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Hablaré de ti, desconocido. Con todas las grapas de mi ser.
Con todas las ansias de flotar por este humo amarillo que inventé.
Colgada de un espesor de donde no puedo caer. Soy del revés.
De noche me entra el hambre de conocer lo que no sé.
De día te arrastro a lo más profundo de mi piel.
Luego te vuelves noche de nuevo y después echo a correr.
No es segura esta distancia.
Me temo que he de desconocerte, desconocido.
El aire aquí no deja de escocer.
He amarrado el barco a la certeza de no volverte a ver.
Sin mares ni planes, ni claros horizontes de papel.
Ellas se apoderan de cada pobre recuerdo. La jovial tristeza. La dura cobardía.
Borré tu amanecer rompiendo mi dibujo.
La cera amarilla se volvió humo, y empezó a oler.

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Vidas que nacen y mueren; vidas que caminan ausentes o presentes, que difuminan pasos de cebra para vivir en gris. Vidas que gastan más de lo que tienen, que se desgastan y no son conscientes. Vidas que miran sin actuar, vidas que actúan sin pensar. Vidas que encuentran y luego pierden, vidas que destruyen otras vidas, que se destruyen a sí mismas. Vidas, allá a donde vayas, que aman y lo proclaman, o que odian y no hacen más que conjurar. Vidas que rebotan en las paredes, se caen y se vuelven a levantar. Vidas, todas valen la pena, la mente luego las perturba. Vidas que necesitas, vidas que te llaman a vivir... Vidas que gritan y estiran sus hilos de vida. Vidas... las que se derriten en las calles, las que observo desde mi ventana. Vidas que tienes en tu vida, a las que quieres ver esbozando una sonrisa...

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No todos hemos merecido el premio de ser felices. Puede que un día, mientras descubres el valor de la luz del sol estando en los bajos de tu alma, te topes conmigo. Te invitaré a pasar, charlaré contigo de la vida y de la gente, te regalaré un poco de agradecimiento; y te pediré que, por favor, al salir cierres con llave y apagues la luz. Olvida todo, olvídame, y sólo así podremos continuar tejiendo la soledad que hemos venido a compartir.

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Y el día pasó arrastrando la mirada por el pavimento y recogiendo toda la mierda, incluso la que uno mismo genera, para después, transportarla a casa sin que apenas pese y desprenderse de ella por cada rincón de los pasillos, para después tropezar con ella un lunes a las siete de la mañana con los ojos entreabiertos percibiendo aún desde el sueño, y caerse redondo al suelo, de donde nunca debió levantarse.

Y el día pasó. Y poco más.

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Tengo el alma y el pincel,
ahora ¿quién me dice qué hago con él?
Ya no me basto por mí misma,
ya no hay pistas, no hay nada
y no me llaman derrotista
por perder sólo una batalla.
No hay eterno sufrimiento,
pero no hay sombra que aparte este complejo
de no saber rimar los días,
de no tener fe en la vida,
que sólo son ecuaciones que no despejo.
Intento ver la luz, pero me mareo.
Siento que no hay medida, no hay libertad
y si la hay, la doy por abatida.


"Es preciso, ante estas ciudades, suspender el juicio hasta un día, hasta que repentinamente -o quizá poco a poco aunque esto apenas es creíble- tome forma una cosa que adivinamos que está presente y que no vemos, hasta que esa sustancia que se arrastra ahora por el suelo se solidifique, hasta que los que ahora ríen tristemente aprendan a mirar cara a cara a un destino mediocre y dejen vacías las construcciones redondas o elípticas de cemento armado para recogerse en la intimidad estrecha de sus casas".

