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Supongo que las obsesiones no te salvan, por muy buenas que sean. Debíamos haber supuesto que las nubes no iban a encontrar en nosotros aquello que estaba haciendo herida y, ni por asomo, sacarlo de dentro. Tampoco las personas que dicen que lo entienden consiguen hacer que nos sintamos menos solos. Probablemente tampoco los lienzos, las acuarelas, las canciones o las fotos. Perdimos el tiempo, por decirlo de alguna manera, proyectando hacia fuera los problemas y sus respectivas soluciones, cuando hay que atacar el epicentro. Fuimos, de algún modo, moldeando el contexto para hacerlo más cómodo entre nosotros y lo que pinchaba (y dolía, mucho) evitando encararnos con 'eso'. 'Eso' que puede acabar contigo de la manera más sutil por lo subestimado que es. Pero si no lo eliminas, se alimenta de ti. De tus defensas y ganas de vivir. Y es que es más fácil posponer los miedos y dejarlos para luego, por si luego igual tenemos más recursos que ahora... por si luego se han hecho más débiles. Porque nunca reconociste que la débil eras tú, que no podías pelear sola, que estabas huyendo de lo que pasaba, que no tenías ganas de cambiar.

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Y ahora sí, digo basta. Creo que sabes cómo me siento; imagino has querido decirlo tú en demasiadas ocasiones pero nunca reuniste el valor para hablar un poco más alto que los demás. En el fondo nos parecemos un poco tú y yo aunque no lo reconoceremos nunca en alta voz.

Sé que muy mal debes de estar como para haber explotado a estas alturas cuando normalmente hubieras tragado. Pero ahora te encuentras en ese "hasta no poder más" que te deja colgando mirando tu propia vida desde arriba o desde abajo (¿se llama vértigo si se provoca mirando desde abajo?), que es una manera de sentir diferente que no sabes cómo tomarte (y ni siquiera sabes si podrás acostumbrarte), que es una forma distinta de echar de menos lo que tenías, que simplemente las cosas han ido así para bien o para mal y no hay más.

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Sé que puedo encontrar la solución si pienso un par de veces el problema. Sé que me perderé ciento siete veces antes de dar con el paso que me conduzca al lugar adecuado porque, aunque no está tan cerca ni tan remotamente lejos como parece desde mis respiraciones, creo que tengo la manía de posponer las cosas que tienen el poder del cambio, de lo temporalmente estable, de lo que suponga el fin de la transición. Es tan cómodo flotar entre dos estados de ánimo y disfrutarlo sin el miedo a hundirte o estar hundida, sin más. De todas formas no existe el lugar adecuado. Tengo la certeza de que al llegar siempre prefiero cualquier otro, sea el conocido o el que quede una esquina más allá. Más bien se trata de la sensación de familiaridad o la incertidumbre de ver qué hay detrás de las puertas blindadas que llenan de pequeñas fronteras las grandes ciudades impersonales, las que nunca se apagan y nunca te permiten descanso. Me delato cuando hablo salvo cuando cuando no estáis pendientes de lo que hago, cuando no sóis una amenaza para mí, cuando me da igual que existáis en un mundo colindante. A veces siento repugnancia. Porque nunca me da igual nada, la verdad. Solo que a veces me veo cayendo en la trampa de ser, decir o hacer lo que otros esperan que sea, diga o haga. Qué más da ser tú mismo cuando las personas escuchan lo que quieren escuchar, de qué sirve un momento de felicidad si esa felicidad no es completamente sana. ¿Quién querría acaso ir llenando su vaso de instantes de placer prefabricado? O es que igual estamos destinados a ello o no damos para más. A hablar por hablar en habitaciones cargadas de humo donde a nadie realmente le gusta como sabe eso de fumar, a buscar soluciones entre frases de bestsellers con fórmulas revolucionarias para conmoverte, a pensar sobre lo que otros han pensado antes haciéndonos creer que tenemos mentes originales. Qué asco de vidas gratuitas. ¿Qué solución hay para los inconformistas?

