No me concentro en ningún sitio, no me parezco a ningún lado.
Ya no había lugar donde contradecirme o soportar mi apariencia.
Quería cubrirlo todo de medianoche y llover la vida pasar.
Y es que, a veces, estoy, fugaz y brillante, en mi paréntesis de ceniza.
Y es que otras, cabe en mi sombra esta ficción, tierna y prometida.
Todo esto es materia, irradiando un olor oscuro y después,
me quedo fría y, además, pronuncio esa hemorragia que me lleva
a mi comienzo y a mi espacio, a las nubes que salen en los libros.
Recojo mis cosas tontas y poemas, y me abandono en la orilla,
preguntando a los espejos, como si nadie hubiera escrito ya de esto, 
como si nadie hubiera contemplado este invierno suspendido
y este vaivén violento que hace el viento
donde sólo queda crecer más adentro de uno mismo.




Querido  ....


  Creo que acaba de salir el sol. Hasta hace unos días era difícil de decir; al final del día el agua acababa entrando en las casas calando alfombras y pequeños rincones (ah, y uno de mis libros preferidos que dejé junto a la ventana). No es que viva en una casa mal construida pero, de verdad, ha llovido como nunca pensé que podría hacerlo. Sé lo mucho que lo hubieras odiado después de haberte tirado dos años con ese tiempo (y todos aquellos incidentes); por eso no puedo evitar que me haga gracia ver llover. Es como si fueras a aparecer maldiciendo en cualquier momento.
  Es demasiado pronto y ya me estoy revolviendo en mi asiento. El frío está durando más de lo normal y tengo las manos y los pies congelados de forma permanente. Me asombra ver la cara de la gente si me tocan; es como, no sé; como si de repente tuviese alguna anomalía evidente y me dijeran con la mirada: "¿Qué diablos te ocurre, es que no te has dado cuenta?" Y estuviera loca por no hacer algo al respecto, necesariamente. 
  A pesar de lo que te prometí, creo que esto es lo primero que escribo en meses. Pienso ideas, monto una historia en mi cabeza y la desarrollo brevemente pero, por lo normal, estoy demasiado cansada como para llevarlo a cabo. A veces cojo el Bic y trazo líneas sobre un folio, sólo para no olvidar cómo es el tacto y ese sonido casi imperceptible que resulta tan placentero. Debería hacerlo más. 
  Algo que he retomado es la fotografía. Nunca compartí tu opinión de que fuera algo fácil y para todo el mundo. Es cierto que para encontrar algo bueno hay que buscar, pero es como todo, ¿no? A veces lo mejor es guiarse por lo de "menos es más", por eso decías que lo mío era simple pero con alma. Creo que así es como he intentado vivir mi vida siempre, por eso lo de la simpleza me parece un cumplido. Aun así me gustaba discutir sobre ello. Igual en unos meses edito algo si es que no he perdido las ganas y he conseguido acabar esto.
  No suelo salir mucho. Lo hago cuando la cabeza me lo pide y tampoco en esos momentos presto demasiada atención alrededor. Supongo que entre eso y la música, ¡es un milagro que un coche no me haya pasado por encima! Ya no es como al principio, ¿entiendes? Aunque todo sea nuevo. Supongo que no lo he podido encontrar.
  Mis paredes son azul pastel y el techo es alto. En el escritorio hay latas vacías de refrescos, entradas de cine, papeles y quizá algo de polvo. Al lado de mi portal hay una tienda de ropa infantil. Ese sería mi adelanto a tus tres preguntas de rigor. La ventaja es que también podría adelantar tu respuesta a todo esto. Supongo que, más que predecible, detrás de lo malo te llegué a conocer.
 Aunque el sabor ahora sea otro. Aunque nunca vayas a leer esto, y yo no pueda dejar de escribir.
  
Uno se equivoca cuando piensa que lleva los zapatos del presente y estos corren mucho más deprisa. Se equivoca al creer que puede obviar esa vieja piedra amiga estratégicamente situada una vez más. Siente la bala detrás de tu cabeza, no te alcanza, no te roza, pero nunca descansa. 

