Para recordarse


Nadie es imprescindible. Y menos los que te consideran prescindible.


No te sientas mal por haber hecho lo que pudiste, aun no cumpliendo tus expectativas.


La razón la mantiene quien puede, no quien quiere.


Tener un perro en tu vida es lo más maravilloso del mundo. Achúchalo todo lo que puedas.


Ventila tu vida, que entre el aire, respira y no te asfixies.


Doler va a doler siempre, hay que asumirlo. Se aprende a vivir con eso.


Deja.de.compararte.


Cuídate mucho, al final del día únicamente te tienes a ti, a solas con todo tu universo.


Cuida de igual forma a las personas que te quieren, se han ido perdiendo varias por el camino, pero las que permanecen son oro.


Deja de mirar los pomos de las puertas. Hay vida más allá. 


Pero sigue mirando al cielo, a las nubes, las estrellas, porque ahí es donde te vas a reencontrar.


Las cosas más importantes se rompen sin emitir sonido. Nos pasa a todos. Escucha.


La luz que entra por la ventana a media tarde es terapéutica. Aprecia cada momento por lo que es.


Sigue escribiendo, no importa sobre qué ni si lo haces bien. Lo que se queda dentro se pudre.


Si empiezas un proyecto, acábalo. Demasiados frentes abiertos te saturan la cabeza. Productividad. Paso a paso.


Aprende a cuidar tu cuerpo, trabajas con él. Aprende a querer tu mente y aprende a saber llevarla, es más bonita de lo que te piensas.


Vuelve a aquello que te ha hecho feliz. Lo más simple suele estar delante de tus narices. 


Lo que te dices a ti misma mueve tu mundo. No hay que castigarse tanto.


No vuelvas a dar consejos hasta que interiorices algo de esta lista. Hay mucho dementor suelto.


Nacer. Música. Morir.


La motivación intrínseca, recupérala.


… 


Hablamos del abismo pero, ¿cuántos caben dentro de uno mismo? Todos tienen nombre propio y pasamos el tiempo descifrándolos y evitándolos sin motivo, pues saben de igual forma el nuestro. Si todos tenemos un abismo anclado, ¿cómo es que cuesta tanto hablar de él? ¿Es menos pesado si compartimos su carga? ¿Se funden, si los juntas, en uno más grande y pesado? ¿Acaso hay que evitar siempre estar al borde de la nada? ¿No hay también pájaros que rompen a volar sin saber si caerán? Sin ser conscientes de que hay una espesura que les arrastra, cierta gravedad. ¿Será también necesario conocer el abrazo del abismo para encendernos, proyectarnos o ser, al fin y al cabo, algo más? Entonces pasa irremediablemente el tiempo y saltamos de uno a otro, los coleccionamos, pero, ¿qué es lo que se va quedando por el camino? No somos los mismos de siempre. No deberíamos. Todo es inestable, frágil. Todo es cambio. Me hablas de tu carga, me alivias con la mía, y viceversa. Así es la danza de este siglo. Conversar sobre una inmensidad desconocida, elucubrar sobre las razones por las que estamos tan resquebrajados y nos hallamos donde estamos. Aquí vinimos solos pero siempre nos terminamos encontrando y, en algún plano, creo que lo logramos entender. Y así, sin más, sin gustarnos del todo las respuestas, también nos separamos. Cada uno con lo suyo. Con su penumbra en la pupila, de regreso a lo ordinario donde ya no nos cruzamos. Y, si hay abismo, no lo mencionamos aun siendo éste necesario, a pesar de ser algo cotidiano. Entonces pasará, recordaremos que nos sonreímos, que dijimos menos de lo que debimos, que negamos las heridas, obviamos las preguntas, la inquietud latente y así comienza el círculo otra vez. ¿Hasta dónde dejaremos que nos vean? ¿Cuántos tipos de abismo hemos cultivado? ¿Cuántos abismos hay entre nosotros que nos impiden mirarnos a los ojos? ¿Seremos abismos para otros?








