En las noches de verano, las más largas e insomnes, es cuando, más que nunca, se aparecen. Tienen caras amigables, se manifiestan a veces entre caras conocidas, entre voces familiares, aullando cerca de mi garganta, sin respetar espacios, tiempos, deseos, nada. Aparecen de repente pero nunca puedes olvidarte de ellos una vez que se van, porque lo impregnan todo con su hedor y te absorben el día a día mientras se refugian en tus miedos, en tus pesadillas, y así, sin querer, se van llevando tus ganas de todo. Son fantasmas, en ocasiones ni siquiera los tuyos propios. Perfectos fantasmas de otras vidas que te recuerdan lo lejos que estas de ser uno de ellos, de ser tan buena que puedas siquiera intimidar. Son ideas que te rondan la existencia sembrando el autodesprecio una vez que te comparas con ellas. La violencia en tu cabeza.
Fantasmas que te vienen a recordar lo que siempre supiste. No se puede luchar contra ellos...
Recuerdo que no había mucha luz y se escuchaba un ligero zumbido de fondo. Recuerdo que tenía muchas ganas de venirme abajo pero no sé qué sensación salida de no sé qué epicentro de otra vida (pasada, futura o incluso, paralela) conseguía apaciguar todo y me hacía estar tranquila, como si ya no mereciese la pena estar mal. Recuerdo que alrededor estaban todos aquellos que me han hecho daño, sin muestras de haberse arrepentido, y supe que ya no me dolía, habían ganado ellos porque yo ya no era más un problema. Recuerdo no haber deseado eso ni haber querido estar ahí, y sé que busqué alguna salida a cualquier parte pero desistí antes de encontrar cualquier indicio de algo que no fuera ese momento, porque no estoy segura ni de que fuese un lugar concreto. Aún así, no recuerdo lágrimas, ni tristeza. No era como sentirse vivo. Era como si fuese lo correcto, cuando sientes que algo es como ha de ser. Esa tranquilidad rara. Rara porque nunca te acabas de reconocer en ella. Como cuando creías que no estabas hecha para el mundo. Con esa intensidad, cosas que se saben, sin más. Recuerdo que me aliviaba saber que ya no tenía que esforzarme por algo ni sentirme insuficiente por nadie, esa presión del pecho se había fugado, con todo lo demás. Recuerdo que la sensación de tener nada fue la mejor que he experimentado nunca, porque cuando careces de todo no puedes perder nada; y si no hay nada, no luchas por nada. Nada por lo que seguir, nada que duela ni hiciese sufrir; ni siquiera la capacidad para querer nada, nada más que nada, entera para mí, toda por delante, hasta que no pudiera recordar absolutamente nada.
- De eso se trata, ¿no? Es esto lo que hace la gente. Llegan a tu vida y les vas dejando entrar, poco a poco, casi a regañadientes. Porque siempre es la misma historia de siempre. Se hacen el hueco, se acomodan y después, siguen su vida y se van. Como si no hubiera pasado nada.
- Eso es lo que hacemos todos, sólo que desde nuestra perspectiva no parece tan malo. El que se va nunca siente que lo esté haciendo mal. De todas formas, ¿ese es tu miedo? ¿Que se alejen las personas y no te recuerden?
- No. No exactamente que me olviden. Tengo miedo de que se vayan, y yo me quede aquí para siempre en el mundo que recuerda que estuvieron, echando de menos, melancólica hasta el final de mis días. 


Nunca quise comerme el mundo, si el mundo no duerme sobre su cuerpo.
Dicen que lo mejor de los libros es que puedes volver siempre a la mejor parte.
Pero quién puede quitarse el sabor amargo de la boca, el saber que todo acaba mal, y volver a la parte buena ignorando que va a pasar... que nos la jugaron una y otra vez.
Nacimos inocentes, quizá soñadores, pero no gilipollas.
Reconozco que lo único que hubiese hecho esa noche fue escuchar tu corazón, sabiendo que lo recordaría para siempre. Ese momento, en que no te estás dando cuenta de nada. Y yo sólo existo para oírla, oír tu vida. Con todo el egoísmo del mundo, sabiendo que has elegido que ese instante sea para mí. Sentirte es lo único que hice esa noche. Y lo bien que sienta.



