Me quedo la última y espero, a que todo esté en silencio. Luego, salgo de aquí dentro y bailo con la hora, la que sea, no importa. Me deshago en reproches, me entristezco pero no, no tengo tiempo. Entonces pienso, que a veces es lo mismo dormir y gritar, o ser parte de algo que no te provoca sentimiento. Es una revolución y se escapa, se me escapa sin haberla escrito primero. Entonces converso conmigo, leo en las paredes y cuento las gotas, las hojas, las pinceladas de ese Monet que me refugia. Y quiero irme, a rasparme las ideas a otro lado, muy lejos. A golpearlo todo para verlo de nuevo, sin esforzarme en recordar que ya habíamos perdido. A deshacerme de vivir. A buscar la perspectiva buena. A despedirme, aunque ya no quede nadie, porque todo está en silencio.
Ojalá hubiera una forma de recuperar todo aquello que hemos perdido. Así la nostalgia podría dejarnos vivir y nadie sabría lo que es echar de menos. En consecuencia, habría muchas lecciones huérfanas. Pero todos aquellos que dependemos bastante del pasado nos sentiríamos más liberados.

Qué pasaría entonces, si pudiéramos evitar perder lo que estamos a punto de perder. Lo que sabemos que, a ciencia cierta, se nos escapa de las manos. Que ya no habría que grabar en la memoria los últimos instantes, diciéndonos que son los últimos, mientras se nos rompe el alma intentando sin éxito agarrar eso que se va. Pero se ha ido ya.

No hay manera de recuperar, ni de impedir la pérdida. La solución es, pues, cambiar la actitud hacia todo ello. Manejar el dolor. Maquillarlo, empequeñecerlo, retrasarlo, ignorarlo. ¿Seríamos, de esta forma, quiénes somos u otros diferentes? ¿Nos hace eso, quizá, menos humanos?

Imperdonable y vacía. 
Desierta de comienzos. 
Abatida.
Cuando rompí el mundo que conocía,
algo mío regresó al punto de partida. 
Eso que aún revuelve en tus escritos tratando de reconocerse,
o adjudicarse algunas de tus palabras.
Palabras que usabas tú para luchar en tus batallas imposibles.
Esas que me llegaron, sin ser para mí.
Palabras que me creí, porque tuve que creer que sí.
Para seguir.


La vieja amiga, la que siempre estuvo ahí.
Soñabas con su ausencia,
pero en realidad nunca se iba.
Se vestía de paseo, bajo el sol o la tormenta.
Se volvía aliento, esas noches a escondidas.
Entraba como el sol por los huecos de la persiana,
por las mirillas de los desconfiados.
Por tus poros, entraba y sucumbías.
Volvía y se regodeaba en todo eso que eres,
y serás, y no te abandonará.
Porque es ella, la única y verdadera.
La ansiedad.

¿Qué es lo que quedaba? Escribir.
Escribir me dijeron que hiciera.
Escribir era lo que quería hacer.
Sin saber de qué, sin razón, sin sentido.
Una vez terminado todo,
sin tener ánimo
ni gusto para nada.
Ya sólo quedaba sentir lástima y después,
quizá,
escribir.


