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A veces volver no quiere decir quedarse, ni estar aquí es estar presente. Sueño con otros lugares, en los que el mar tenga un tono azul raro, bajo las nubes. O que yo me sienta rara, pero bien; no rara, pero en casa. Otra vez.
Empecé a escribir hace muchos años, muy temprano. Era una edad en la que mis compañeros robaban cigarrillos y bebían a escondidas los fines de semana. Quizá hacer como ellos me hubiera vuelto algo más popular, pero supongo que hay personas que no lo llevan dentro. Con el tiempo aprendí a sentirme algo más cómoda siendo fiel a mí misma.
He acumulado cientos de escritos, la mayoría en un lugar que muy pocos conocen y algunos otros que jamás verán la luz. No todos eran precisamente alegres, y tener esta afición a los 15 años sirvió para que varias de las que se decían "mis amigas" insinuasen que, si no era feliz, había otro lugar al que podía ir, antes que vivir sufriendo. Con mi corta vida, sin haber sido culpable más que de sacar lo que llevaba dentro, recibí la primera lección que iba a aprender de cómo es la vida y de cómo puede ser la gente. Por supuesto, se me vino parte de mi mundo encima y me sentí tan diferente que por un momento deseaba empezar de nuevo, deseaba ser otra persona porque, desde luego, hubiera sido mucho más fácil.
A día de hoy y viendo todo lo que he visto creo que las cosas no son mucho más diferentes. Mostrarse uno mismo tal y como es, es un riesgo. Desde fuera, una persona desde el sesgo de su propia experiencia o bien sin tener ni idea, califica como cualidades o defectos algunos hechos que, simplemente, son hechos, ajenos de cualquier opinión mediocre. En este mundo todos tienen una, se vomitan las palabras sin pensarlas. Se asume que las personas conviven con nosotros en cierto espacio y tiempo en una habitación, pero ¿qué pasa con intentar conocerlas? Es demasiado trabajo. Y olvídate, si eres una persona algo más introvertida. No merece la pena el esfuerzo. Sobre todo si eres la de los escritos, sueños, reflexiones y autores desconocidos.
Es entonces cuando la niña de los 15 años vuelve y te lanza una mirada que de sobra conoces, en algún lugar entre complicidad y resignación. Te dice que te entiende, que el mundo no ha cambiado mucho pero tú sí lo has hecho. Que debes, como aquella vez y siempre, ser fiel a ti misma. Aunque haya que disputar pequeñas luchas con los que no quieran o no puedan entenderlo. La vida sigue teniendo cosas bonitas reservadas y muchos, muchos cientos de escritos más por acumular.
Hacen faltas más odas a uno mismo por ser tan personas en este mundo tan de inhumanos. Hace falta más mirarse y decirse: adoro mi sonrisa, aun teniendo un diente resquebrajado. Aunque todo esté empañado, adoro tener días malos. Escribiré, lloraré, no querré saber de nadie y luego volveré a ser la que era. La forma en que a veces aparento saberlo todo cuando es imposible que yo pueda querer eso, la forma en que oler los libros y acariciar las portadas me confirma que ahí dentro hay una cura para el alma. Y bailar a solas, tocar la pared congelada las noches que no puedo dormir. El querer estar tranquila, el tener un poquito de miedo a las emociones. El sentir el vértigo del llano. El odiarme algunos días, el odiar verme a través de los ojos que nunca me han querido. El tener algo en mis ojos, que sólo me hace mirar hacia arriba. Porque hay muchas estrellas bonitas y nubes raras, en este mundo de inhumanos.