Tiempo de silencio, Luis Martín Santos

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Otra vez esta manía tuya de regocijarte en la trascendencia. Por qué querer llegar un poco más allá del límite, una linea tan fina y leve y, a su vez, tan aplastante y pesada e incluso peligrosamente cercana. Por qué tratar de encaminar tu existencia hacia esa inexorable duda de la veracidad de todo aquello que lates. Por qué esas ganas de adentrarte tú sola en esa cruda niebla que no es capaz de sostener ni una mínima parte del pensamiento que ahora rumias dejando de lado cualquier razón o cualquier halo de realidad y el recelo que todo ello te produce. Y es que no te sirve la tan dura evidencia, lo que se estrella sin remedio y se dirige sin vacilar contra todos y cada uno de tus inestables sentidos, que aún pretendes ahondar más en esta profunda mirada de tristeza que puebla tu alma y todo lo que eres, sin saber siquiera si eres algo o cómo denominarte en cualquier caso. Ansias irracionales de buscar y palpar toda la materia que te envuelve en un sinsentido que otros llaman vida, destino, suerte o azar, desmenuzando las lineas que forma el aire y los chorros de viento que sesgan tu percepción de un mundo que ha perdido para ti todo el misterio que una vez pudo tener. Has partido los esquemas, has tratado de huir de la normalidad y ahora es ella la que te persigue intentando persuadirte de que no eres nadie más, nadie mejor que el resto, nadie que merezca el privilegio de pensar por sí mismo o de sentir algo que no venga en un diccionario, nadie que pueda evadirse y no forme parte de la burbuja. Absolutamente nadie.

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Y ahora que me encuentro a menos de un renglón de comprender el porqué de estos vacíos...

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Hace casi dos décadas me puse en pie porque era lo que se esperaba de mí. Motivos de supervivencia. Puede que también fuera porque mi escaso conocimiento del mundo me permitió intuir que podría verlo mejor desde más alto y, en consecuencia, entenderlo mejor. Debe haber una relación inversamente proporcional entre la altura y el entendimiento porque, tras todas mis vicisitudes personales, siento más ignorancia y menos comprensión que aquella primera vez en que di un paso por mí misma. Ahora el suelo parece agrietarse tras de mí más que el cielo, que ya no me llora encima por miedo, porque he teñido de sórdida una mirada que lleva tiempo perdida y sin sosiego. Años después y yo igual de pequeña, en ciudades de gigantes abatidos por el temporal, idolatrando las verdades de los que se creen sabios y ofreciendo un hombro donde reposar las mentiras de los petulantes. Especulando con su tiempo y mis distancias, he perdido la palabra engrandeciendo los oidos a la escucha ingrata y, no siendo santa ni demonio, he reconstruido mi vida en la observación indiferente de las andaduras de la gente y he aprendido a discriminar aquellos en los que reina la armonía o el mismo caos que han pretendido venderme, bordándome los sentidos, enloqueciendo mi voluntad. Sigo sin entender, pero ya no vuelvo a formar parte de la repugnancia de nadie, de los vicios de los que se restriegan en el espejo, de los que se pudren con falsos besos y muestras de cariño al peso, de vuestras sombras burlescas y deformes. No conseguiré entender, y tan sólo acabaré aumentando el inventario de errores.

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Cautela, señorita. Lo que sientes no es real. Llego a esa conclusión parándome innecesariamente ante el rojo de un semáforo de madrugada. Mi fallo es tratar de encontrar lo que no existe. Creer en las cosas que no son, ni tienen oportunidad de ser. No dejo de preguntarme si el motor de la existencia se halla en la naturaleza de cada uno. Si se decide, o te lo encuentras un día de frente. Si nos limitamos a sentir lo que venga o desechamos a nuestro antojo aquello que no logra convencernos. No me mires mal si algún día me sorprendes pidiéndote un sentido, aunque probablemente no obtendré respuesta alguna. Nadie logra contestar, ni siquiera sin usar las palabras. Prefiero que no usen las palabras, gracias. Pero ya no sé quién besa o abraza de verdad. Sin embargo, he sobrevivido, aunque no le des demasiada importancia. Sigo viva cuando vuestras miradas se alejan, aunque os cueste caer en la cuenta. Una vez me preguntaron y contesté que no. Ya es por manía. Pero es la verdad, hace tiempo que no sé escribir ni me gusta lo que escribo, porque hace tiempo que no sé sentir. Lo que siento no es real. Aun cuando el aire azota todas mis capacidades sensoriales, es sólo un instante, y después desaparece. Todo es efímero, relativo, incandescente. Nada permanece. Alguna despreciable pieza de esta máquina imperfecta no cumple su función y sólo consigo reiniciarme. En lo que hoy puedo creer, mañana habrá desaparecido. Es dificil confiar en uno mismo así. Y no dejo de subir a la superficie a respirar mientras pienso: "quizá sea esta vez", para volver a dejarme caer en manos de las mareas. No pasa nada, no es real. No le des tanta importancia. Un poco de calma...