Cuántas cajas van ya, de esas de llenar con regalos, peluches, notitas, cartas breves, cartas largas. Arena de esa playa. Fotos de aquél día. Cajas llenas de promesas, en definitiva. Cuántos años llevas pidiendo las cosas 'por favor' y respondiendo 'gracias', esperando el turno con paciencia y callando cuando ves que otros se cuelan. Cuánto tiempo soñando con las mismas personas, distintos traumas, igual resultado: amargándote los días. Cuánta vida guardando dentro contestaciones que merecían otros, cultivando la rabia y la frustración que otros pagan contigo sin sentirse culpables.  Cuánta salud tirada por la ventana, y cuánto corazón en la basura, por elegir a las personas equivocadas con las que compartir las aventuras. Cuánto tiempo devaluando tu cuerpo y tu nombre, descuidándote a ti mismo por tratar de cubrir otras necesidades antes; por intentar llenar tu alma dependiendo de otras. Cuántas islas has formado dentro de tu mundo y tu casa, creyendo que podrías estar mejor así, creyendo que así podrían no volver a tocarte. Cuánto poder haber arreglado esos ladrillos, o haber mejorado algo. Cuántos noches insomnes pensando en las cosas que podrías haber hecho mejor, en el daño que tu también pudiste causar. Cuántos textos traduciendo sentimientos en papel, buscando alguien que no se asustase al leerlo. Y, más allá, rozando la locura: entenderlo. Cuántas llamas te han soplado, cuántas ilusiones reventadas con solo una palabra o gesto, por esa vulnerabilidad dichosa aprendida. Cuánta torpeza en tus actos, recayendo en antiguos errores, creyendo que siendo imperfecto puedes perderlo todo de nuevo. Cuántas formas reprimidas de ti mismo, sin reconocerte en nada, sin inquietud por descubrir cosas nuevas, con demasiada pereza para añadir algo criticable a tu vida. Cuántos gritos has ahogado, por no herir ni preocupar, por preferir hacer las cosas simples, por pretender que así evitabas el problema; mientras éste crecía dentro de ti, mientras te hacías mayor pensando que las maneras correctas y las opiniones válidas eran las de otros. Cuánto daño acumulado por tener una personalidad más hacia dentro, refugiada en cuatro nubes aleatorias en el cielo y en unos cuantos infantiles sueños débiles. Cuánto tiempo siendo una persona 'conveniente', amamantando defectos y escuchando canciones salvadoras, deseando a destiempo ser otra persona. Cuánto querer ser tu mar y cuánto te has ahogado por su culpa. Cuánta paciencia invertida en sacos rotos, cuantos golpes de claridad por acciones de otros, cuántas decepciones, cuantos perdones dados y tan pocos recibidos. Cuánta estación de vacío y de engaño, cuántas horas de espera viviendo en otra relación paralela. Cuánta gente borrosa a estas alturas, gente que te añoraba cuando te obligaban a marchar. Cuánto recurrir a los fantasmas, o convertirte tú mismo en uno de ellos. Cuántos años creyendo que el error eras tú cuando podía ser compartido, cuando ni siquiera echabas culpas fuera, cuando quizá sí que era tuyo. Cuánta soledad en el cajón, cuánto información de antemano de todo lo que ibas a sufrir, cuántas piedras iguales en tu camino, cuánta ceguera para ver ciertas cosas, cuánto tiempo perdido, cuánto amor regalado, cuánto compromiso en desigualdad de condiciones, cuánta falta de práctica para empezar ciertos caminos, cuántas sombras, cuánto contar espaldas, cuánta memoria y cuánto techo, cuánto morir en las tardanzas, cuánta confusión de términos, cuánto dilema sin resolver, cuánto desgaste, cuánto crecer del revés, cuántas preguntas huérfanas, cuánto muro invisible, cuánto error cometido, cuántas cosas mejorables, cuánto actuar con miedo, cuánta ansiedad por todo ello, cuántos calcetines desparejados, cuántos dibujos para distraerte, cuánto cadáver, cuánto insecto en el mundo, qué poco valor, cuánto poema de mierda, cuánta palabrería sin sentido, cuánta ciudad que no existe, como tú, como yo, como el no poder volver ahí, como el quedar atrapado en la misma trampa, en la misma asquerosa telaraña, como esos lugares perdidos donde habitaba tu esperanza.
Y yo paso, camino y, en cuestión de segundos, soy menos que antes; me deshago, y pequeñas partículas de mi piel se van quedando atrás, se las lleva el viento mientras yo, inocente, creo que lo que se va es lo que necesita irse y no. Cada vez más esqueleto.

Pasaron dentro de mi túnel, cuatro o cinco meses y unos cuantos años, y también días perdidos.
Cambié de lugar, casi constantemente, sin haberme movido, aparecía antes y después en el tiempo.
Escribía, por placer, por obligación, quizás. Yo ya no pensaba en ello, en cualquier otra cosa, ni en ti. Escribía sobre ti. Sin sentido o sentimiento, estabas y estarás, escribiré y habrá algo de ti, habrá algo en mí.
Y en ese mundo, seguiré del mismo modo, y el dolor seguirá doliendo como si fuera nuevo pretendiendo ser olvido. Nadie querrá entenderlo, y seguiré los días, días perdidos, dentro de lo oscuro consciente de que es tarde para esperar, para esperarle y que sepa, que pertenezco a ese sitio, dueña de un hueco y un bloc, y de cosas que ya no son pero están, y nadie querrá entenderlo.