Como una hoja de monstera.


Está tumbada sobre la alfombra. A veces lo hace sobre el suelo, es la mejor posición cuando necesitas tomar un respiro, según ella. Meditar, darle vueltas a un tema, dejarse llevar o caer en la ensoñación. Eso es, siempre lo hace cuando quiere escapar. Pero no es el caso. 

Está así porque su cuerpo ya no es lo que era. Es inevitable. Cuando tu trabajo es físico y, sin querer, caes en el agotamiento, algo se resiente. Todo va lento, muy lento. No sólo la recuperación, sino la vida desde ahí. Desde ese punto estratégico del salón, sobre la textura rugosa de una de las alfombras más baratas de Ikea. De fondo, el vecindario. 

Es un domingo lluvioso de diciembre. El típico cliché de película. Pero ella no se dedica a su familia, ni se acurruca bajo la manta o se calienta las manos con una buena taza de chocolate bajo la vorágine navideña. Se está recuperando y sus ejercicios exigen que esté así, tendida, concentrada, escuchando los errores del vecino del tercero que ahora toca una de sus canciones preferidas de La La Land al piano. Tiene gracia. 

Su mirada se centra en la planta que se eleva sobre su cabeza. No deja de comprarlas sin ser ella la mejor cuidadora. Aún así, sobreviven. Observarla desde ese plano contrapicado es verla con otros ojos. A pesar de no haberle dado todo el amor, el agua o el sol que merecía, los tallos han crecido y hay varios nuevos, abriéndose paso, y desde donde ella está mirando parece que tocan el techo. La hoja de monstera nace entera, es cuando madura que se va rasgando y se crean los surcos. No hay una igual, a cada una le cuesta lo que el tiempo considere. Ella sonríe porque son todas perfectas, con o sin pliegues, con sus motas marrones. Las ve crecer. Adaptarse a las condiciones que, en este caso, ella proporciona. Evolucionan a su ritmo con los recursos que tienen, como el chico del piano cada tarde de domingo. Como espera hacerlo ella. Hay que ser constante, se dice. Se obliga, en cierto modo, porque sabe que es un desastre. La planta también lo sabe. Todo debería ser más simple. 

Está tan cerca del suelo que cuando logra volver en sí siente la rigidez causada por el frío. Ojalá esa manta, el calor, la taza de chocolate. El piano sigue sonando de fondo pero ya no reconoce la melodía. Ella se incorpora y empieza a desnudarse, camino de una reconfortante ducha. Fuera sigue lloviendo y los charcos ya son profundos. Dentro, un nuevo brote empieza a crecer, tan pequeño que aún apenas se percibe. 

Y ya es octubre 

con su peso planetario



Y ese olor a castañas 

a canela y horno 

a hojas ardiendo 

bailando por última vez 

nublando el suelo 

enterrando la espera

y esa pena perenne 

que oculta el cielo 

y mi vida 

y ya no es más otoño

ni hay calidez

y ya no huele a hogar.


Con octubre ya no sé

me inmoviliza 

y vacía me contempla

esta oscuridad 

me comprime las entrañas 

muerta de miedo me agarro 

a donde sea 

y me arrastro 

a lo que sea

y enmudezco y sin querer 

revivo la noche en la que todo

se detuvo.



Octubre y ya son quince

meses que me ahogan 

y una sola la tristeza

la culpa

de no poder volver

de buscarte en algún mundo

de no ser 

de no saber qué te ilusiona

y ansiar 

pero no poder

llegar.


Si empezamos por dónde debimos comenzar, jamás llegaríamos a ningún lado. Si pudiera lanzar un deseo al universo podría ser el de volver a vernos en el mundo en que no nos separamos. Y ya no tener que ir a buscarte nunca más. Pero qué tendría eso de romántico. Acaso sería poético el tenerte sin pasar una vida entera persiguiendo eso que no fuimos. El recuerdo de tu mano en la mía deambulando por una calle cualquiera en la que solía tararear canciones totalmente desprovista de vergüenza o barreras. Pretendiendo ser felices. Sin saber que la vida era otra cosa en la que uno realmente se enamora de la nostalgia.