Nada importa cuando vuelves debajo del edredón y la sábana, haciéndote una bola y dejando de ser quién no eres. Tan sólo sabiendo que no eres quién una vez soñaste ser. Y que cada noche es un poquito más tarde para conseguirlo. Sólo porque nadie te dio un empujón a tiempo o porque la vida se ceba un poquito más con los más débiles. Así es como se crean personas que se arrastran desde primera hora de la mañana.
Era de juego sucio. Incansable y cruel. Sus raíces emergían con furia y sed de libertad. Se había destruido sin haberlo encontrado. Se había resignado y abandonado. Se rasgaba al respirar, ya no dolía. Esperó más de una vida con la mirada perdida. Sufrió más de mil noches, ya no se culpaba. No se reconocía pero apenas lo hizo un día. Se fue en silencio, tal y cómo llegó. Tenía rota la voluntad. Dejó que el mundo hiciera su trabajo. Ya nadie se acuerda de que a veces sonreía. Quizá nunca importó. Y si se quiere vengar es por justicia. Será imparable, y cuando llegue el momento, recuperará el lugar que siempre le correspondió, aunque ya no quede ninguno que lo vea.
No basta una luz para despertar.
No se trata del desayuno de por las mañanas,
de la leche fría o caliente con cereales,
de la cantidad de cacao que eches.
No basta la ducha de rigor,
el agua tibia que te envuelve,
la piel de gallina al empezar a vestirte.
No es cuestión de las canciones,
del tiempo que tarden en activarte,
por lo suaves o duras que sean.
No vale tampoco la claridad del día,
los ruidos cotidianos o las conversaciones entabladas,
con su menor o mayor nivel de profundidad.
El verdadero despertar llega mucho antes.
Aunque sea tarde en el tiempo.
Llega con él. Con el tacto.
Con perder la linea entre querer y necesitar.
Con pensar y que sólo importe,
que esté aquí, y empezar a volar
solamente con el privilegio de sus labios.
Ya no es temprano y, sin embargo, las personas entran y salen de la angustia, como la luz a los portales. No recuerdan cómo son, cuando no eran esto. Desde ambas partes, fuera y dentro, son todos lo mismo. Con una sombra diferente que tiene que empezar a recordar a golpe de despertador cómo se sonríe, como se dice hola y aprender de nuevo olores que más tarde romperán su equilibrio, como los amores clavados en oblicuo. La prisa les invade cuando les preguntas; algunos te confían en silencio que son un mar de dudas. Que caminan a otros lugares, a planetas transparentes, donde los antidepresivos tengan forma de clásicos acordes. Donde la exigencia no sea el horario sino sentir su propio nombre. Porque aquí no hay lugar para el cambio. Si la noche va detrás del día, la costra detrás de la herida, la melancolía tras la pérdida. Y dormir, dormir incesantemente tras la vida.