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Guardé todo esto, toda mi vida, conmigo. Y llegué aquí de nuevo, como si no hubiera pasado el tiempo, por si volvía a haber alguien que tuviera ojos que supieran leer, de todo menos palabras. Conseguí reconocerme, a pesar de las nuevas grietas de mi cuerpo. Era aquel ser que elevaba cada sentimiento al cubo, acabando en asimétricos lugares de mi tiempo. Y creía que era feliz y desgraciada cuando vomitaba todo aquello en papeles que entendían, congelando mi vida dentro de tinta negra perenne, sabiendo que podría romperse si en algún momento temblaba y se caía. Todo aquello que me hizo sentir ya se ha ido, se fue cuando debió marcharse, cuando tocaba aprender. Sin embargo, los recuerdos quedan y las palabras siguen ahí. Y no he avanzado nada desde entonces porque he vuelto al punto en el que empiezo a escribir porque cobra sentido, sabiendo que dentro de un tiempo todo habrá cambiado y sólo me quedará el recuerdo y cuatro párrafos que me lleven a un lugar que no sé si querré volver a visitar. Como si todo fuera un absurdo, una mentira, un chiste malo. Como si me sintiera mal volver a revivir lo bueno que viví, lo mal que lo pasé, lo que llegué a pensar de ti o lo que me hiciste sentir.

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Igual es momento de cambiar. De dejar de huir. De empezar a hablarme desde la verdad y dejar de convencerme de que todo va bien así. Porque no va bien, de hecho va fatal. Tan mal que ya no puedo más.

"Encontraré el camino, no me rendiré", me escribió un buen amigo. Y sé que el día que no me haga llorar esa frase será el día que lo haya encontrado. El día en que haya dejado de preguntarme: "¿Y todo esto para qué?".

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Eres la grapa que me muerde con ganas, la palabra que se agarra y no se suelta, las letras que arañan el alma, la imagen de eterno retorno, los deseos satisfechos a medias, el acorde que se repite, el orgullo herido a escondidas, las manos tras la espalda, el pinchazo que ya no hace sangrar, las cosas que se dicen por lo bajo, el miedo de hablar (y de quedarse con las ganas), la cabeza en ebullición constante y los pasos hasta que no se pueda andar más.

(...)
- ¿Y cómo me ves tú a mí?
- Como un misterio.
- Ése es el cumplido más raro que me han hecho nunca.
- No es un cumplido. Es una amenaza.
- ¿Y eso?
- Los misterios hay que resolverlos, averiguar qué esconden.
- A lo mejor te decepcionas al ver lo que hay dentro.
- A lo mejor me sorprendo. Y tú también.

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Que a qué vengo... pues a encontrar algo, supongo. Por si se da una de esas casualidades de la vida y lo que trato de buscar se encuentra aquí, y no allí, en cualquier lugar. Porque si no está aquí me da lo mismo dónde esté, el caso es que sigue lejos... o tan cerca. Cerca como estuviste tú de mí, tan lejos a pesar de estar a mi lado. Eso es a lo que vengo... Saber hasta dónde puedo echar de menos todo lo que no tengo, todo lo que nunca he llegado a ver, todo lo que ni siquiera he acariciado. Aquí es cuando entiendo que no se deben comparar los recuerdos, ni aferrarse a uno en concreto. Sobre todo cuando apenas es real. Eso te impide disfrutar del resto de acontecimientos de la vida. Con las personas pasa algo parecido que a mí siempre se me olvida. Pero no he venido a quejarme, eso lo dejo para después. Tan sólo esperaba hallar un motivo, una razón, un argumento por inválido que sea de que la búsqueda no será en vano.
¿Sabes lo que pasa? Que uno se acostumbra a las cosas buenas. Lo peor de todo es que uno también se acostumbra a sentir dolor. Y tampoco importa si el dolor aumenta. Acabas por no notarlo, aunque el daño deje su huella de todas maneras. Pero ya no te quejas como antes, no lo exteriorizas tanto aunque ha de salir por algún lado y con toda la certeza del mundo lo hará, por supuesto que saldrá y de la peor manera. Te convences de que se pasará pero en realidad te preguntas si esto será para siempre, si pasarán veinte años más y seguirás sin avanzar ni un paso, sin motivaciones, sin valor, cada vez mejor sola para no sentirte peor. Después te llueven voces que te dicen que te entienden, pero realmente nadie tiene ni idea. Hay momentos en los que realmente no se ven salidas.