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La gravedad me ha caído en el pie, y yo he caído en picado.

"Nada parece que haya cambiado. Fuera de las sombras irreales de la noche regresa la vida real que habíamos conocido. Tenemos que volver a tomarla desde donde la habíamos dejado y se apodera de nosotros un sentimiento horrible de necesidad de que continúe la energía en el mismo círculo de costumbres estereotipadas y aburridas, o quizá un anhelo salvaje de que nuestros párpados se abran alguna mañana en un mundo que hubiera sido remodelado de nuevo en la oscuridad para placer nuestro, un mundo en el que las cosas tuvieran formas y colores nuevos, y cambiado y con otros secretos, un mundo en el que el pasado rendría un lugar muy pequeño o ninguno, o sobreviviera de todos modos en una forma inconsciente de obligación o arrepentimiento, ya que hasta la rememoración de la alegría tiene su amargura y los recuerdos del placer tienen sus penas".

El retrato de Dorian Gray - Oscar Wilde

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Siete campanadas quiebran el silencio. Ya las había escuchado antes, las mismas, solo que parecía que había pasado demasiado tiempo. Eran las mismas que me devolvían a casa las largas tardes de colegio, mientras pasaban las horas y el paisaje gris y rojizo de los ladrillos al otro lado del aula, significaba libertad. Pero ahora, no sé si afortunadamente, me encuentro en otro lugar. Una primera planta de otro edificio, una habitación rectangular vacía, iluminada por unos pequeños focos en el techo y lo que queda de la luz del día irrumpiendo por una ventana detras de mí. Hay diez sillas de color amarillo pálido que llenan la estancia y yo ocupo una de ellas, la que está frente a la puerta. Desde ahí diviso otra en la que se lee un cartel de "Privado". Las paredes están pintadas de un color azul pastel, lo que me evoca inevitablemente a los juguetes de los bebés. Si tengo que esperar, no me importa hacerlo aquí. Hay algo en este lugar y en este silencio que me hace sentir cómoda.
Las paredes están colmadas de cuadros, los hay de varios estilos y temáticas, pero mi atención repara sólo en uno. Se encuentra a mi izquierda y está compuesto de tres partes: un cielo oscuro que anuncia tormenta contrastando con una Torre de Pisa lejana; un campo de espigas y, por último, en la mitad del cuadro hay un primer plano del rostro de una mujer cuya mitad izquierda se encuentra difuminada hasta que el marco establece el límite. Es una composición extrañamente familiar, no tanto por el paisaje como por los signos de falta de identidad expresados en el rostro de esa desconocida, probablemente inexistente, mujer de pintura. Quizás ella también se encuentra perdida. O ve su destino torcido como la torre que vela tras de sí. Me pregunto a cuántas personas habrá visto en esta sala, personas como yo que se la quedan mirando mientras el tiempo pasa, despacio pero paciente, lento pero sosegado. Me pregunto si ella también se encuentra esperando a que ocurra algo, así, como yo lo hago.

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No quiso ser menos, no pudo ser más,
ni supo qué esperar sentada frente al mar.
Y cuando no hubo mar se puso a volar,
jugando a quererse en cualquier parte,
jurando no regresar.

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Ya soy asíntota (sin llegar jamás a tocarte por más que me acerque).
Puedo arañar tu pared y morirme de placer.
O acabar quemándome las yemas de los pies.
No necesito saber el resultado.
Me retumbas por todas las cavidades de la piel.
No sé olvidarme de los detalles.
Tampoco soy quién para querer ir a buscarte.

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Me conozco este suelo como la palma de mi mano. Me sé de memoria estos cielos que para mí ya llueven gris. He recorrido cientos de veces las aceras que no llevan a ningún lado, y mucho menos a casa, cuando es lo que más necesitas.

Miles de fachadas han sido testigos de lo mejor y lo peor de mí. He querido, odiado, gritado, besado, llorado... He perdido y he ganado, he caido y vuelto a caer... He vivido siempre aquí, entre paredes que nunca duermen y farolas que no se encienden si no saber volver.