Son cerca de las ocho en algún lugar del mundo y yo, sentada en la cama, con una pila de ropa por ordenar a mi lado elijo ser totalmente improductiva lo cual no es muy maduro por mi parte. No sé si serlo implica planear lo que vas a comer esta semana o limpiar los sábados por la mañana. Hay una parte de mí que no creo que vaya a crecer nunca. Considero que es indispensable que esto pase para seguir abrazando la ilusión de esa forma que ya no se ve en la mirada de nuestros padres. Qué tristeza pensarlo, me da pánico crecer. Todo lo que puedo perderme si dejo de mirar al cielo. Hoy es una tarde de esas que huele a lluvia y tengo miedo. A veces me siento como una proyección de mí misma. Lejos, como si alguien quisiera agarrarme de la mano y yo no siento nada más que aire flotando. Creo que todo es mejor cuando no esperas nada. ¿Cómo será lo que sienten los demás sobre sí mismos? Me pregunto si también sufren insomnio. Si todos los ruidos del mundo los pueden escuchar en las horas en las que sólo debería haber sueños. Dime si a ti también te gusta el helado de menta y chocolate, o qué sientes tú al soñar.
Es inevitable sentirse algo indefenso. Unos aprenden y supongo que otros tratamos de no ahogarnos. Es una lucha constante en la que hubiera deseado ser otra persona, tener otras habilidades, estar hecha de otra pasta. Ya me lo dijeron una vez. Pero está bien.Todo lo que pasa te empuja hacia experiencias que tienes que vivir, dicen. Me aburren los tópicos y estoy tan cansada de las palabras. Hastiada por el tiempo, por el cambio. Es terrible sentir pena por lo que no serás o por lo que fuiste. Por lo que no puedes controlar pero, al fin y al cabo, se ha vuelto parte de tu esencia. Ellos lo etiquetan, lo llaman ansiedad, lo curan con pastillas. Esto es mucho más. Está aquí, salpicándolo todo. Lo siento dentro, como se siente que un órgano no acaba de funcionar bien, enfermo de algo que no se puede expresar con palabras porque parece un dolor de otra vida, que viene de antes incluso de haber empezado a andar. Será eso posible, será eso entonces una respuesta, un alivio para el día, una forma de seguir tirando por inercia. Será acaso lo que me dijeron una vez, que no estaba hecha para el mundo y yo he construido sobre eso. O es que es mucho tiempo cerca de Vilariño o de Pizarnik que ya no sé dónde está mi voz. Es inevitable sentirse absurdo ciertos momentos del día y recurrir a la escritura sin saber bien qué decir. Como esos tiempos en los que trataba de no ahogarme.
¿Hola?
¿Me lees?
No sé si queda alguien por aquí. Hace tiempo que le doy vueltas a algo que escuché en la radio, algo parecido a esto: "Escribo porque pienso que me lees". Hace mucho tiempo que siento que lo que escribo no te llega. Apenas lo hago. En mi cabeza es más fácil. Se pierde entre cientos de pensamientos irrelevantes, culpables y marchitos la mayor parte del tiempo. Y no tengo que asumir la realidad de lo que siento o esa nostalgia que me enferma.
"Leo porque pienso que me escribes" era la otra parte. Hubo un tiempo en que fue así. Quién no lo hubiera deseado, acaso. Soñar con ser visto.
Yo escribo, sobre el papel negro de mi cuarto, insomne y perdida, más madura. Escribo entre lo ordinario, en los transbordos. En cada canción que salto. Pero nunca escribo, porque escribir me duele. Te lo dije una vez, si me lees.
En noviembre toca olvidar,