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Ayer un tren partió dejando atrás el calor húmedo de Barcelona con destino a la sequedad madrileña. En el vagón abundaban los hombres vestidos de traje y una actitud de viaje por pura rutina, obviando durante las tres horas cualquier fenómeno que el paisaje pueda ofrecer a través de la ventanilla.
A veces tengo la absurda manía de creer que soy la única a la que le suceden cosas malas. Creo que ya no me ocurre. Ahora sólo quiero que dejen de pasar esas cosas. 'Quiero' lo digo y lo siento dentro bien grande y en mayúscula, muy alto, muy fuerte. Quiero volver a Barcelona.
Ayer cogí el único tren que es capaz de atraparme y llevarme bajo tierra a la misma velocidad con que se mueve en horizontal. Casi 300 kilómetros por hora de echar de menos y alguno más de deseos de dejarlo todo y continuar en dirección contraria.
Madrid no me sienta bien, aquí no quiero estar sola por miedo a sentirme sola. Allí no me pasa. Y estoy cansada de ser una persona triste.
Mis días no se volvieron pesadillas. Fueron mis pensamientos el refugio de las mismas. Fue lo que llegué a sentir. Un descenso que nadie contempló, una caída que ninguna persona impidió. Sólo quise llegar a tiempo. Odiaba sentir que podría suceder, cuando piensas que puede ser la última vez que digas 'la última vez que hago esto o digo lo otro'. Hay peores cárceles que las palabras (leí una vez). Y no pude evitarlo... no llegar a tiempo. Sentir que no.

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Debería empezar por arreglar los desperfectos que siempre tuve la certeza de tener. Creo que no soy imparcial aunque, por otro lado, no creo que nadie pueda serlo… yo por exceso, otros por defecto. No sé en qué momento dejé de conocerme para empezar a tirar piedras sobre mi cama, conmigo encima, tumbada, mirando nada y dejando el tiempo correr… hasta reunir las ganas de retomar las cosas donde las dejé. Siempre se me dio tan bien ponerme en huelga contra mí o contra el mundo…

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"Hola, desconocido", pienso durante el segundo que te miro. Me pregunto cuánto tiempo llevas esperando aquí sentado. Me pregunto cuánto tiempo esperaré yo, a tu lado. Las paradas de la linea 77 se convierten en refugios para solitarios. Todos nos hablamos entre nosotros, pero nadie dice nada porque nadie se atreve a destaparse ante un desconocido.


Pero no somos desconocidos. Llevamos exactamente 7 minutos y 12 segundos compartiendo el aire y viendo los mismos coches pasar, con la cabeza ladeada a la izquierda para ver quien salta primero al divisar el bus de lejos. Hemos coincidido en esta coordenada espacio/tiempo, una única vez en nuestra vida, y vamos a dejarlo pasar. Y me pregunto cómo será tu vida, a dónde vas ahora que anochece. Me pregunto si te despediste de alguien y vuelves, o si vas porque alguien te espera. Quizás ambas, quien sabe. Yo no lo sabré. En este instante no se me ocurre afirmación más real que esa.


Te diría tantas cosas... te diría que levantaras la vista y mirases los tonos del cielo ahora que el sol se pone tarde y lento. Te pondría la canción que escucho en este momento porque es de esas canciones que pondrías a miles de Hertzios, demasiado buena como para que alguien se la pierda. Siempre he pensado estas cosas cuando me cruzo con alguien y sé que será la primera y la última vez... y me resulta normal porque estoy acostumbrada pero no puedo evitar pensar que es algo triste.


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Enciende un ojo y levántate. Sube la persiana de la derecha, ahora la de la izquierda. Oye el microondas del vecino. Ve al baño, desnúdate, métete en la ducha y haz que duermes bajo el agua. Doce minutos, ni uno menos. Arréglate como puedas el pelo, vístete. Abre la nevera, coge el yogurt de arriba a la izquierda. No te sientes. Cepíllate los dientes, arriba, abajo, ras, ras y repite. Coge la mochila y vete. Saluda, da los buenos días al portero, última mirada al espejo y a la calle. Ponte los cascos, frunce el ceño por el sol y camina, camina... paso de cebra, corre. Camina, La Farola no gracias, gira la esquina. Avanza, avanza, la cola del bus es larga, sigue caminando recto. Huele a desayuno, café. Los porteros barren los portales. Cinco minutos, pasa el bus. Maldiga, señorita. Anda, paso a paso, mira a la gente, caras de sueño y cabreo, te suena éste... y éste también (¿a dónde irán?). El quiosco se acaba de abrir, el frutero te dice 'hola'. Llegas tarde, vamos, venga, acelera. No pienses. Mira el reloj, sube la música. Joder, por qué siempre corriendo, por qué tanta prisa. Si cuando llegues querrás volverte a ir.