Les odiabas, no querías ni mirarles. Pero, algo en el fondo, quería parecerse a ellos. Se veían felices, despreocupados. Siempre rodeados de gente, siempre siendo los primeros en enterarse de algo. Pero no podías encajar. No te interesaban las mismas cosas, ni la ropa, ni la música. Tú lo sabías, pero ellos desde mucho antes. Que nunca serías así, de esas personas a las que estás deseando llamar para contarles de lo que habla todo el mundo y salir a donde sale todo el mundo. Tarde, comprendiste que su aceptación no valía traicionarte a ti mismo. Y eso, solamente pudo alejarte más. Creías que eran modelos a seguir pero aún recuerdas sus burlas pendientes de todos tus actos. Nunca, nunca puedes salir de ahí. Porque la vida no deja de ser eso mismo, se repite en casa, se repite en el trabajo, se repite allá donde vayas. Y lo único a lo que puedes aspirar es a encontrar algún sitio donde ser eso que eres, esté bien. Tener tu espacio para respirar sin sentir que incluso algo tan sencillo, cuesta. Intentar que cuente que eres la mejor persona que has podido llegar a ser dadas las circunstancias. 
Me cabe en las manos, esa persona que sueña con dormir y duerme sin soñar. Me cabe entre los dedos, esa mujer que nunca lo será, que apenas está madura y nunca caerá del árbol. Es pequeña, siempre quiere despegar y alzarse pensando que fuera hay algo mejor, pero en cuanto lo hace siente el peligro y vuelve a su diminuto hogar. Tanto tiempo así ha hecho que su imaginación se desarrolle hasta tal punto que consiga tener un mágico poder: el de crear lo que ella desee. Como sólo puede usarlo una vez cada setecientos años, tiene que ser astuta para no desperdiciarlo. Habría tantas cosas que quería, empezando por la libertad. Estaba presa de sí misma. De sus manos ancianas. Y no quería morir sin haber conocido esas grandes sensaciones que recordar antes de expirar. Así que reunió toda su fuerza y creó un cetro. Un cetro de forma preciosa y colores brillantes en tonos verdes y malva. De él emergía un humo que ascendía tan alto que se perdía en la línea del horizonte. También tendría que ser inteligente a la hora de usarlo puesto que sus poderes eran limitados. Cuando llegaron los momentos previos a que debiera abandonar este mundo,  usó el cetro para experimentar una vez detrás de otra todo lo que para ella era desconocido. Así pues, dispuesta a ser feliz antes de abrazar la muerte, cerró los ojos y su vida comenzó a dar vueltas. El cetro hacía su trabajo, coloreando los alrededores de miles de colores, de halos de luces increíbles alrededor de su cuerpo casi inerte. Al cerrar los ojos, pudo ver el cielo. Se sentía ligera y ágil, podía girar y dar vueltas, acariciar esas esponjitas blancas que tanto había estudiado desde ahí abajo, con sus nuevas alas de ave. Saludó a los truenos, atravesó el arcoíris, se lanzó hacia los rayos y esquivó peligros. Cuando más emocionante estuvo la aventura, un destello de luz apareció y, de repente, tocaba la tierra. Corría rápido, la tierra bajo sus pies dejaba caminos de humo, el sonido de sus pisadas le encantaba y le hacía ir aún más deprisa. Avanzaba a través de una senda, el paraje era caluroso y sentía los matorrales arañarle la cara, pero le producía placer. Quiso gritar de felicidad pero lanzó un rugido que espantó miles de pájaros alrededor. Entonces comprendió. Paró y bebió agua de un lago cercano y, al ver su reflejo, sonrió. El destello volvió a aparecer y vio cómo sus manos humanas le quitaban el pelo de la cara, empapado, bajo la tormenta. Minutos después, el cielo se abrió en la oscura noche y aparecieron miles de millones de estrellas cayendo hacia ella, estrellas fugaces a las que no pidió ningún deseo.  Se tumbó y saboreó los instantes hasta que el nuevo destello apareció.  De repente apareció en un lugar abarrotado de personas, la gente la empujaba, tenía calor pero no le importaba porque se centraba en cantar y saltar, sentir la energía de ver a tus ídolos en concierto, sentir sus voces retumbar dentro, los instrumentos fusionados creando algo impresionante. Empezó a sentirse débil y supo que la siguiente sería la última cosa que viviera. Estaba en una habitación acogedora, era un cuarto algo desordenado con estanterías llenas de libros, cd’s y demás objetos. Ya conocía todo aquello, no era nuevo para ella. Se sentía feliz de estar ahí, supo que el viaje acabaría con lo mejor que le puede pasar a alguien. Escuchó ruidos en otra parte de la casa, y su estómago se encogió. Sonrió al oír los pasos acercarse y una tos inconfundible. La puerta se abrió y otra sonrisa sonrió a la suya. Y otra mirada se iluminó en el reflejo de la suya. Y otras manos se acariciaron sobre otras manos. Y unos labios se apagaron en otros labios. 



Visto mi cuerpo de un alma que no tengo y camino, sin descansar, me arrastro. 
Elimino la palabra "esperanza" de mi conocimiento y salgo.
Dejo que la insignificancia lo conquiste todo.
Me uno a los parásitos, me voy.

Grande Alejandra...