Te perdí en una estación, creo que fue al final del invierno del año en que al mundo aún le quedaba algo de cordura. Hay, en algún lugar, un Madrid que nos dio una oportunidad más y un parque que apostó por nosotros, entre cientos. Hay tantos mundos en el mundo, que aun sabiendo dónde estás ya no sé el camino. Es un arte olvidar, escribirnos con minúscula en la historia. Volver a quedarse en blanco en el mismo ensayo de siempre. Yo no me he curado de no haberte vivido, pero eso sigue sin tener significado en este lado de mi pared. La realidad parece una, la realidad hay que escaparla. Te escribo en una calle abandonada, esperando que oigas el eco.
Acabé por difuminarme con los muebles, me volví color pared de una habitación a oscuras.
No necesito los días como hoy. No necesito tener que buscar la forma de explicar cómo estos días me hacen sentir, todo lo que pueda decirte es inexacto y me da rabia no ser precisa, pero insistes y más rabia me da no poder decirte que no. Creo que a todos nos pasa lo mismo tarde o temprano, un día llega y, lejos de sentir que avanzas, te encuentras en un lugar que flota, como si se hubiera parado el tiempo en el aire. Cualquiera que no haya vivido algo así dirá que suena agradable. No es así. En ese día no hay calma, sólo hay inquietud, agobio y una especie de angustia. Es leve, pero está ahí. Cuando es más grave y regular lo etiquetan, lo llaman ansiedad. Entonces aparece el miedo. Echas la vista atrás y te planteas qué has hecho bien o mal, cómo has llegado hasta aquí o qué quieres que cambie, qué maneras hay de llegar a cualquier otro lado. No es que te sientas completamente mal por ello, al fin y al cabo hiciste lo que podías o querías en ese momento, pero no estás del todo satisfecho. La esperanza, en ese día, no existe. Las horas se hacen eternas y vuelven a la mente esas personas que te han fallado en el pasado, son imágenes fugaces que estaban latentes pero aparecen siempre en ese momento. Luego, al dormirte, sueñas con ellas. No es la primera vez. Uno se siente algo inútil. Son días extraños y la experiencia de haber tenido muchos es que sabes que son sólo eso y acaban pasando a pesar del mal sabor de boca. De igual forma que otro día, sin razón, volverán. Y eso es así. Cuando los detectas, intentas apartar esos pensamientos negativos todo lo que puedas, te dices que mañana será diferente porque encontraremos otras cosas que hacer, que nos motiven de otra manera. Que viviremos experiencias diferentes y estaremos tranquilos. Eso es lo que quiero. Tranquilidad, y que los días malos pasen rápido, que alguien pueda entender lo que me pasa.
A veces, de madrugada, muy muy de madrugada, casi a esa hora en la que sé que va a empezar a entrar luz por la ventana y definitivamente no voy a poderme dormir, a esa hora, pienso en que tú duermes y siento rabia. A veces, me pregunto la razón por la que fui sólo un punto y final y jamás volviste a poner una coma más para seguir conociéndome pero, aún así, no es por ti por lo que me siento insuficiente para todos. A veces imagino que tu libro o poema favorito es el mismo que el mío, y que luego descubro cientos de cosas increíbles y empiezo a maquinar algo genial que poder regalarte porque sí, sin fecha, y engañarme otra vez más. Otras veces, mi mente se excita y las cosas que imagina son más imprudentes y caóticas pero todas comprenden nuestras bocas y toda la ropa que pueda pintar por el suelo de mi cuarto. A veces creo que voy a odiar para siempre la canción que siempre me ponía mientras esperaba y seguía esperando porque me lo pedían mis músculos y mis huesos y todo el agua de mi cuerpo, para después entender que siempre iba a ser de las que odian. A veces me hacen creer que el silencio no vale de nada, o que una mirada no es importante y estoy cansada de no saber luchar contra todas esas voces que me dicen "no deberías" cada vez que pienso en mí misma o en lo que es justo hacer aquí, en mi pecho. A veces creo que escribir sobre cosas tristes no me hace una persona triste; sólo una persona a la que le han pasado algunas cosas tristes y que desea, ante todo, ser una persona más feliz que se libera un poquito más con cada texto y aprender a vivir con ello sin romperse. Pero a veces me rompo y punto, y lo único que tengo no es más que un pozo roñoso, profundo y nada acogedor, pero mi mano no alcanza la superficie y no puedo salir, el tiempo es quien decide cuándo porque el tiempo es quién decide casi siempre. A veces es ridículo esperar que sí, que estando quietecita va a venir alguien a salvarte pero sé que es maravilloso cuando, de la nada, sale una mano que agarra tu mano con fuerza y no te suelta, cuando una masa de gente se aproxima en el centro de la ciudad y piensas que la frase I won't cross these streets until you hold my hand ahora es más literal que nunca. Algunas veces veo monstruos cuando la luz está apagada y les pregunto por su vida de monstruo; les digo que en este cuarto siempre serán bienvenidos cuando quieran un poco de tranquilidad aunque no sepa hacerles reír más que torpemente y contar chistes se me de fatal, pero puedo escuchar sin asustarme y, desde entonces, cuando les abrazo, son más blanditos. A veces haría películas con todo, todo todo, y así recordar las cosas que no hemos procesado; las que olvidamos al recuperar la imagen mental de aquel momento,  entonces haría un círculo junto con la sensación y, al volver atrás, descubrir detalles nuevos cada vez. Siempre se trata de círculos.
A veces creo que nada tiene sentido y que no hay ninguna cosa ni ninguna persona que pueda hacer algo contra eso. Entonces, encuentro la música de nuevo, la redescubro y hago el amor con ella. A veces no hay tiempo de explicar. A veces quiero un corazón nuevo.

