Ha llegado por fin. La lluvia ha llegado a Madrid. Lo ha sumergido todo en desconcierto y un aire de melancolía. La tormenta repentina y deseada. La ciudad se estanca y parece desordenada, sombría, pero para mí es el momento en el que más viva está. Los lienzos espontáneos por culpa del vaho. Las primeras hojas de la estación nadando presumidas en los charcos que hacen de espejo para el manto acromático que se extiende en el cielo. Los colores de la temporada se engrandecen en estos, los primeros momentos en los que comienzo a sentir orgullo por ser de aquí, por volver al calor del hogar un otoño más al que espero sobrevivir.
"Voy a agonizar y voy a perder esto escaso que soy y me dejaré caer hasta no verlo. Hasta sentir ausencia y tenerlo todo claro, convertirlo en hueco y no percibir nada, y esperar paciente esa luz que me deslumbre. Hasta negarme cien veces y olvidarme, por fin, rasgarme los costados y volverme esqueleto hasta partirme. Dividirme, y trastornarme mientras trato de encontrarme, porque sé que habito en mí. Y lo hago, agonizo, sudo y sangro, busco el problema a ciegas dentro de un espacio blanco que chirría. Y balbuceo, doy vueltas de nuevo y muero de rabia. Que no entiendo porqué sólo deseo no estar, porqué sólo me reconforta el olor del frío."
Todas y cada una de esas personas se marcharon. Puede que fuera con el cambio del viento, o bien por la marea. Sí, creo que fue la marea. Pero no veo la luna que la haga cambiar, no sé dónde está ni porqué se lo ha llevado todo con ella. O puede que la luna sea yo, que me limito a estar en el vacío y que todo es por mi culpa.
Soy la mirada gélida que te seduce traviesa. Soy esos suaves labios de nieve mordiendo los tuyos, descendiendo impacientes. Soy la helada en la que te sumerges poco a poco. Mi lengua glacial por tu vientre humedeciendo tu respiración. Soy impasible iceberg contra el que peleas. Imperturbable escalofrío que te enciende y te estalla. Mi corazón de diamante te araña las entrañas; mis manos de cristal dibujando ardor sobre tu espalda cubierta de escarcha. Soy distante invierno que te abraza calándote el deseo. Soy el rocío al que excitas de madrugada, empañando las paredes. Soy la salvaje noche ártica culminando sobre tus sábanas blancas.
Me quedo la última y espero, a que todo esté en silencio. Luego, salgo de aquí dentro y bailo con la hora, la que sea, no importa. Me deshago en reproches, me entristezco pero no, no tengo tiempo. Entonces pienso, que a veces es lo mismo dormir y gritar, o ser parte de algo que no te provoca sentimiento. Es una revolución y se escapa, se me escapa sin haberla escrito primero. Entonces converso conmigo, leo en las paredes y cuento las gotas, las hojas, las pinceladas de ese Monet que me refugia. Y quiero irme, a rasparme las ideas a otro lado, muy lejos. A golpearlo todo para verlo de nuevo, sin esforzarme en recordar que ya habíamos perdido. A deshacerme de vivir. A buscar la perspectiva buena. A despedirme, aunque ya no quede nadie, porque todo está en silencio.
Ojalá hubiera una forma de recuperar todo aquello que hemos perdido. Así la nostalgia podría dejarnos vivir y nadie sabría lo que es echar de menos. En consecuencia, habría muchas lecciones huérfanas. Pero todos aquellos que dependemos bastante del pasado nos sentiríamos más liberados.
Qué pasaría entonces, si pudiéramos evitar perder lo que estamos a punto de perder. Lo que sabemos que, a ciencia cierta, se nos escapa de las manos. Que ya no habría que grabar en la memoria los últimos instantes, diciéndonos que son los últimos, mientras se nos rompe el alma intentando sin éxito agarrar eso que se va. Pero se ha ido ya.
No hay manera de recuperar, ni de impedir la pérdida. La solución es, pues, cambiar la actitud hacia todo ello. Manejar el dolor. Maquillarlo, empequeñecerlo, retrasarlo, ignorarlo. ¿Seríamos, de esta forma, quiénes somos u otros diferentes? ¿Nos hace eso, quizá, menos humanos?
Cuando rompí el mundo que conocía,
algo mío regresó al punto de partida.