¿Quién duerme con mis sueños?
¿Quién se quedó las medicinas?
¿Quién supo decir mi nombre y quién lo olvidó antes de acabar?
¿Quién pudo mirarme un instante?
¿Qué año olvidé arrancarme el pasado?
¿Cuántos sentidos guardé bajo la nieve?
¿Quién perdió la llave del tiempo?
¿En qué corriente de aire nos perdimos?
¿Qué fue lo que diferenciaba el dolor de lo demás?
¿Qué distancia nos empujó al acantilado?
¿Qué turnos dejé ir?
¿Cuántos tipos de sordera aprendí?
¿Quién doblaba las palabras y quién las convirtió en arena?
¿Qué día me hice falta?
¿Qué tipos de hambre sufrí?
¿Quién duerme conmigo, quién es oscuro?
¿Quién me acariciaba las ruinas?
¿Qué sombra me obligó a escribir?
¿Qué manos me esperaban al final?
¿Qué horizonte se llenó de silencio?
Y sobre todo, ¿Quién? ¿Quién me ha robado los malditos sueños?
No me concentro en ningún sitio, no me parezco a ningún lado.
Ya no había lugar donde contradecirme o soportar mi apariencia.
Quería cubrirlo todo de medianoche y llover la vida pasar.
Y es que, a veces, estoy, fugaz y brillante, en mi paréntesis de ceniza.
Y es que otras, cabe en mi sombra esta ficción, tierna y prometida.
Todo esto es materia, irradiando un olor oscuro y después,
me quedo fría y, además, pronuncio esa hemorragia que me lleva
a mi comienzo y a mi espacio, a las nubes que salen en los libros.
Recojo mis cosas tontas y poemas, y me abandono en la orilla,
preguntando a los espejos, como si nadie hubiera escrito ya de esto, 
como si nadie hubiera contemplado este invierno suspendido
y este vaivén violento que hace el viento
donde sólo queda crecer más adentro de uno mismo.




Querido  ....


  Creo que acaba de salir el sol. Hasta hace unos días era difícil de decir; al final del día el agua acababa entrando en las casas calando alfombras y pequeños rincones (ah, y uno de mis libros preferidos que dejé junto a la ventana). No es que viva en una casa mal construida pero, de verdad, ha llovido como nunca pensé que podría hacerlo. Sé lo mucho que lo hubieras odiado después de haberte tirado dos años con ese tiempo (y todos aquellos incidentes); por eso no puedo evitar que me haga gracia ver llover. Es como si fueras a aparecer maldiciendo en cualquier momento.
  Es demasiado pronto y ya me estoy revolviendo en mi asiento. El frío está durando más de lo normal y tengo las manos y los pies congelados de forma permanente. Me asombra ver la cara de la gente si me tocan; es como, no sé; como si de repente tuviese alguna anomalía evidente y me dijeran con la mirada: "¿Qué diablos te ocurre, es que no te has dado cuenta?" Y estuviera loca por no hacer algo al respecto, necesariamente. 
  A pesar de lo que te prometí, creo que esto es lo primero que escribo en meses. Pienso ideas, monto una historia en mi cabeza y la desarrollo brevemente pero, por lo normal, estoy demasiado cansada como para llevarlo a cabo. A veces cojo el Bic y trazo líneas sobre un folio, sólo para no olvidar cómo es el tacto y ese sonido casi imperceptible que resulta tan placentero. Debería hacerlo más. 
  Algo que he retomado es la fotografía. Nunca compartí tu opinión de que fuera algo fácil y para todo el mundo. Es cierto que para encontrar algo bueno hay que buscar, pero es como todo, ¿no? A veces lo mejor es guiarse por lo de "menos es más", por eso decías que lo mío era simple pero con alma. Creo que así es como he intentado vivir mi vida siempre, por eso lo de la simpleza me parece un cumplido. Aun así me gustaba discutir sobre ello. Igual en unos meses edito algo si es que no he perdido las ganas y he conseguido acabar esto.
  No suelo salir mucho. Lo hago cuando la cabeza me lo pide y tampoco en esos momentos presto demasiada atención alrededor. Supongo que entre eso y la música, ¡es un milagro que un coche no me haya pasado por encima! Ya no es como al principio, ¿entiendes? Aunque todo sea nuevo. Supongo que no lo he podido encontrar.
  Mis paredes son azul pastel y el techo es alto. En el escritorio hay latas vacías de refrescos, entradas de cine, papeles y quizá algo de polvo. Al lado de mi portal hay una tienda de ropa infantil. Ese sería mi adelanto a tus tres preguntas de rigor. La ventaja es que también podría adelantar tu respuesta a todo esto. Supongo que, más que predecible, detrás de lo malo te llegué a conocer.
 Aunque el sabor ahora sea otro. Aunque nunca vayas a leer esto, y yo no pueda dejar de escribir.
  