Pero como dijo alguien grande... cada ciudad puede ser otra. Tan diferente como perspectivas, como seres humanos que la habitan. Si pisas estas baldosas a mi lado, no siento lo que una vez sentí. Todos los colores que pueda haber, quiero que me los enseñes sin darte prisa, sin soltarme la mano.

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Take me back to the start...

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Los sueños ya no me hacen tanta falta como una dosis de realidad en el momento clave, que es aquí, y es ahora...

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No paran de hablar, sólo se escuchan sus voces resonando en las fachadas, y no dicen nada. Pero igualmente se quedan sordos y llenan de orgullo sus vacíos creyéndose lo que sueltan por la boca. Hablar por hablar, pues les aterra lo que el silencio tenga que decirles. Dicen barbaridades sobre lo que no conocen, critican por el mero hecho de sentirse mejor consigo mismos, pero esto no refleja más que sus propias inseguridades. No miran más allá de sus propios puntos de vista, buscan a otros de su misma calaña para oir de ellos lo que quieren y así sonreir satisfechos, pues de este modo creen que dormirán tranquilos. Y lo harán, y se levantarán con ganas de seguir vomitando lo primero que se les pase por la cabeza con tal de ir quedando bien con aquellos con los que se irán cruzando por la vida, mientras que a otros nos irán pudriendo los tímpanos con tanta palabrería con la que me resulta raro que no se hayan atragantado ya.

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No hay ápice de tiempo en esta noche que me impida amanecer despierta. Tampoco hay luna, nunca antes hubo.
Ante mí yacen mis pensamientos condensados en batallas que estallaron en mi frente, que me hierve... y esbozo una sonrisa de derrota.
Mis disculpas por no saber bailarte las palabras, y por las obvias inexperiencias de mis acentos. Nunca pensé que te escribiría tan pronto, ni tan torpe, pero me sorprendo aquí y no me avergüenzo. Todo parece nítido cuando miro a través del visor...
No quiero que te detengas en las tapas de este cuento, el cuento en el que nadie supo ahondar. He pulido mi coraza con esmero durante este tiempo y sé que tengo algo dentro, puede que escondido, pero tengo algo que dar.
Nunca creí que el amor de nadie pudiera salvarme, y ahora tampoco. Pero quizá amor sea lo que necesite.


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Saltó sobre cientos de lunas para llegar a alguna parte,
para ver su reflejo ahogarse en la inmensidad oceánica
y aprender a echar de menos las soledades de su vida.
Guiñó cada segundo mientras escapaba,
la tierra fue el cómplice y el cielo su manto fúnebre.
Notó la humedad de los pies escurrirse desde su corazón,
y el silencio comenzó a gruñir en forma de marea,
y se deshizo en lágrimas, sus horizontes se durmieron,
y sus sueños se perdieron en la arena...

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Noches de verano de matiz grisáceo, sin caducidad, sin enchufe, para quemarse sin sol...
...y odiarse los amaneceres, las tardes y quererse barata las noches, acompañada.
...y desandarse la vida, añorando estar allí sin estar del todo aquí, perdiendo la cabeza.
...y prendiendo las farolas de bandas sonoras y, en algún escondite, echar de menos lo que nunca tuvo del todo.
...y no ser perseguida más por una estrella, y ver toda capacidad de soñar morirse como se morían las olas al romperse en sus pies, no hace tanto...

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Ocho horas en un autobús con destino a alguna parte, sea ida o sea vuelta, dan para mucho... Ocho horas contigo mismo, tan cercano a otras tantas personas que se dirigen al mismo sitio, y tan ausente. Tan abstraido de todo. Lo necesitabas...
Pensar como si el tiempo se hubiera congelado y sólo corriera acelerado en la ventanilla, mientras los ojos buscan inconscientemente algún lugar que merezca la pena donde matar una mirada.
Viajar te hace pensar en lo que dejas, y a dónde te diriges. A qué le das la espalda: a lo que tienes o a lo que quieres... y qué añorarás más. O a quién echarás más de menos: a los que te despiden o a los que te reciben. Y darte cuenta de la importancia que eso tiene. Que haya alguien.