huele a ti y te pienso, te pienso...

[...]

Riámonos del viento, es más fácil,
una simple buena cara se la lleva el mal tiempo.
Amemos arañándonos las almas,
que sangrar con gusto salva vidas.
Miremos más arriba, al cielo,
pues éste nunca se va, nunca te acaba fallando.
Cortemos las correas del reloj,
atarse a él hace que perdamos lo que no se olvida.
Y cantemos, que los cristales como mucho se empañan,
jamás se rompen...

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Tengo un roto en el pantalón con el que a veces duermo. Supongo que se agranda cada noche un poco más, pero no lo noto. El día que menos piense, me lo encontraré demasiado rasgado y no podré volver a ponérmelo. Aunque le coges cariño a algo, los pantalones, al fin y al cabo, se reemplazan.
¿Pasa lo mismo con los descosidos del alma? ¿Se hacen más grandes cuando duermo, sin que me dé cuenta? ¿Llegará un día en que se hagan demasiado grandes que no haya forma arreglarlos? ¿Existen almas de repuesto por si ésta se me vuelve demasiado inservible?

*A todo el mundo le encanta saber que estás ahí, y gratis...

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Eres tangible. Tan predecible como un láser sin retorno apuntando a tus sienes. Tan alcanzable cual gas mortal inapreciable que se eleva del pulmón a tu cabeza. Cosas que no se oyen.
En este mundo paralelo yo te respiro y tú me expiras, me lastimas reteniendo el aire y caigo, más abajo y nunca dejo de caer, y más abajo aún, para dormir tranquila.
Por eso te tengo. No te tengo. Mi percepción distorsionada acerca de esta pertenencia me lleva a afirmar que entonces existes, pero no existes, por la razón ya mencionada.
Entonces estás y eres, no para mí, lejos de mí, a pesar de mi existencia colindante.
Entonces qué, te pregunto. Y no te pregunto, aunque siempre respondes.
Respondes, silencio. Mis silencios estresores.


*Y tan sólo darse cuenta de que caes en una realidad cuando es otro alguien quien la corrobora ante tu perplejidad.

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Eres un ser caminando una mañana temprana de noviembre que estrena la porción de sol que le ha tocado, con un gorro negro en la cabeza para no dejar escapar ideas de más. Eres una imagen en tres dimensiones algo difusa y confusa para los restantes millones de personas con las que compartes humo en tu ciudad.
Eres una ráfaga de aire para el que te intuye con prisa y un fantasma de ojos tristes reencarnado para el que te alcanza a mirar a la cara. Eres alguien de luto para la niña colegiala colorista y un ser raro para los pares de miradas arrugadas que caminan cogidos de los brazos.
Eres un fragmento de ti misma representado a segundos en el escenario de tu vida, eres un pedacito de lo que fuiste hace unos años y lo demás es una obra en construcción sin fecha de final. Eres una ilusión en tu cabeza que no consigue comprimir esa belleza de la que hacen gala los artistas y poetas que lograron cautivarte. Eres más que un hecho, eres el más vivo recuerdo de un alguien que serás algún día.
Eres quien no puede dejar de lado la pesadilla de convertirse en esa persona que recuerde con odio la que fue por no saber hacerlo mejor, la que es hoy, la que está aquí, la que escribe sin papeles pues los pierde, la que tiene miedo de preguntarte lo que no sabe, la que ahuyenta el tiempo e intenta el día y habla en balde.

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Hablaré de ti, desconocido. Con todas las grapas de mi ser.
Con todas las ansias de flotar por este humo amarillo que inventé.
Colgada de un espesor de donde no puedo caer. Soy del revés.
De noche me entra el hambre de conocer lo que no sé.
De día te arrastro a lo más profundo de mi piel.
Luego te vuelves noche de nuevo y después echo a correr.
No es segura esta distancia.
Me temo que he de desconocerte, desconocido.
El aire aquí no deja de escocer.
He amarrado el barco a la certeza de no volverte a ver.
Sin mares ni planes, ni claros horizontes de papel.
Ellas se apoderan de cada pobre recuerdo. La jovial tristeza. La dura cobardía.
Borré tu amanecer rompiendo mi dibujo.
La cera amarilla se volvió humo, y empezó a oler.

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Vidas que nacen y mueren; vidas que caminan ausentes o presentes, que difuminan pasos de cebra para vivir en gris. Vidas que gastan más de lo que tienen, que se desgastan y no son conscientes. Vidas que miran sin actuar, vidas que actúan sin pensar. Vidas que encuentran y luego pierden, vidas que destruyen otras vidas, que se destruyen a sí mismas. Vidas, allá a donde vayas, que aman y lo proclaman, o que odian y no hacen más que conjurar. Vidas que rebotan en las paredes, se caen y se vuelven a levantar. Vidas, todas valen la pena, la mente luego las perturba. Vidas que necesitas, vidas que te llaman a vivir... Vidas que gritan y estiran sus hilos de vida. Vidas... las que se derriten en las calles, las que observo desde mi ventana. Vidas que tienes en tu vida, a las que quieres ver esbozando una sonrisa...

[ _____ ]

No todos hemos merecido el premio de ser felices. Puede que un día, mientras descubres el valor de la luz del sol estando en los bajos de tu alma, te topes conmigo. Te invitaré a pasar, charlaré contigo de la vida y de la gente, te regalaré un poco de agradecimiento; y te pediré que, por favor, al salir cierres con llave y apagues la luz. Olvida todo, olvídame, y sólo así podremos continuar tejiendo la soledad que hemos venido a compartir.

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Y el día pasó arrastrando la mirada por el pavimento y recogiendo toda la mierda, incluso la que uno mismo genera, para después, transportarla a casa sin que apenas pese y desprenderse de ella por cada rincón de los pasillos, para después tropezar con ella un lunes a las siete de la mañana con los ojos entreabiertos percibiendo aún desde el sueño, y caerse redondo al suelo, de donde nunca debió levantarse.

Y el día pasó. Y poco más.

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Tengo el alma y el pincel,
ahora ¿quién me dice qué hago con él?
Ya no me basto por mí misma,
ya no hay pistas, no hay nada
y no me llaman derrotista
por perder sólo una batalla.
No hay eterno sufrimiento,
pero no hay sombra que aparte este complejo
de no saber rimar los días,
de no tener fe en la vida,
que sólo son ecuaciones que no despejo.
Intento ver la luz, pero me mareo.
Siento que no hay medida, no hay libertad
y si la hay, la doy por abatida.


"Es preciso, ante estas ciudades, suspender el juicio hasta un día, hasta que repentinamente -o quizá poco a poco aunque esto apenas es creíble- tome forma una cosa que adivinamos que está presente y que no vemos, hasta que esa sustancia que se arrastra ahora por el suelo se solidifique, hasta que los que ahora ríen tristemente aprendan a mirar cara a cara a un destino mediocre y dejen vacías las construcciones redondas o elípticas de cemento armado para recogerse en la intimidad estrecha de sus casas".

Tiempo de silencio, Luis Martín Santos