Uno se equivoca cuando piensa que lleva los zapatos del presente y estos corren mucho más deprisa. Se equivoca al creer que puede obviar esa vieja piedra amiga estratégicamente situada una vez más. Siente la bala detrás de tu cabeza, no te alcanza, no te roza, pero nunca descansa. 

Nada importa cuando vuelves debajo del edredón y la sábana, haciéndote una bola y dejando de ser quién no eres. Tan sólo sabiendo que no eres quién una vez soñaste ser. Y que cada noche es un poquito más tarde para conseguirlo. Sólo porque nadie te dio un empujón a tiempo o porque la vida se ceba un poquito más con los más débiles. Así es como se crean personas que se arrastran desde primera hora de la mañana.
Era de juego sucio. Incansable y cruel. Sus raíces emergían con furia y sed de libertad. Se había destruido sin haberlo encontrado. Se había resignado y abandonado. Se rasgaba al respirar, ya no dolía. Esperó más de una vida con la mirada perdida. Sufrió más de mil noches, ya no se culpaba. No se reconocía pero apenas lo hizo un día. Se fue en silencio, tal y cómo llegó. Tenía rota la voluntad. Dejó que el mundo hiciera su trabajo. Ya nadie se acuerda de que a veces sonreía. Quizá nunca importó. Y si se quiere vengar es por justicia. Será imparable, y cuando llegue el momento, recuperará el lugar que siempre le correspondió, aunque ya no quede ninguno que lo vea.
No basta una luz para despertar.
No se trata del desayuno de por las mañanas,
de la leche fría o caliente con cereales,
de la cantidad de cacao que eches.
No basta la ducha de rigor,
el agua tibia que te envuelve,
la piel de gallina al empezar a vestirte.
No es cuestión de las canciones,
del tiempo que tarden en activarte,
por lo suaves o duras que sean.
No vale tampoco la claridad del día,
los ruidos cotidianos o las conversaciones entabladas,
con su menor o mayor nivel de profundidad.
El verdadero despertar llega mucho antes.
Aunque sea tarde en el tiempo.
Llega con él. Con el tacto.
Con perder la linea entre querer y necesitar.
Con pensar y que sólo importe,
que esté aquí, y empezar a volar
solamente con el privilegio de sus labios.
Ya no es temprano y, sin embargo, las personas entran y salen de la angustia, como la luz a los portales. No recuerdan cómo son, cuando no eran esto. Desde ambas partes, fuera y dentro, son todos lo mismo. Con una sombra diferente que tiene que empezar a recordar a golpe de despertador cómo se sonríe, como se dice hola y aprender de nuevo olores que más tarde romperán su equilibrio, como los amores clavados en oblicuo. La prisa les invade cuando les preguntas; algunos te confían en silencio que son un mar de dudas. Que caminan a otros lugares, a planetas transparentes, donde los antidepresivos tengan forma de clásicos acordes. Donde la exigencia no sea el horario sino sentir su propio nombre. Porque aquí no hay lugar para el cambio. Si la noche va detrás del día, la costra detrás de la herida, la melancolía tras la pérdida. Y dormir, dormir incesantemente tras la vida.