Murk es pequeña, y casi siempre tiene hambre. Vive en el pasado porque es lo único que tiene, y practica petit point con sus recuerdos. Murk hace lo mismo cada mañana: guarda todo su universo en la mochila y sale a primera hora a caminar. Odia madrugar pero, desde hace casi un año, las parálisis de sueño le impiden disfrutar de ser marmota cuanto quisiera. Las rutinas unen a las personas, por eso se conoce a medio barrio,  aunque siendo vergonzosa siempre evita saludar. No es una persona muy sociable pero ella ya no se culpa a sí misma. Murk ha deseado la muerte tanto como el ser salvada. Le causa una terrible tristeza sentirse sola, pero sabe que la gente como ella tiene ese destino. Desde hace años siente asco por las personas que hablan por hablar, cree que es como una enfermedad de la ignorancia; todavía no ha encontrado a nadie que entienda los silencios que necesita. Siempre ha tenido claro lo que quería ser; o, más bien, en lo que no quería convertirse, aunque en ciertos aspectos ha dejado directamente de esforzarse. De las cosas que más odia en el mundo está la sensación de asfixia. Por suerte, es consciente de la brevedad de todo lo que le rodea, y sólo vive con la esperanza de empezar a disfrutar ciertas cosas de nuevo algún día.
(continuará...)

Hay quienes no hemos tenido una vida fácil, quienes no hemos conocido la felicidad. Llegar hasta aquí ha sido largo y cuesta arriba, tan raro como verse de aquí a unos años, en el futuro. Entonces, ¿cómo quieren que sepamos cómo se siente, que vayamos detrás de un fantasma, a ciegas, sin apenas ayuda externa, y un día, sin más, nos reconozcamos en una idea casi desconocida?

Vivir, ese montón de deudas que pagamos sin necesidad de dinero. Eso que nos deben y, muchas veces, nunca llega. Eso que damos y se pierde en cúmulos por el cielo. Eso que nos arrancamos por otro, porque creemos ciegamente que merecería la pena. Esa continua decepción, de no sentir que vales tanto como para cerrar el trato. Ese miedo a envejecer, y hacer que otros paguen las consecuencias de lo que hicimos o dejamos de hacer.
Hay días en que no buscas nada. No buscas tener una conversación interesante. No quieres andar con prisa ni pedir perdón cuando empujas a alguien por caminar sin cuidado. No quieres carcajadas, no buscas ni cielos interesantes que fotografiar. No quieres apenas gente alrededor, no quieres escuchar más que un grupo, una sola canción en bucle. No rebatir a nadie por no discutir; por no querer, no quieres ni levantarte. No complicar las cosas. No hablar.
Sólo intentar reflejarte en otra pupila en la que estar seguro, y que se lleve la desazón de dentro.
No es tan difícil.

Para vivir ciertos momentos, no hay que pensar. No hay que llamar a viejos recuerdos que siembren el miedo. Ese miedo parásito del 'no ser tan (...) como debería' que arrasa con todo. Todo en mí. 
Para querer a las personas, no hay que compararse. Nunca serás otra persona; nunca habrá nadie igual que tú. Siempre me ha calmado pensar que quién nos quiere, encontrará un modo de permanecer en nuestra vida, o hará un hueco en la suya para nosotros. 
Quizá el truco esté en vivir en sintonía el instante que podemos llamar nuestro, este mismo, y quizá pensar en qué podríamos hacer mañana. Aprender de las diferencias y seguir. Confiar en que algo salga bien, en que yo también era digna de algo bueno, de merecer la pena.
No pienses de más.

El señor del banco de la calle paralela, ahora es conocido como 'el borracho', pero alguna vez, él sabe en qué lugar de su memoria, fue tratado precisamente de 'señor'.
Las circunstancias nos van haciendo bailar en terrenos que no elegimos. Que ni siquiera nos representan de algún modo. No se puede escapar uno tan fácilmente de la vida, y menos de la gente. Las personas somos un cáncer. Nos etiquetamos los unos a los otros, ponemos palabras por el mundo y hacemos que nos sigan, y nos siguen, porque siempre hay quién prefiere no pensar. 
Y cuando lo único que se pretende en el mundo es ser uno mismo, que tu propia definición de ti y de la vida sea la que se imponga a la hora de juzgarte, estamos jodidos, porque no se puede competir con la multitud, con lo que han decidido que seas.
Lo gracioso es que muchas veces esos descerebrados son los que aciertan cuando nos dicen que estamos nerviosos, tristes o simplemente raros, y lo ocultamos. Que pensamos que nos va mejor engañándonos a veces a ver si se pasa lo que se tenga que pasar. Y nos volvemos como las personas que siempre criticamos.
Como para entender algo...
Retorcerme en la cama completamente desprovista de prosa, con tan sólo el peso sobre los hierros, con tan sólo el sonido de los huesos, pidiendo estremecerse,
todavía
un
poco
más.
Y dejo aquí el trazar círculos con tizas, nunca ha servido hablar de lo que aún no existe ni de lo que alguna vez existió.
Y dejo la pala y paro de cavar, cuando ya no queda nada, porque ya sabemos el final.