Eso que aún revuelve en tus escritos tratando de reconocerse,
o adjudicarse algunas de tus palabras.
Palabras que usabas tú para luchar en tus batallas imposibles.
Esas que me llegaron, sin ser para mí.
Palabras que me creí, porque tuve que creer que sí.
Para seguir.
La vieja amiga, la que siempre estuvo ahí.
Soñabas con su ausencia,
pero en realidad nunca se iba.
Se vestía de paseo, bajo el sol o la tormenta.
Se volvía aliento, esas noches a escondidas.
Entraba como el sol por los huecos de la persiana,
por las mirillas de los desconfiados.
Por tus poros, entraba y sucumbías.
Volvía y se regodeaba en todo eso que eres,
y serás, y no te abandonará.
Porque es ella, la única y verdadera.
La ansiedad.
Soñabas con su ausencia,
pero en realidad nunca se iba.
Se vestía de paseo, bajo el sol o la tormenta.
Se volvía aliento, esas noches a escondidas.
Entraba como el sol por los huecos de la persiana,
por las mirillas de los desconfiados.
Por tus poros, entraba y sucumbías.
Volvía y se regodeaba en todo eso que eres,
y serás, y no te abandonará.
Porque es ella, la única y verdadera.
La ansiedad.
Cuántas cajas van ya, de esas de llenar con regalos, peluches, notitas,
cartas breves, cartas largas. Arena de esa playa. Fotos de aquél día. Cajas
llenas de promesas, en definitiva. Cuántos años llevas pidiendo las cosas 'por
favor' y respondiendo 'gracias', esperando el turno con paciencia y callando
cuando ves que otros se cuelan. Cuánto tiempo soñando con las mismas personas,
distintos traumas, igual resultado: amargándote los días. Cuánta vida guardando
dentro contestaciones que merecían otros, cultivando la rabia y la frustración
que otros pagan contigo sin sentirse culpables.
Cuánta salud tirada por la ventana, y cuánto corazón en la basura, por
elegir a las personas equivocadas con las que compartir las aventuras. Cuánto
tiempo devaluando tu cuerpo y tu nombre, descuidándote a ti mismo por tratar de
cubrir otras necesidades antes; por intentar llenar tu alma dependiendo de
otras. Cuántas islas has formado dentro de tu mundo y tu casa, creyendo que
podrías estar mejor así, creyendo que así podrían no volver a tocarte. Cuánto
poder haber arreglado esos ladrillos, o haber mejorado algo. Cuántos noches
insomnes pensando en las cosas que podrías haber hecho mejor, en el daño que tu
también pudiste causar. Cuántos textos traduciendo sentimientos en papel,
buscando alguien que no se asustase al leerlo. Y, más allá, rozando la locura:
entenderlo. Cuántas llamas te han soplado, cuántas ilusiones reventadas con
solo una palabra o gesto, por esa vulnerabilidad dichosa aprendida. Cuánta
torpeza en tus actos, recayendo en antiguos errores, creyendo que siendo
imperfecto puedes perderlo todo de nuevo. Cuántas formas reprimidas de ti
mismo, sin reconocerte en nada, sin inquietud por descubrir cosas nuevas, con
demasiada pereza para añadir algo criticable a tu vida. Cuántos gritos has
ahogado, por no herir ni preocupar, por preferir hacer las cosas simples, por
pretender que así evitabas el problema; mientras éste crecía dentro de ti,
mientras te hacías mayor pensando que las maneras correctas y las opiniones
válidas eran las de otros. Cuánto daño acumulado por tener una personalidad más
hacia dentro, refugiada en cuatro nubes aleatorias en el cielo y en unos
cuantos infantiles sueños débiles. Cuánto tiempo siendo una persona
'conveniente', amamantando defectos y escuchando canciones salvadoras, deseando
a destiempo ser otra persona. Cuánto querer ser tu mar y cuánto te has ahogado
por su culpa. Cuánta paciencia invertida en sacos rotos, cuantos golpes de claridad
por acciones de otros, cuántas decepciones, cuantos perdones dados y tan pocos
recibidos. Cuánta estación de vacío y de engaño, cuántas horas de espera