o ser olvidado.
.
A veces volver no quiere decir quedarse, ni estar aquí es estar presente. Sueño con otros lugares, en los que el mar tenga un tono azul raro, bajo las nubes. O que yo me sienta rara, pero bien; no rara, pero en casa. Otra vez.
Empecé a escribir hace muchos años, muy temprano. Era una edad en la que mis compañeros robaban cigarrillos y bebían a escondidas los fines de semana. Quizá hacer como ellos me hubiera vuelto algo más popular, pero supongo que hay personas que no lo llevan dentro. Con el tiempo aprendí a sentirme algo más cómoda siendo fiel a mí misma.
He acumulado cientos de escritos, la mayoría en un lugar que muy pocos conocen y algunos otros que jamás verán la luz. No todos eran precisamente alegres, y tener esta afición a los 15 años sirvió para que varias de las que se decían "mis amigas" insinuasen que, si no era feliz, había otro lugar al que podía ir, antes que vivir sufriendo. Con mi corta vida, sin haber sido culpable más que de sacar lo que llevaba dentro, recibí la primera lección que iba a aprender de cómo es la vida y de cómo puede ser la gente. Por supuesto, se me vino parte de mi mundo encima y me sentí tan diferente que por un momento deseaba empezar de nuevo, deseaba ser otra persona porque, desde luego, hubiera sido mucho más fácil.
A día de hoy y viendo todo lo que he visto creo que las cosas no son mucho más diferentes. Mostrarse uno mismo tal y como es, es un riesgo. Desde fuera, una persona desde el sesgo de su propia experiencia o bien sin tener ni idea, califica como cualidades o defectos algunos hechos que, simplemente, son hechos, ajenos de cualquier opinión mediocre. En este mundo todos tienen una, se vomitan las palabras sin pensarlas. Se asume que las personas conviven con nosotros en cierto espacio y tiempo en una habitación, pero ¿qué pasa con intentar conocerlas? Es demasiado trabajo. Y olvídate, si eres una persona algo más introvertida. No merece la pena el esfuerzo. Sobre todo si eres la de los escritos, sueños, reflexiones y autores desconocidos.
Es entonces cuando la niña de los 15 años vuelve y te lanza una mirada que de sobra conoces, en algún lugar entre complicidad y resignación. Te dice que te entiende, que el mundo no ha cambiado mucho pero tú sí lo has hecho. Que debes, como aquella vez y siempre, ser fiel a ti misma. Aunque haya que disputar pequeñas luchas con los que no quieran o no puedan entenderlo. La vida sigue teniendo cosas bonitas reservadas y muchos, muchos cientos de escritos más por acumular.
Hacen faltas más odas a uno mismo por ser tan personas en este mundo tan de inhumanos. Hace falta más mirarse y decirse: adoro mi sonrisa, aun teniendo un diente resquebrajado. Aunque todo esté empañado, adoro tener días malos. Escribiré, lloraré, no querré saber de nadie y luego volveré a ser la que era. La forma en que a veces aparento saberlo todo cuando es imposible que yo pueda querer eso, la forma en que oler los libros y acariciar las portadas me confirma que ahí dentro hay una cura para el alma. Y bailar a solas, tocar la pared congelada las noches que no puedo dormir. El querer estar tranquila, el tener un poquito de miedo a las emociones. El sentir el vértigo del llano. El odiarme algunos días, el odiar verme a través de los ojos que nunca me han querido. El tener algo en mis ojos, que sólo me hace mirar hacia arriba. Porque hay muchas estrellas bonitas y nubes raras, en este mundo de inhumanos.