Les odiabas, no querías ni mirarles. Pero, algo en el fondo, quería parecerse a ellos. Se veían felices, despreocupados. Siempre rodeados de gente, siempre siendo los primeros en enterarse de algo. Pero no podías encajar. No te interesaban las mismas cosas, ni la ropa, ni la música. Tú lo sabías, pero ellos desde mucho antes. Que nunca serías así, de esas personas a las que estás deseando llamar para contarles de lo que habla todo el mundo y salir a donde sale todo el mundo. Tarde, comprendiste que su aceptación no valía traicionarte a ti mismo. Y eso, solamente pudo alejarte más. Creías que eran modelos a seguir pero aún recuerdas sus burlas pendientes de todos tus actos. Nunca, nunca puedes salir de ahí. Porque la vida no deja de ser eso mismo, se repite en casa, se repite en el trabajo, se repite allá donde vayas. Y lo único a lo que puedes aspirar es a encontrar algún sitio donde ser eso que eres, esté bien. Tener tu espacio para respirar sin sentir que incluso algo tan sencillo, cuesta. Intentar que cuente que eres la mejor persona que has podido llegar a ser dadas las circunstancias. 
Me cabe en las manos, esa persona que sueña con dormir y duerme sin soñar. Me cabe entre los dedos, esa mujer que nunca lo será, que apenas está madura y nunca caerá del árbol. Es pequeña, siempre quiere despegar y alzarse pensando que fuera hay algo mejor, pero en cuanto lo hace siente el peligro y vuelve a su diminuto hogar. Tanto tiempo así ha hecho que su imaginación se desarrolle hasta tal punto que consiga tener un mágico poder: el de crear lo que ella desee. Como sólo puede usarlo una vez cada setecientos años, tiene que ser astuta para no desperdiciarlo. Habría tantas cosas que quería, empezando por la libertad. Estaba presa de sí misma. De sus manos ancianas. Y no quería morir sin haber conocido esas grandes sensaciones que recordar antes de expirar. Así que reunió toda su fuerza y creó un cetro. Un cetro de forma preciosa y colores brillantes en tonos verdes y malva. De él emergía un humo que ascendía tan alto que se perdía en la línea del horizonte. También tendría que ser inteligente a la hora de usarlo puesto que sus poderes eran limitados. Cuando llegaron los momentos previos a que debiera abandonar este mundo,  usó el cetro para experimentar una vez detrás de otra todo lo que para ella era desconocido. Así pues, dispuesta a ser feliz antes de abrazar la muerte, cerró los ojos y su vida comenzó a dar vueltas. El cetro hacía su trabajo, coloreando los alrededores de miles de colores, de halos de luces increíbles alrededor de su cuerpo casi inerte. Al cerrar los ojos, pudo ver el cielo. Se sentía ligera y ágil, podía girar y dar vueltas, acariciar esas esponjitas blancas que tanto había estudiado desde ahí abajo, con sus nuevas alas de ave. Saludó a los truenos, atravesó el arcoíris, se lanzó hacia los rayos y esquivó peligros. Cuando más emocionante estuvo la aventura, un destello de luz apareció y, de repente, tocaba la tierra. Corría rápido, la tierra bajo sus pies dejaba caminos de humo, el sonido de sus pisadas le encantaba y le hacía ir aún más deprisa. Avanzaba a través de una senda, el paraje era caluroso y sentía los matorrales arañarle la cara, pero le producía placer. Quiso gritar de felicidad pero lanzó un rugido que espantó miles de pájaros alrededor. Entonces comprendió. Paró y bebió agua de un lago cercano y, al ver su reflejo, sonrió. El destello volvió a aparecer y vio cómo sus manos humanas le quitaban el pelo de la cara, empapado, bajo la tormenta. Minutos después, el cielo se abrió en la oscura noche y aparecieron miles de millones de estrellas cayendo hacia ella, estrellas fugaces a las que no pidió ningún deseo.  Se tumbó y saboreó los instantes hasta que el nuevo destello apareció.  De repente apareció en un lugar abarrotado de personas, la gente la empujaba, tenía calor pero no le importaba porque se centraba en cantar y saltar, sentir la energía de ver a tus ídolos en concierto, sentir sus voces retumbar dentro, los instrumentos fusionados creando algo impresionante. Empezó a sentirse débil y supo que la siguiente sería la última cosa que viviera. Estaba en una habitación acogedora, era un cuarto algo desordenado con estanterías llenas de libros, cd’s y demás objetos. Ya conocía todo aquello, no era nuevo para ella. Se sentía feliz de estar ahí, supo que el viaje acabaría con lo mejor que le puede pasar a alguien. Escuchó ruidos en otra parte de la casa, y su estómago se encogió. Sonrió al oír los pasos acercarse y una tos inconfundible. La puerta se abrió y otra sonrisa sonrió a la suya. Y otra mirada se iluminó en el reflejo de la suya. Y otras manos se acariciaron sobre otras manos. Y unos labios se apagaron en otros labios.