Se agarró a la pared, tomó impulso y volvió dentro. Dejó su cuerpo quieto y se fue.
 Dentro, ¿dónde? De sí mismo. 
¿Entonces? Corrió las cortinas de su vida y buscó en las pilas de cacharros,
mientras algunos caían haciendo estruendo.  
Pero él lo encontró, allí estaba sin apenas tocar, el rincón de los diez años, la habitación antigua, el hueco entre literas.
Y se escondió allí, seguro, al fin.
Lo cierto es que, mientras escribo esto, tú quieres a otra.
Y la quieres, mientras enciendo el aparato de música y me inquieto.
Mientras espero que haya un lugar para nosotros,
mientras espero que me veas, algún día.
Tú has elegido ya, y yo acabo. Y ahora me toca dibujarte.
Que las palabras ya no...
Gracias por haber elegido tu papel para esta obra.
Por haberle dado vida en estos días de invierno, en estas noches cerradas.
Por haber formado parte de esta historia.
Hazme reír, hazme llorar. Seguiré sin saber cuándo abandonar.
Como una mala broma.
A veces, ni el mayor de tus esfuerzos consigue ser algo gratificante.
Personas que te plantean la duda: Tanto, ¿para qué?
Le conocí de tres maneras.
Con la primera ya fui suya.
Fue el ansia de querer adelantarme al mundo.
Sólo quería verte aparecer en una ciudad que odio.
Decían que era el tiempo. Más concretamente, es un reloj de arena.
Se olvida así, cubriendo de arena esa parte de tu vida, a un ritmo lento pero constante.
Poco a poco, los granos van cayendo adecuadamente en ciertos lugares, tapando resquicios.
No es cálida, a veces araña y pica. A veces desearías que parase, pero no lo hace. El reloj jamás se para,
y la caída sigue su curso.
Cada vez que lo piensas, quedan menos lugares descubiertos. En ese instante sabes cuáles,
es un proceso consciente.
Y tu rostro desaparece poco a poco, como lo que fue. Y va quedando un lugar plano y despejado.
Como una playa. La arena forma dunas, pues hay recuerdos que requieren más tiempo.
Entonces dejas de ser tú, y empieza a ser un desierto marrón de piedrecitas minúsculas.
Así puedo empezar a recordarte como algo que no eras, pero de esta forma no hace daño.



Es tiempo de comprender, que tú no eres, que ya no serás.
Que ya no me cubrirás de humo, ni te cubriré de mí.
Que esto se acaba, antes de volar. Antes de soplar, siquiera.
Que nunca más será a mi modo.


Nota mental: dejar de pedir perdón por las cosas que no has hecho con mala intención.
Anoche soñé contigo, viejo amigo. Me diste la mano en sueños y algo en mi realidad se ha estremecido. Hacía tiempo que no te recordaba, que no te veía sacándome pesetas de las orejas o chocolatinas de debajo de la mesa. Me sorprende acordarme de cada detalle de tu casa y lo poco que me gustaba ir, porque era antigua, grande y fea. Solía esconderme mientras veías la televisión, sentado donde siempre, con el bastón a un lado y las gafas con los cristales más gruesos del mundo. No me acuerdo de cuándo te perdimos, no recuerdo la última vez que te vi, pero sé que aquí siempre has faltado, desde que mi madre me llamó una tarde diciéndome que te habías ido al cielo. Me odio en estos momentos, por haber pasado más tiempo jugando bajo la mesa que escuchándote hablar de tus negocios, de tu pasado, de tus aventuras de militar. No pensé que te irías tan pronto ni que algún día tonto como hoy, me ibas a tocar la mano que no dejaba que me estrujaras cuando aún estabas ahí. No puedo dejar de pensar que hayas vuelto a mí por algo, que si te he podido sentir en sueños, ¿podrías haberme sentido tú a mí desde allí? Porque espero que de verdad estés en algún lugar del cielo, donde puedas seguir sacando sonrisas con tus trucos de magia de abuelo. 
Espero que sepas lo que estás haciendo, que lo tengas claro, aun sabiendo a ciencia cierta que no es así, espero que sepas hacer que sí, que todo es una estratagema y lo tienes todo planeado, y al final todo salga bien, porque no pueda ser de otra manera. Espero que conozcas a alguien que llegue a todos los lugares de tu alma que tienes olvidados, que sientas el vértigo del llano y hagas algo genial con él, como todo lo que consigues expresar. Espero que sigas siendo el chico confiado, inteligente, seguro e inquieto que conocí para que no te hagan venirte abajo. Y espero que algún día veas que mostrarlo no es signo de debilidad.
Espero que sepas. 