"Y yo me cubro, yo me envuelvo, me mezo en mi nostalgia preferida, me abrazo a la almohada y lloro, me avergüenzo de mi edad y no comprendo por qué, tan de repente, ya no soy una niña."
— Alejandra Pizarnik
Despertar y no saber nunca qué hora es
por la oscuridad de la habitación.
Esa era la gracia, se decía. Sin horarios. 
Encender el piloto de la poesía de la mente.
Siempre cuando no hay papel cerca.
Esa era la gracia, le decían,
ahí esta la verdadera vocación.
El deseo de alimentarse de ello.
Aun considerando la compañía
de los versos matutinos exquisita,
no hizo más que echar en falta el calor humano
 entre las sábanas a primera
o última hora de la mañana.
 Esa, era la verdadera y única gracia.
El problema nunca fue tanto en dar a las personas que considerabas amigas; como en el hecho de considerar amigas a ciertas personas.
Recuerdo que estuve allí,
que fue más largo de lo que esperaba,
menos agradable.
Recuerdo haber conocido a muchos que no eran,
a pocos que parecían serlo,
y sólo uno que fue.
Recuerdo haber amado con más
de lo que me era humanamente posible.
Recuerdo que hubo lecciones que nunca aprendí
y personas a las que nunca escuché.
 Recuerdo que había muchas normas
y haber hecho caso sólo a mis teorías.
Recuerdo que de estas tuve muchas
 y me faltaron acciones.
Recuerdo haber intentado tantas cosas,
 y conseguir algunas.
Recuerdo mentiras y recuerdo pasarlo mal.
Pero también risas y cielos de todos los tipos.
 Recuerdo que estuve allí,
que observé más de lo debido
y debí participar más.
 Y te recuerdo a ti,
 porque sigues aquí.
Me paré en seco, una vez más, aunque no recordaba ya la última, y me dije: "Recuerda esto". Me obligué a ello, más bien. Guardé el instante intacto en el almacén de momentos o, como solía llamarlo, "Pequeños empujones para la vida diaria". Los que entran ahí tienen una luz, un color, un sabor sustancialmente diferente al resto. No es que lleguen al corazón, es algo más allá, un nivel más complejo; una sintonía entre corazón, cuerpo, cabeza... casi como el amor. Y lo quería, quería que durase más tiempo, no para siempre, pero sí lo suficiente como para que hubiese un cambio. Como si pudiese surgir una ínfima puerta en medio de todo que condujese a la propia vida, pero más adentro. Algo que pudiese coger con las manos y abrazar, como una persona a la que quieres y te quiere a su vez, como esa persona. Es ese aire que al impregnarte los pulmones se lleva la desazón y te invita a seguir hacia adelante, a hacerlo todo simple cuando realmente es así de simple, a pesar de que sigues odiando al mundo, sus reglas y la mayor parte de personas que viven en él. Pero no puedes conformarte con eso, por ello es que aún respiras y aún buscas algo que encuentres digno de llamar verdadero, el gran empujón para la vida.

El ser humano es inconformista para ciertas cosas, supongo que a veces cuenta más sentirse poseedor de un abanico de posibilidades que lo que en verdad posees. La reciprocidad es un término más bien dejado atrás. Me pregunto cuándo la gente con valores ha pasado a ser audiencia o actores de espectáculos del rollo Jersey Shore.

Va a doler siempre

¿Y qué dirían de la chica buena si supieran la verdad? Si supieran que todos estos años han sido un calendario de ficción, y que la vida que ha hecho creer a los demás no existe, precisamente porque está podrida. Porque el cansancio de las decepciones abrió un hueco donde empezó a criarse todo lo que dolía, todo se ha infectado por el asco hacia los iguales y hacia la vida ordinaria.
¿Y si supieran que aun poniendo todo el empeño en ser esa persona fría nunca lo pudo llegar a ser tanto? Que aún seguía dibujando cuerpos que la abrazaban con vistas a ponerles rostro algún día, convenciéndose de que sí importaba creer todavía en algo, aunque fuese en oleajes incesantes o lluvias de estrellas tras la niebla, y dolerse así de algo que al menos no contaminase, y que cerca, a alguien se le cayera algo de entendimiento en sus pies, antes de que fuese tarde.
Ódiate, por todo lo que te odiaron alguna vez los demás. Por todo lo que nunca fuiste ni serás. Por tu imagen en el espejo, ya que no es como pretendes ni tienes la fuerza de voluntad para cambiarla. Por tener esa incapacidad de relacionarte de una manera normal con cualquier otra persona. Por vivir más en tu cabeza que en el mundo. Por no entender a nadie ni haber dejado de intentar que alguien te entienda. Por no compartir metas y aspiraciones con la mayoría de la gente y no saber cómo vas a salir de esto, de esta situación de parálisis a todos los niveles.
Desde que tengo memoria, me he dormido bajo el brillito de las estrellas. Cada noche las estrellas trepan  por las paredes, con su leve tintineo y su susurro de madrugada. Tenerlas en el techo es una ventana al mundo de los sueños, donde no importa quién seas o qué deseas, ahí eres libre para alcanzarlo. Siempre las vi como algo temporal, encerradas en mi cuarto, como algo con lo que podía conformarme mientras aguardaba la verdadera noche estrellada, aunque fuese una sola, cada mucho tiempo, y valía la pena la espera.
Da miedo algo tan grande donde las estrellas ni siquiera son contables y parece que se te lanzan encima casi con violencia. Por eso a veces, no quiero salir de aquí y ver que el mundo es demasiado grande para mi, demasiado inmanejable.