¿Te reconoces? ¿No eras tú la loca que escribía en pasos de cebra, publicaba mensajes en periódicos o cambiaba de ciudad unas horas por alguien? ¿Acaso eras consciente de lo que hacías? ¿Pensaste por un momento que podía salir bien? ¿Que alguien respondería de igual forma? ¿Qué esperabas? ¿Que resultase ser una persona especial? ¿Tenías la mínima esperanza de que te conociese un poco? ¿De que supiera exactamente cómo hacerte sonreír? ¿De que, al menos, tuviese la intención? ¿Esperabas que llegase una noche cualquiera, al bar que frecuentas, y se acercase a ti sonriendo a ritmo de una de tus canciones preferidas que previamente pidió para tal ocasión, y te cogiera de la cintura para bailar sintiendo cada uno de tus músculos moverse mientras su mirada se te clavaba en el pecho y se te encogía el corazón haciendo pararse absolutamente todo lo que existe? ¿Te tragaste semejante basura? ¿De verdad piensas que lo necesitas? ¿Cuándo dejaste de esperar? ¿Cuándo dejaste de creer que alguien podía verte de esa manera? ¿Que alguien pudiese creer en ti?

Soy fuerte. Soy grande, tan grande que no puedes conmigo. Volver y no dudar, levantar la mirada, no temblar. Lo tuve todo para vencer, lo tengo ahora. Pero antes no lo entendía. Hice ver a los demás su potencial, ignorando el mío. Soñaba con incapacidades, tenía los músculos reblandecidos, pesados. Mi cerebro ponía las negativas, mi cuerpo se encorvaba más y más. Me hacías pequeña y elegí que eso me afectaría. No te equivocaste señalando los defectos pero hubo más de un instante en que creí que eso era un impedimento. La solución está dentro, no el problema. Nunca me hiciste fuerte, porque siempre lo fui. Tienes suerte, porque a pesar de todo tengo la conciencia despejada, como mi porvenir. 
Esto, a diferencia de como hace un tiempo solía ser, ahora es la última vez que es para ti. Cuando queremos, nos permitimos ser demasiado considerados con personas conocidas que acaban pareciéndose a otras que odiarías. Lo peor es tener que olvidar a una persona que aparentemente ya no existe. Pero, ¿cómo podría existir? ¿Quién podría ser el mismo?
Sin embargo, lo peor sigue siendo asumir que esa porción del pasado que te pertenece, acaba viéndose desde esta perspectiva, como un sinsentido, un cúmulo de surrealismo, un cuadro de Dalí que acaba partido en dos pedazos, separados hasta que se va pudriendo poco a poco, con el tiempo.
No hay vuelta atrás, sólo para volver a la infancia egocéntrica, preguntarse por qué el mundo sigue siendo el mismo mientras uno siente el alma descompuesta, tan injusto que permita pasar por lugares que deberían estar vallados de por vida.
Estupidez, al no avanzar ni siquiera meses después con el insomnio, los nudos, los pensamientos intrusivos, y la desazón al ver vacío un cuarto que antes rebosaba de recuerdos, que ahora han sido secuestrados en un rincón recóndito del cual no puedes esconderte, porque vayas a dónde vayas va a estar ahí, incluso yendo hacia adelante, en ese futuro que ya no tendrás.


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Tengo la experiencia suficiente como para saber que, cuando se pierde algo en la vida, hay que buscar el modo de reemplazarlo. No es un mecanismo deliberado, al menos no todas las veces. Tampoco se trata de sustituir lo perdido. El proceso puede parecer algo egoísta visto desde fuera, pero realmente no es más que la más pura forma de supervivencia, necesaria e irremediable. Todo aquel ente que pasa por nuestra vida provoca una pequeña revolución en nosotros, muchas veces se aprecia externamente pero lo que es indudable es que nuestro interior se modifica. Ya nada podría ser igual después, de hecho, nunca lo es, aunque el cambio sea simple, tan sutil, tan mínimo. Lo que viene tras la pérdida es un intento de restaurar el equilibrio natural, la homeostasis. Es un 'todo vale' cobarde pero justificado, como si viniera con receta.