Te perdí en una estación, creo que fue al final del invierno del año en que al mundo aún le quedaba algo de cordura. Hay, en algún lugar, un Madrid que nos dio una oportunidad más y un parque que apostó por nosotros, entre cientos. Hay tantos mundos en el mundo, que aun sabiendo dónde estás ya no sé el camino. Es un arte olvidar, escribirnos con minúscula en la historia. Volver a quedarse en blanco en el mismo ensayo de siempre. Yo no me he curado de no haberte vivido, pero eso sigue sin tener significado en este lado de mi pared. La realidad parece una, la realidad hay que escaparla. Te escribo en una calle abandonada, esperando que oigas el eco.
Acabé por difuminarme con los muebles, me volví color pared de una habitación a oscuras.
No necesito los días como hoy. No necesito tener que buscar la forma de explicar cómo estos días me hacen sentir, todo lo que pueda decirte es inexacto y me da rabia no ser precisa, pero insistes y más rabia me da no poder decirte que no. Creo que a todos nos pasa lo mismo tarde o temprano, un día llega y, lejos de sentir que avanzas, te encuentras en un lugar que flota, como si se hubiera parado el tiempo en el aire. Cualquiera que no haya vivido algo así dirá que suena agradable. No es así. En ese día no hay calma, sólo hay inquietud, agobio y una especie de angustia. Es leve, pero está ahí. Cuando es más grave y regular lo etiquetan, lo llaman ansiedad. Entonces aparece el miedo. Echas la vista atrás y te planteas qué has hecho bien o mal, cómo has llegado hasta aquí o qué quieres que cambie, qué maneras hay de llegar a cualquier otro lado. No es que te sientas completamente mal por ello, al fin y al cabo hiciste lo que podías o querías en ese momento, pero no estás del todo satisfecho. La esperanza, en ese día, no existe. Las horas se hacen eternas y vuelven a la mente esas personas que te han fallado en el pasado, son imágenes fugaces que estaban latentes pero aparecen siempre en ese momento. Luego, al dormirte, sueñas con ellas. No es la primera vez. Uno se siente algo inútil. Son días extraños y la experiencia de haber tenido muchos es que sabes que son sólo eso y acaban pasando a pesar del mal sabor de boca. De igual forma que otro día, sin razón, volverán. Y eso es así. Cuando los detectas, intentas apartar esos pensamientos negativos todo lo que puedas, te dices que mañana será diferente porque encontraremos otras cosas que hacer, que nos motiven de otra manera. Que viviremos experiencias diferentes y estaremos tranquilos. Eso es lo que quiero. Tranquilidad, y que los días malos pasen rápido, que alguien pueda entender lo que me pasa.
A veces, de madrugada, muy muy de madrugada, casi a esa hora en la que sé que va a empezar a entrar luz por la ventana y definitivamente no voy a poderme dormir, a esa hora, pienso en que tú duermes y siento rabia. A veces, me pregunto la razón por la que fui sólo un punto y final y jamás volviste a poner una coma más para seguir conociéndome pero, aún así, no es por ti por lo que me siento insuficiente para todos. A veces imagino que tu libro o poema favorito es el mismo que el mío, y que luego descubro cientos de cosas increíbles y empiezo a maquinar algo genial que poder regalarte porque sí, sin fecha, y engañarme otra vez más. Otras veces, mi mente se excita y las cosas que imagina son más imprudentes y caóticas pero todas comprenden nuestras bocas y toda la ropa que pueda pintar por el suelo de mi cuarto. A veces creo que voy a odiar para siempre la canción que siempre me ponía mientras esperaba y seguía esperando porque me lo pedían mis músculos y mis huesos y todo el agua de mi cuerpo, para después entender que siempre iba a ser de las que odian. A veces me hacen creer que el silencio no vale de nada, o que una mirada no es importante y estoy cansada de no saber luchar contra todas esas voces que me dicen "no deberías" cada vez que pienso en mí misma o en lo que es justo hacer aquí, en mi pecho. A veces creo que escribir sobre cosas tristes no me hace una persona triste; sólo una persona a la que le han pasado algunas cosas tristes y que desea, ante todo, ser una persona más feliz que se libera un poquito más con cada texto y aprender a vivir con ello sin romperse. Pero a veces me rompo y punto, y lo único que tengo no es más que un pozo roñoso, profundo y nada acogedor, pero mi mano no alcanza la superficie y no puedo salir, el tiempo es quien decide cuándo porque el tiempo es quién decide casi siempre. A veces es ridículo esperar que sí, que estando quietecita va a venir alguien a salvarte pero sé que es maravilloso cuando, de la nada, sale una mano que agarra tu mano con fuerza y no te suelta, cuando una masa de gente se aproxima en el centro de la ciudad y piensas que la frase I won't cross these streets until you hold my hand ahora es más literal que nunca. Algunas veces veo monstruos cuando la luz está apagada y les pregunto por su vida de monstruo; les digo que en este cuarto siempre serán bienvenidos cuando quieran un poco de tranquilidad aunque no sepa hacerles reír más que torpemente y contar chistes se me de fatal, pero puedo escuchar sin asustarme y, desde entonces, cuando les abrazo, son más blanditos. A veces haría películas con todo, todo todo, y así recordar las cosas que no hemos procesado; las que olvidamos al recuperar la imagen mental de aquel momento,  entonces haría un círculo junto con la sensación y, al volver atrás, descubrir detalles nuevos cada vez. Siempre se trata de círculos.
A veces creo que nada tiene sentido y que no hay ninguna cosa ni ninguna persona que pueda hacer algo contra eso. Entonces, encuentro la música de nuevo, la redescubro y hago el amor con ella. A veces no hay tiempo de explicar. A veces quiero un corazón nuevo.