viviendo en otra relación paralela. Cuánta gente borrosa a estas alturas, gente
que te añoraba cuando te obligaban a marchar. Cuánto recurrir a los fantasmas,
o convertirte tú mismo en uno de ellos. Cuántos años creyendo que el error eras
tú cuando podía ser compartido, cuando ni siquiera echabas culpas fuera, cuando
quizá sí que era tuyo. Cuánta soledad en el cajón, cuánto información de
antemano de todo lo que ibas a sufrir, cuántas piedras iguales en tu camino,
cuánta ceguera para ver ciertas cosas, cuánto tiempo perdido, cuánto amor
regalado, cuánto compromiso en desigualdad de condiciones, cuánta falta de
práctica para empezar ciertos caminos, cuántas sombras, cuánto contar espaldas,
cuánta memoria y cuánto techo, cuánto morir en las tardanzas, cuánta confusión
de términos, cuánto dilema sin resolver, cuánto desgaste, cuánto crecer del
revés, cuántas preguntas huérfanas, cuánto muro invisible, cuánto error
cometido, cuántas cosas mejorables, cuánto actuar con miedo, cuánta ansiedad
por todo ello, cuántos calcetines desparejados, cuántos dibujos para
distraerte, cuánto cadáver, cuánto insecto en el mundo, qué poco valor, cuánto
poema de mierda, cuánta palabrería sin sentido, cuánta ciudad que no existe,
como tú, como yo, como el no poder volver ahí, como el quedar atrapado en la
misma trampa, en la misma asquerosa telaraña, como esos lugares perdidos donde
habitaba tu esperanza.
Pasaron dentro de mi túnel, cuatro o cinco meses y unos cuantos años, y también días perdidos.
Cambié de lugar, casi constantemente, sin haberme movido, aparecía antes y después en el tiempo.
Escribía, por placer, por obligación, quizás. Yo ya no pensaba en ello, en cualquier otra cosa, ni en ti. Escribía sobre ti. Sin sentido o sentimiento, estabas y estarás, escribiré y habrá algo de ti, habrá algo en mí.
Y en ese mundo, seguiré del mismo modo, y el dolor seguirá doliendo como si fuera nuevo pretendiendo ser olvido. Nadie querrá entenderlo, y seguiré los días, días perdidos, dentro de lo oscuro consciente de que es tarde para esperar, para esperarle y que sepa, que pertenezco a ese sitio, dueña de un hueco y un bloc, y de cosas que ya no son pero están, y nadie querrá entenderlo.
¿Quién duerme con mis sueños?
¿Quién se quedó las medicinas?
¿Quién supo decir mi nombre y quién lo olvidó antes de acabar?
¿Quién pudo mirarme un instante?
¿Qué año olvidé arrancarme el pasado?
¿Cuántos sentidos guardé bajo la nieve?
¿Quién perdió la llave del tiempo?
¿En qué corriente de aire nos perdimos?
¿Qué fue lo que diferenciaba el dolor de lo demás?
¿Qué distancia nos empujó al acantilado?
¿Qué turnos dejé ir?
¿Cuántos tipos de sordera aprendí?
¿Quién doblaba las palabras y quién las convirtió en arena?
¿Qué día me hice falta?
¿Qué tipos de hambre sufrí?
¿Quién duerme conmigo, quién es oscuro?
¿Quién me acariciaba las ruinas?
¿Qué sombra me obligó a escribir?
¿Qué manos me esperaban al final?
¿Qué horizonte se llenó de silencio?
Y sobre todo, ¿Quién? ¿Quién me ha robado los malditos sueños?
¿Quién se quedó las medicinas?
¿Quién supo decir mi nombre y quién lo olvidó antes de acabar?
¿Quién pudo mirarme un instante?
¿Qué año olvidé arrancarme el pasado?
¿Cuántos sentidos guardé bajo la nieve?
¿Quién perdió la llave del tiempo?
¿En qué corriente de aire nos perdimos?
¿Qué fue lo que diferenciaba el dolor de lo demás?
¿Qué distancia nos empujó al acantilado?
¿Qué turnos dejé ir?
¿Cuántos tipos de sordera aprendí?
¿Quién doblaba las palabras y quién las convirtió en arena?
¿Qué día me hice falta?
¿Qué tipos de hambre sufrí?
¿Quién duerme conmigo, quién es oscuro?
¿Quién me acariciaba las ruinas?
¿Qué sombra me obligó a escribir?
¿Qué manos me esperaban al final?