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No, no es un trueno. Es sólo un estruendo. Un derrumbe. Algo cruje y suena, resuena, sin hacer eco. Los niños aún no se inmutan, los adultos se despiertan. Otra vez. Se enciende una luz en el Quinto. En el Primero los sueños aún danzan, libres, vuelan. Los amantes susurran, a oscuras, se tientan. Los niños se desvelan, las mujeres se asoman, los maridos se quejan. Ruido otra vez, qué es. El patio de cabezas, se llena de batas. Ha sido un petardo, gamberros, qué lata, no, no ha sido eso, es una tormenta, he visto rayos, señora no invente, policía, qué escándalo. Madrugan las cisternas, chirrían las puertas, las luces no se acuestan. Los amantes se entremezclan, despacio. Ruido más fuerte, más largo, más raro. Ahoga el jadeo, el llanto, el cotorreo. Muere el pudor, el silencio, se calma el viento. El cabecero, la pared, íntimo encuentro. Los niños se arropan, las mujeres se rinden, los maridos se duermen. El ruido crece y enlentece. Más abajo se sienten, se estremecen. Se han vivido, de noche. Se duermen.

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A nadie le gusta estar con alguien triste, por eso mismo ellos, la gente en general, la cultura que tenemos del pasar del pasado centrándonos en el ahora, hola alcohol, hola noche, hola sexo sin amor... Todos nos empujan a mirar el mañana sin pensar en aquello que fue que ya no está, sin pensar en el hueco vacío de la cama o en las fotos de la carpeta que ya no vas a mirar. A nadie le gusta estar mal, a ninguno nos gusta estar solos. Suerte a aquellos que les resulte tan fácil, suerte a los que no logren dar una vuelta a la cabeza en un momento de soledad entre tanta mierda superficial.


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Este, sin duda, es el estruendo más insoportable.
Cae el día, y lo que hice hace dos días suena a lejano pasado. Lo que parecía ser estable, estar bien, era por la capa de barniz. La felicidad no se fuerza, no se compra, no se pide, siquiera. Lo que no hacíamos hablaba, lo que hacíamos era desconocernos más. Y este hueco en mi pecho va creciendo.
Ni siquiera es un estruendo de preguntas; es una avalancha de memorias, de las que quitan sueño, hambre, ganas, piel. De las sinceras, de las bonitas. Hemos abandonado la fábrica de armas y sólo queda nostalgia. Nada más que lo que quisimos y jamás pudimos ser a pesar de ser tantas otras cosas que siempre cuesta sostener. El dolor, el dolor real del que hablaban, ya no es para mí ajeno. Ni siquiera es compañero, es casi un parásito. Se lo va llevando todo mientras respiro, mientras camino, mientras esquivo las conversaciones y me voy evitando ciertas calles. A veces llueve, a veces no, decías tú. Otras veces sale el sol. Y mientras perdemos, mientras los puentes que una vez nos unieron, ahora nos alejan, nos damos cuenta de que jamás volveremos a ser los mismos. No es una cuestión de querer, es el orden natural de las cosas. Sería asqueroso salir indiferente, pretender algo que no es, engañarnos tan rastreramente. Ni siquiera sé si conseguiré ser mejor, no sé si conseguiré un cambio hacia adelante. En este momento querría mirar al futuro y ver que estoy tranquila, con la vida que lleve, con lo que sea esto que estoy construyendo hoy. Verme entera, ni siquiera pido ser feliz.
Nadie puede prepararse nunca para lo peor. La imaginación no hace justicia a la realidad en ningún caso. Sólo puede uno salir adelante si afronta la realidad, no la idea. No se puede saber la magnitud del daño hasta que está hecho, y ya lo que queda es seguir, mirando hacia quién sabe dónde, seguramente, pero seguir, mientras la vida empuja y aguarda algo diferente escondido entre las nubes, porque todo está entre ellas, preparando la calma con cuidado. Y como siempre, todo acaba en revolución, como las cosas que han tenido un significado y una implicación desmesurada, como todo lo que es inigualable. Siempre se me quedarán cortas las palabras para describir lo grandes que hemos sido.
Sólo revoluciones.
lonelyrevolutions.

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Pasa el tiempo. Y no para de pasar.

Lo único que me quita el sueño.

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Qué bonito es el amor. ¿Quién no querría enamorarse? Quién querría estar solo y no creerse capaz de todo, hasta de disfrutar de la rutina. Ilusionarse otra vez, pensar que todo puede ser casi infinito; y que, a pesar de tener principio y fin, todo suene tan atemporal...
El no sentirse sólo se ha vuelto un negocio. A nadie le importa que estés solo pero quieren buscarte compañía: '¡Entra aquí, encontraremos a alguien al 99% similar a ti!'. Y ya está, directo a las ofertas 2x1, a los packs dobles, así de fácil.
La compañía y el amor, no van unidas pero, ¿cuál va primero?