Qué complicado el miedo, ¿verdad? Qué retorcido.
El miedo a sentir que no aproveché bien el tiempo. Miedo a aburrirme de vivir.
Que quizá nunca tenga la oportunidad de ser como quise ser. Que me quede a medio camino de todo.
Miedo a no haber sido lo suficientemente clara conmigo misma, con el resto, y haber perdido oportunidades de ganar algo. Miedo de haberme equivocado.
Ese miedo a que no haya recompensa al final por todo lo sufrido. El miedo de saber que no hay ninguna.
Miedo a olvidar o perderme. Miedo a acostumbrarme a vivir de la nostalgia.
Miedo a ser como todo el mundo. O que el rechazo continúe hasta el final por no serlo.
Miedo a no ser suficiente para nada, para nadie. Miedo de dejar de creer en mí.
Miedo a no encontrar el equilibrio entre emocionarme y sentir tristeza.
Miedo a que nunca se vaya la ansiedad. A que se vaya, y comenzar a vivir por mi cuenta.
El miedo a vivir. O a tener que pasar una vida sin saber qué es eso.



Espero que no te importe llevarte la piel contigo si vas a arañarme. 
Si vas a robarme tiempo, esconde todos los relojes, hazme olvidar en qué época vivo de aquí en adelante. 
Si vas a herirme, deja una grieta abismal, de esas que cubren el alma en cicatriz. Que la marca sea un tatuaje nuevo en mí. 
Si vas engañar, traiciona hasta a mi sombra. Hazte llamar por otro nombre, cambia, disfrázate de otra persona. 
Si vas a gritar, asegúrate de que tus aullidos me dejen sorda. 
Si vas a irte, recoge todo lo que has mejorado, perdido o roto. Recoge los trozos.
Pero, sobre todo, si vas a hacer algo de esto, quédate allí.
No quiero que vengas, no quiero que aparezcas.


Ha llegado por fin. La lluvia ha llegado a Madrid. Lo ha sumergido todo en desconcierto y un aire de melancolía. La tormenta repentina y deseada. La ciudad se estanca y parece desordenada, sombría, pero para mí es el momento en el que más viva está. Los lienzos espontáneos por culpa del vaho. Las primeras hojas de la estación nadando presumidas en los charcos que hacen de espejo para el manto acromático que se extiende en el cielo. Los colores de la temporada se engrandecen en estos, los primeros momentos en los que comienzo a sentir orgullo por ser de aquí, por volver al calor del hogar un otoño más al que espero sobrevivir.


Qué importa ya, septiembre, a dónde hayas ido. Has consumido hasta los mares.