Qué complicado el miedo, ¿verdad? Qué retorcido.
El miedo a sentir que no aproveché bien el tiempo. Miedo a aburrirme de vivir.
Que quizá nunca tenga la oportunidad de ser como quise ser. Que me quede a medio camino de todo.
Miedo a no haber sido lo suficientemente clara conmigo misma, con el resto, y haber perdido oportunidades de ganar algo. Miedo de haberme equivocado.
Ese miedo a que no haya recompensa al final por todo lo sufrido. El miedo de saber que no hay ninguna.
Miedo a olvidar o perderme. Miedo a acostumbrarme a vivir de la nostalgia.
Miedo a ser como todo el mundo. O que el rechazo continúe hasta el final por no serlo.
Miedo a no ser suficiente para nada, para nadie. Miedo de dejar de creer en mí.
Miedo a no encontrar el equilibrio entre emocionarme y sentir tristeza.
Miedo a que nunca se vaya la ansiedad. A que se vaya, y comenzar a vivir por mi cuenta.
El miedo a vivir. O a tener que pasar una vida sin saber qué es eso.



Espero que no te importe llevarte la piel contigo si vas a arañarme. 
Si vas a robarme tiempo, esconde todos los relojes, hazme olvidar en qué época vivo de aquí en adelante. 
Si vas a herirme, deja una grieta abismal, de esas que cubren el alma en cicatriz. Que la marca sea un tatuaje nuevo en mí. 
Si vas engañar, traiciona hasta a mi sombra. Hazte llamar por otro nombre, cambia, disfrázate de otra persona. 
Si vas a gritar, asegúrate de que tus aullidos me dejen sorda. 
Si vas a irte, recoge todo lo que has mejorado, perdido o roto. Recoge los trozos.
Pero, sobre todo, si vas a hacer algo de esto, quédate allí.
No quiero que vengas, no quiero que aparezcas.


Ha llegado por fin. La lluvia ha llegado a Madrid. Lo ha sumergido todo en desconcierto y un aire de melancolía. La tormenta repentina y deseada. La ciudad se estanca y parece desordenada, sombría, pero para mí es el momento en el que más viva está. Los lienzos espontáneos por culpa del vaho. Las primeras hojas de la estación nadando presumidas en los charcos que hacen de espejo para el manto acromático que se extiende en el cielo. Los colores de la temporada se engrandecen en estos, los primeros momentos en los que comienzo a sentir orgullo por ser de aquí, por volver al calor del hogar un otoño más al que espero sobrevivir.


Qué importa ya, septiembre, a dónde hayas ido. Has consumido hasta los mares.