Felicidades.
Siempre pensé que era importante dejarse la piel en cualquier aspecto de la vida en el que uno se veía implicado. También creía que bastaba ser uno mismo en ciertos momentos, dar lo que uno podía. Me consideraba una persona dentro del mundo, pero cada día estoy más convencida de que hay gente que no sirve para eso. 
Si uno no consigue lo que quiere puede ser porque ha dejado de creer que puede llegar algo mejor y se ha conformado con lo cómodo. Que a la larga, es como volver a tener nada. 
Soñaba y soñaré. 
Es todo eso que alguna vez me dijiste, hace tanto, casi en otra vida: "Estas enferma de ganas".
Sin embargo ahora...
Necesito ir despacito.
Y sentirme así, como me gusta estar. .
"Lo peor es que buscas fuera lo que te sobra dentro".
Despacio.
Y no volver a dar la vida a quien no la entiende.
Sólo quería tranquilidad y entendimiento.

Sabes eso de... ir buscando. Pero todos buscan lo mismo que tú. No te sientes diferente a nadie pero no eres semejante a ninguno. Eliges cuándo abrirte al mundo, siempre demasiado temprano. No quieres nada que puedan ofrecerte, porque eso implica no encontrarlo por ti mismo. Se aprovechan de que saben lo que necesitas. No te dan nada, porque no tienen por qué. Quizá algún día alguien lo entienda.
No sé cuál será este país, pero hace frío. No sé cómo se llama, pero hace ya semanas que vivo en su regazo, que me canta a todas horas, para dormir, porque de noche no lo hago. Desde aquí puedo verlo todo, pero ese todo está conmigo desconectado. Creo que el mundo alrededor intenta hacerme perder la cabeza, pero presto tan poca atención que noto cómo la tierra se desespera, a veces quiebra y gruñe, se lamenta de que toda yo esté hecha aquí de indiferencia, de pies a cabeza, todo son piezas blancas que todo lo reflejan, pero no absorben nada.
Cada paso que das es más exagerado, menos comprensible. Vas volviendo a un lugar que no es desconocido, donde hay más estratagema que verdad. Dejas la luz encendida, no quieres volver, es la enfermedad del tiempo. Has entrado en su vida con esa dulzura que atraviesa el corazón y hace parecer su cuerpo idiotizado. Quisiera dejar de esperar constantemente la guerra, quisiera a veces volver a ser espectadora. No ser la tristeza extendida de una ausencia. Volver a contemplar la obra, cuando aún no te ha roído las arterias. Cuando aún la sonrisa conformista no es la prevista al conversar. Cuando la sorpresa no supera las expectativas. No disputarse las traiciones, o palpar la enemistad con el eco de los pasos. Esos que van tan lentos, esos que ya no reconoces, que no son tuyos ya, que no tiene intención, que se resisten y se entornan, que estás dejando de dar.
¿Te reconoces? ¿No eras tú la loca que escribía en pasos de cebra, publicaba mensajes en periódicos o cambiaba de ciudad unas horas por alguien? ¿Acaso eras consciente de lo que hacías? ¿Pensaste por un momento que podía salir bien? ¿Que alguien respondería de igual forma? ¿Qué esperabas? ¿Que resultase ser una persona especial? ¿Tenías la mínima esperanza de que te conociese un poco? ¿De que supiera exactamente cómo hacerte sonreír? ¿De que, al menos, tuviese la intención? ¿Esperabas que llegase una noche cualquiera, al bar que frecuentas, y se acercase a ti sonriendo a ritmo de una de tus canciones preferidas que previamente pidió para tal ocasión, y te cogiera de la cintura para bailar sintiendo cada uno de tus músculos moverse mientras su mirada se te clavaba en el pecho y se te encogía el corazón haciendo pararse absolutamente todo lo que existe? ¿Te tragaste semejante basura? ¿De verdad piensas que lo necesitas? ¿Cuándo dejaste de esperar? ¿Cuándo dejaste de creer que alguien podía verte de esa manera? ¿Que alguien pudiese creer en ti?