Son más de diez años con el tormento a cuestas. Tachando los días, viviendo en la sala de espera, cogiendo los autobuses equivocados. Con profundas ansias sin denominación posible.
El anhelar que la siguiente etapa trajera algo de sentido a las cosas, en forma de personas o actividades, y acabar peor que al principio, donde no había cabida aún a traiciones y decepciones, donde al menos la duda era con uno mismo... no sé a dónde pertenezco, pero de este mundo no me siento. A dónde iré, que sea mejor que la sensación de dormir para no enfrentarme a ello. Quién me hará tener ganas de estar despierta.
Qué haré para no sentir que la vida es una lucha constante; que puedo, en algún momento, relajarme y respirar. Y estar, sencillamente, en un pequeño rincón de la ciudad que me permita ser yo misma. Sentir que no vivo para competir con nadie, que no vivo para ganar nada. Que las ansias eran de vivir mientras tenga la opción.


Rojo. Como tus ojos nada más abrirse. Como las primeras, las últimas horas. Rojo es el mar, el viento, cuando se enervan. Era el invierno y ahora no es más que lluvia. Rojo es todo lo que no haces. Es todo lo que se prende, lo que se emprende dejándose llevar. Los techos que te pones, son rojos. Las llamadas de cinco minutos. Rojos son números como el 1, como las islas como Ítaca. Tus labios, después de besar. Los desayunos en la cama. Rojas son las ganas de no volver a hacerse daño. O las ganas de estamparse sabiendo que van a cogerte después. El verano que no viene. Rojo es el corregirse. Asfixiarte en tu propia existencia. Rojos los latidos que se pierden cuando no se dirigen ni a ti mismo. Las ausencias, tienen matices rojos. Los celos. Preguntarse quién soy yo, preguntar quién eres tú. Rojo es el camino, o al menos, arder mientras lo andas.
Tienes que ser más avispada. Tienes que ser más correcta. Tienes que vestir mejor, tienes que vestir más como una chica. Tienes que sacarte una carrera. Tienes que sacar buenas notas. Tienes que dormir menos. Tienes que tener pareja (aunqueconesaropaquiénseibaafijar). Tienes que buscarte la vida. Tienes que saber más cosas. Tienes que acostarte pronto. Tienes que madrugar. Tienes que comer mejor. Tienes que ser más delgada. Tienes que ser menos vergonzosa. Tienes que conseguir un buen trabajo. Tienes que dejar de beber. Tienes que ser más disciplinada. Tienes que ordenarlo todo. Tienes que avisarme de las cosas. Tienes que dejar de agujerearte el cuerpo. Tienes que ayudarme (queyonopuedohacerlotodo) Tienes que buscar otros amigos. Tienes que dejar de pensar en tonterías. Tienes que caminar más recta. Tienes que hablar más. Tienes que cumplir con todos. Tienes que contar las cosas.  Tienes que salir menos. Tienes que tomar decisiones. Tienes que ser más madura. Tienes que aprender. Tienes que bajar de la inopia. Tienes que moverte más. Tienes que tener más morro. Tienes que pisotear si es necesario (otevanatorearsiempre). Tienes la vida por delante y no quiero que seas tú misma. 
Tienes que volver a empezar.
Creo que no se van a ir nunca de aquí. Sé que se estarán siempre, atormentándome los sueños. Confirmando mi torpeza cuando se me tuerza el mundo. Riendo los tropiezos. Siendo el eco de la inseguridad de los trece años. Y aún no asumo que tenga que convivir con ello. ¿Sabes eso de que no habrá paz hasta que una parte acabe con la otra...?
Cuántas estupideces habremos hecho por los demás. Cuántas veces habremos hecho estupideces "por nosotros". Decir que lo que haces es por el placer de sentir el egoísmo brotar en algún ínfimo espacio de dentro. Porque de otra manera, sería desmerecer el acto; porque, de otro modo, estarías echando balones fuera. Y somos conscientes al cubo, de que lo hacemos porque es necesario para seguir existiendo. No se trata de buscar ningún motivo externo... al revés, va directo a lo más profundo del pecho. Esa necesidad de necesitar a otro porque lo necesitamos. Así, redundante y pomposo. Empezar a agarrarte, encenderte, desnudarte, comerte, buscarte, pedirte y robarte, sólo por llenarme entera y rebosar, de lo que sea.
Lo único que me consuela es saber que alguna vez fuimos reales. Y la realidad pudo con nosotros.