"Voy a agonizar y voy a perder esto escaso que soy y me dejaré caer hasta no verlo. Hasta sentir ausencia y tenerlo todo claro, convertirlo en hueco y no percibir nada, y esperar paciente esa luz que me deslumbre. Hasta negarme cien veces y olvidarme, por fin, rasgarme los costados y volverme esqueleto hasta partirme. Dividirme, y trastornarme mientras trato de encontrarme, porque sé que habito en mí. Y lo hago, agonizo, sudo y sangro, busco el problema a ciegas dentro de un espacio blanco que chirría. Y balbuceo, doy vueltas de nuevo y muero de rabia. Que no entiendo porqué sólo deseo no estar, porqué sólo me reconforta el olor del frío."
Todas y cada una de esas personas se marcharon. Puede que fuera con el cambio del viento, o bien por la marea. Sí, creo que fue la marea. Pero no veo la luna que la haga cambiar, no sé dónde está ni porqué se lo ha llevado todo con ella. O puede que la luna sea yo, que me limito a estar en el vacío y que todo es por mi culpa.
Soy la mirada gélida que te seduce traviesa. Soy esos suaves labios de nieve mordiendo los tuyos, descendiendo impacientes. Soy la helada en la que te sumerges poco a poco. Mi lengua glacial por tu vientre humedeciendo tu respiración. Soy impasible iceberg contra el que peleas. Imperturbable escalofrío que te enciende y te estalla. Mi corazón de diamante te araña las entrañas; mis manos de cristal dibujando ardor sobre tu espalda cubierta de escarcha. Soy distante invierno que te abraza calándote el deseo. Soy el rocío al que excitas de madrugada, empañando las paredes. Soy la salvaje noche ártica culminando sobre tus sábanas blancas.
Me quedo la última y espero, a que todo esté en silencio. Luego, salgo de aquí dentro y bailo con la hora, la que sea, no importa. Me deshago en reproches, me entristezco pero no, no tengo tiempo. Entonces pienso, que a veces es lo mismo dormir y gritar, o ser parte de algo que no te provoca sentimiento. Es una revolución y se escapa, se me escapa sin haberla escrito primero. Entonces converso conmigo, leo en las paredes y cuento las gotas, las hojas, las pinceladas de ese Monet que me refugia. Y quiero irme, a rasparme las ideas a otro lado, muy lejos. A golpearlo todo para verlo de nuevo, sin esforzarme en recordar que ya habíamos perdido. A deshacerme de vivir. A buscar la perspectiva buena. A despedirme, aunque ya no quede nadie, porque todo está en silencio.
Ojalá hubiera una forma de recuperar todo aquello que hemos perdido. Así la nostalgia podría dejarnos vivir y nadie sabría lo que es echar de menos. En consecuencia, habría muchas lecciones huérfanas. Pero todos aquellos que dependemos bastante del pasado nos sentiríamos más liberados.

Qué pasaría entonces, si pudiéramos evitar perder lo que estamos a punto de perder. Lo que sabemos que, a ciencia cierta, se nos escapa de las manos. Que ya no habría que grabar en la memoria los últimos instantes, diciéndonos que son los últimos, mientras se nos rompe el alma intentando sin éxito agarrar eso que se va. Pero se ha ido ya.

No hay manera de recuperar, ni de impedir la pérdida. La solución es, pues, cambiar la actitud hacia todo ello. Manejar el dolor. Maquillarlo, empequeñecerlo, retrasarlo, ignorarlo. ¿Seríamos, de esta forma, quiénes somos u otros diferentes? ¿Nos hace eso, quizá, menos humanos?

Imperdonable y vacía. 
Desierta de comienzos. 
Abatida.
Cuando rompí el mundo que conocía,
algo mío regresó al punto de partida. 
Eso que aún revuelve en tus escritos tratando de reconocerse,
o adjudicarse algunas de tus palabras.
Palabras que usabas tú para luchar en tus batallas imposibles.
Esas que me llegaron, sin ser para mí.
Palabras que me creí, porque tuve que creer que sí.
Para seguir.


La vieja amiga, la que siempre estuvo ahí.
Soñabas con su ausencia,
pero en realidad nunca se iba.
Se vestía de paseo, bajo el sol o la tormenta.
Se volvía aliento, esas noches a escondidas.
Entraba como el sol por los huecos de la persiana,
por las mirillas de los desconfiados.
Por tus poros, entraba y sucumbías.
Volvía y se regodeaba en todo eso que eres,
y serás, y no te abandonará.
Porque es ella, la única y verdadera.
La ansiedad.

¿Qué es lo que quedaba? Escribir.
Escribir me dijeron que hiciera.
Escribir era lo que quería hacer.
Sin saber de qué, sin razón, sin sentido.
Una vez terminado todo,
sin tener ánimo
ni gusto para nada.
Ya sólo quedaba sentir lástima y después,
quizá,
escribir.