¿Qué horizonte se llenó de silencio?
Y sobre todo, ¿Quién? ¿Quién me ha robado los malditos sueños?
No me concentro en ningún sitio, no me parezco a ningún lado.
Ya no había lugar donde contradecirme o soportar mi apariencia.
Quería cubrirlo todo de medianoche y llover la vida pasar.
Y es que, a veces, estoy, fugaz y brillante, en mi paréntesis de ceniza.
Y es que otras, cabe en mi sombra esta ficción, tierna y prometida.
Todo esto es materia, irradiando un olor oscuro y después,
me quedo fría y, además, pronuncio esa hemorragia que me lleva
a mi comienzo y a mi espacio, a las nubes que salen en los libros.
Recojo mis cosas tontas y poemas, y me abandono en la orilla,
preguntando a los espejos, como si nadie hubiera escrito ya de esto,
como si nadie hubiera contemplado este invierno suspendido
y este vaivén violento que hace el viento
donde sólo queda crecer más adentro de uno mismo.
Querido ....
Creo que acaba de salir el sol. Hasta hace unos días era difícil de decir; al final del día el agua acababa entrando en las casas calando alfombras y pequeños rincones (ah, y uno de mis libros preferidos que dejé junto a la ventana). No es que viva en una casa mal construida pero, de verdad, ha llovido como nunca pensé que podría hacerlo. Sé lo mucho que lo hubieras odiado después de haberte tirado dos años con ese tiempo (y todos aquellos incidentes); por eso no puedo evitar que me haga gracia ver llover. Es como si fueras a aparecer maldiciendo en cualquier momento.
Es demasiado pronto y ya me estoy revolviendo en mi asiento. El frío está durando más de lo normal y tengo las manos y los pies congelados de forma permanente. Me asombra ver la cara de la gente si me tocan; es como, no sé; como si de repente tuviese alguna anomalía evidente y me dijeran con la mirada: "¿Qué diablos te ocurre, es que no te has dado cuenta?" Y estuviera loca por no hacer algo al respecto, necesariamente.
A pesar de lo que te prometí, creo que esto es lo primero que escribo en meses. Pienso ideas, monto una historia en mi cabeza y la desarrollo brevemente pero, por lo normal, estoy demasiado cansada como para llevarlo a cabo. A veces cojo el Bic y trazo líneas sobre un folio, sólo para no olvidar cómo es el tacto y ese sonido casi imperceptible que resulta tan placentero. Debería hacerlo más.
Algo que he retomado es la fotografía. Nunca compartí tu opinión de que fuera algo fácil y para todo el mundo. Es cierto que para encontrar algo bueno hay que buscar, pero es como todo, ¿no? A veces lo mejor es guiarse por lo de "menos es más", por eso decías que lo mío era simple pero con alma. Creo que así es como he intentado vivir mi vida siempre, por eso lo de la simpleza me parece un cumplido. Aun así me gustaba discutir sobre ello. Igual en unos meses edito algo si es que no he perdido las ganas y he conseguido acabar esto.
No suelo salir mucho. Lo hago cuando la cabeza me lo pide y tampoco en esos momentos presto demasiada atención alrededor. Supongo que entre eso y la música, ¡es un milagro que un coche no me haya pasado por encima! Ya no es como al principio, ¿entiendes? Aunque todo sea nuevo. Supongo que no lo he podido encontrar.
Mis paredes son azul pastel y el techo es alto. En el escritorio hay latas vacías de refrescos, entradas de cine, papeles y quizá algo de polvo. Al lado de mi portal hay una tienda de ropa infantil. Ese sería mi adelanto a tus tres preguntas de rigor. La ventaja es que también podría adelantar tu respuesta a todo esto. Supongo que, más que predecible, detrás de lo malo te llegué a conocer.
Aunque el sabor ahora sea otro. Aunque nunca vayas a leer esto, y yo no pueda dejar de escribir.
Nada importa cuando vuelves debajo del edredón y la sábana, haciéndote una bola y dejando de ser quién no eres. Tan sólo sabiendo que no eres quién una vez soñaste ser. Y que cada noche es un poquito más tarde para conseguirlo. Sólo porque nadie te dio un empujón a tiempo o porque la vida se ceba un poquito más con los más débiles. Así es como se crean personas que se arrastran desde primera hora de la mañana.
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