Soy fuerte. Soy grande, tan grande que no puedes conmigo. Volver y no dudar, levantar la mirada, no temblar. Lo tuve todo para vencer, lo tengo ahora. Pero antes no lo entendía. Hice ver a los demás su potencial, ignorando el mío. Soñaba con incapacidades, tenía los músculos reblandecidos, pesados. Mi cerebro ponía las negativas, mi cuerpo se encorvaba más y más. Me hacías pequeña y elegí que eso me afectaría. No te equivocaste señalando los defectos pero hubo más de un instante en que creí que eso era un impedimento. La solución está dentro, no el problema. Nunca me hiciste fuerte, porque siempre lo fui. Tienes suerte, porque a pesar de todo tengo la conciencia despejada, como mi porvenir. 
Esto, a diferencia de como hace un tiempo solía ser, ahora es la última vez que es para ti. Cuando queremos, nos permitimos ser demasiado considerados con personas conocidas que acaban pareciéndose a otras que odiarías. Lo peor es tener que olvidar a una persona que aparentemente ya no existe. Pero, ¿cómo podría existir? ¿Quién podría ser el mismo?
Sin embargo, lo peor sigue siendo asumir que esa porción del pasado que te pertenece, acaba viéndose desde esta perspectiva, como un sinsentido, un cúmulo de surrealismo, un cuadro de Dalí que acaba partido en dos pedazos, separados hasta que se va pudriendo poco a poco, con el tiempo.
No hay vuelta atrás, sólo para volver a la infancia egocéntrica, preguntarse por qué el mundo sigue siendo el mismo mientras uno siente el alma descompuesta, tan injusto que permita pasar por lugares que deberían estar vallados de por vida.
Estupidez, al no avanzar ni siquiera meses después con el insomnio, los nudos, los pensamientos intrusivos, y la desazón al ver vacío un cuarto que antes rebosaba de recuerdos, que ahora han sido secuestrados en un rincón recóndito del cual no puedes esconderte, porque vayas a dónde vayas va a estar ahí, incluso yendo hacia adelante, en ese futuro que ya no tendrás.


...

Tengo la experiencia suficiente como para saber que, cuando se pierde algo en la vida, hay que buscar el modo de reemplazarlo. No es un mecanismo deliberado, al menos no todas las veces. Tampoco se trata de sustituir lo perdido. El proceso puede parecer algo egoísta visto desde fuera, pero realmente no es más que la más pura forma de supervivencia, necesaria e irremediable. Todo aquel ente que pasa por nuestra vida provoca una pequeña revolución en nosotros, muchas veces se aprecia externamente pero lo que es indudable es que nuestro interior se modifica. Ya nada podría ser igual después, de hecho, nunca lo es, aunque el cambio sea simple, tan sutil, tan mínimo. Lo que viene tras la pérdida es un intento de restaurar el equilibrio natural, la homeostasis. Es un 'todo vale' cobarde pero justificado, como si viniera con receta.

...

No, no es un trueno. Es sólo un estruendo. Un derrumbe. Algo cruje y suena, resuena, sin hacer eco. Los niños aún no se inmutan, los adultos se despiertan. Otra vez. Se enciende una luz en el Quinto. En el Primero los sueños aún danzan, libres, vuelan. Los amantes susurran, a oscuras, se tientan. Los niños se desvelan, las mujeres se asoman, los maridos se quejan. Ruido otra vez, qué es. El patio de cabezas, se llena de batas. Ha sido un petardo, gamberros, qué lata, no, no ha sido eso, es una tormenta, he visto rayos, señora no invente, policía, qué escándalo. Madrugan las cisternas, chirrían las puertas, las luces no se acuestan. Los amantes se entremezclan, despacio. Ruido más fuerte, más largo, más raro. Ahoga el jadeo, el llanto, el cotorreo. Muere el pudor, el silencio, se calma el viento. El cabecero, la pared, íntimo encuentro. Los niños se arropan, las mujeres se rinden, los maridos se duermen. El ruido crece y enlentece. Más abajo se sienten, se estremecen. Se han vivido, de noche. Se duermen.