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Esta es la historia que nunca se termina...


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Las cosas que pensamos por sí solas no tienen sentido alguno. Las mías por un lado y las tuyas por el suyo. Necesitan un contexto donde puedan dejar de ser simples palabras flotantes para ser significado, necesitan un lugar donde poder ser libres.

Pero estas cosas que pensamos no existen porque no existimos por nosotros mismos, con el mundo aparte. Estás tú por tu lado, y yo por el mío, como las cosas que decimos y no escuchamos, porque no compartimos ningún lugar ni podemos ser libres y somos dos cuerpos flotantes en caminos paralelos pero en direcciones opuestas.

Entonces parece ser que no existimos. Se me han roto los pensamientos...

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La gente que quiere escuchar verdades se tapa un oído por si así se amortigua el sonido. Tú las quisiste y pudiste escuchar miles saliendo de mis labios, de mis manos, de mis ojos.

Te dije que nunca había dejado de mirar. Te dije que seguía buscando debajo del sofá el momento en que (te) perdí. Te dije que seguía creyendo en los domingos nublados tirada en cualquier lado. Te dije que la lluvia llegó tarde en la noche pero me hice inmune al frío. Te dije que deshice cada uno de los pasos para no seguirte más cuando me sintiera sola. Te dije que ya te había dicho que esto acabaría así. Te dije que todo estaba bien y no miraste atrás.

Quizá porque habías dejado de escucharme mucho antes.

A dónde vas...

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Y si en este caso, justo en este momento, hubiera que construir puentes entre las palabras, aunque fuera de una manera insospechada, como con una cuchara, no sé si estaría más lejos del absurdo o se me atragantaría la sopa de letras.
Si, en cambio, me veo obligada a destruirlos, quemaría todo lo que he escrito hasta ahora sin mirar junto con las yemas de mis dedos, para no agarrarme a nada más.
No quiero tener que leer en otros libros cómo llegar, no quiero resultados en la página de atrás para incógnitas imposibles pero no puedo dejar este problema a medias y hace un mes que dejé de pensar.

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Would you die for me? If I say please?
Would you sacrifice?
Would you call my name?
There's no other way out to live with it
I will knock on you door every night to beg you
I will write your name on the wall everyday
To show you the way.
I'll never kill you
I'll tell you
I'll tell you to
I'll tell you how
I'll tell you how to do.
On the second day, I'll bring you flowers.
Cause you're more beautiful than any woman I've sean
And the small of the rose will be the last thing
You'll recall when you will be dead
So read you name.
Just one please
My hand, your blood.


[ENORMES]

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Ando sumergida en burbujas de oxígeno que llaman realidad, tratando de encontrar y con pretensiones de delimitar la relatividad. Quizá incluso, si alcanzo mi objetivo, esconderla en la mano izquierda tras la espalda.
No tacho de mentirosos a aquellos que me han hecho creer que los horizontes eran infinitos y que las nubes desaparecerían, pero esas personas que han dejado de plantearse ciertas cosas mirando al cielo insisten desesperados contra mi terca voluntad en que ese punto que mi ojo capta al fondo es hasta donde puedo llegar y la evidencia contraataca haciendo que las nubes de tormenta siempre vuelvan, siempre.
No se sabe bien por qué, ni está claro cuándo o cómo, acaba apareciendo dentro de toda esta ebullición de relatividad un halo de claridad. Por razones insospechadas, el corazón decide por sí mismo y emprende su camino tras algo, una búsqueda que queda suspendida entre dos puntos borrosos y difuminados. Si éstas razones no se comparten, el corazón se aflige pero no se rinde, porque ha fijado un punto en el infinito. Incluso con nubes de tormenta.
En mi búsqueda, por el momento tan sólo encontré que la relatividad es relativa. Que no siempre es susceptible de ser planteada, porque en ocasiones es brutalmente aplastada por otras evidencias, que no son relativas y, por tanto, deberían ser el motor de nuestra propia búsqueda de horizontes nuevos que no sean tachados de inexplorables por aquellos que se han cansado de soñar.