Sensación de necesitar siempre un poquito más que el resto para conseguir llegar al mismo lado.

Y pasar el tiempo estudiando los pomos de las puertas.

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Siempre ha sido así,
la palabra la tiene tan sólo quien puede sostenerla.
Con fuerza o verdad, eso es cuestión de cada uno.

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En ocasiones se pueden sentir los impulsos de la vida, toboganes hacia arriba, la opción de acabar teñidas de rojo las rodillas, por caernos, porque nos tiran.
Y experimentar la ironía, de sólo querer ascender y sentir que el mundo te aplasta contra los andenes, las esquinas.
Acabar bajo el flexo a las tantas, descrifrando absurdos, sin querer creer en el juego que afirma que cuando uno siente nada, es que dentro no hay nada.

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Dividir algo insignificante entre un mundo, da poco más de cero.


I could never be the puzzle pieces
(...)
I'm not half what I wish I was
I'm so angry, I don't think it'll ever pass
And I was bad news for you, just because
I never meant to hurt you


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Si los desnudos son consensuados, entonces secundo viajar en el tiempo que huye entre los enredos de tu pelo.


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Lo de su obsesión con las nubes nunca fue una garantía de nada, pero sí una vía de escape, o una afición que le hacía sentir bien. Como lo de escribir, pintar... nunca se trató de destacar, sino de hacerlo.



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Las cosas más difíciles de recomponerse son las que, al romperse, no emiten sonido alguno.



[Aunque ensordezcan una vida]

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No fuimos un encuentro casual en un día cualquiera,
somos dos mundos que no pueden olvidarse.
Dos, mirando hacia el cielo,
que se ayudan buscando Casiopea
y duermen enredados.
Fue un encuentro, quizá casual
pero necesario para nuestra supervivencia.

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De esto que vas en el autobús y miras a lo lejos y no hay más que un montón de nubes, ¿sabes? Muchas nubes esponjosas y bajas, encima de las montañas, encima de los edificios. Y corre una brisa que entra por las ventanas, ¿verdad? Porque el autobús va rápido aunque a ti no te importaría tardar un poco más. Y esa sensación grande y rara de sentirse tranquilo con todo. Sabes... eso de sentirse un poco en paz.

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El tiempo consigue siempre darnos margen para poner al día algunos asuntos que teníamos pendientes desde hacía ya. El tiempo no cura ni ayuda, si no quieres. Como para todo, se requiere una pizca de voluntad. Sin ella, alzas la vista al cielo y ves al mundo dar vueltas, como esas escenas de las películas en que la cámara gira alrededor de un personaje.
Sin embargo, seguimos teniendo problemas con eso de crecer. Cuanto más queremos hacerlo, más sentimos que topamos contra algo que nos impide seguir. Pero cuando no lo piensas, te ves dejando de hacer cosas que antes te contentaban por cualquier razón que te hace fruncir el ceño al decirlo. Puro engaño. A veces creo de verdad que ponemos todo el empeño del mundo en no dejarnos ilusionar más.

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He tenido esta noche el universo entero encima de mi cogote y no he sentido nada. Mentira. He tenido un pedazo de cielo oscuro y pequeño delante de mis ojos y no he sentido nada. Casi cierto. He sentido nada, en este caso nada es todo lo que preferiría obviar. Pero ha sido tan desbordante que... Se ha derrumbado encima de mí, ha vaciado su contenido estelar y me ha hecho una herida que no sé localizar a pesar de su profundidad. Y en este instante me libraría de cualquier pensamiento que no estuviera a la altura, pero he de arrojarlo también, como algo importante que se vuelve deshecho cuando te has cansado ya de convivir con ello. O porque falta espacio y algo hay que tirar. He visto toda la claridad que puede alumbrar una noche, sin confundirme con la atmósfera lumínica urbana. Mentira. Quizá no. Sí, me sigo recuperando de lo diminuta que me he percibido, intento crecer y la gravedad me hace chocar con el suelo, lo real, las decisiones, los problemas y lo simple que es todo si le quitas el sentimiento que lo complica.