A veces, de madrugada, muy muy de madrugada, casi a esa hora en la que sé que va a empezar a entrar luz por la ventana y definitivamente no voy a poderme dormir, a esa hora, pienso en que tú duermes y siento rabia. A veces, me pregunto la razón por la que fui sólo un punto y final y jamás volviste a poner una coma más para seguir conociéndome pero, aún así, no es por ti por lo que me siento insuficiente para todos. A veces imagino que tu libro o poema favorito es el mismo que el mío, y que luego descubro cientos de cosas increíbles y empiezo a maquinar algo genial que poder regalarte porque sí, sin fecha, y engañarme otra vez más. Otras veces, mi mente se excita y las cosas que imagina son más imprudentes y caóticas pero todas comprenden nuestras bocas y toda la ropa que pueda pintar por el suelo de mi cuarto. A veces creo que voy a odiar para siempre la canción que siempre me ponía mientras esperaba y seguía esperando porque me lo pedían mis músculos y mis huesos y todo el agua de mi cuerpo, para después entender que siempre iba a ser de las que odian. A veces me hacen creer que el silencio no vale de nada, o que una mirada no es importante y estoy cansada de no saber luchar contra todas esas voces que me dicen "no deberías" cada vez que pienso en mí misma o en lo que es justo hacer aquí, en mi pecho. A veces creo que escribir sobre cosas tristes no me hace una persona triste; sólo una persona a la que le han pasado algunas cosas tristes y que desea, ante todo, ser una persona más feliz que se libera un poquito más con cada texto y aprender a vivir con ello sin romperse. Pero a veces me rompo y punto, y lo único que tengo no es más que un pozo roñoso, profundo y nada acogedor, pero mi mano no alcanza la superficie y no puedo salir, el tiempo es quien decide cuándo porque el tiempo es quién decide casi siempre. A veces es ridículo esperar que sí, que estando quietecita va a venir alguien a salvarte pero sé que es maravilloso cuando, de la nada, sale una mano que agarra tu mano con fuerza y no te suelta, cuando una masa de gente se aproxima en el centro de la ciudad y piensas que la frase I won't cross these streets until you hold my hand ahora es más literal que nunca. Algunas veces veo monstruos cuando la luz está apagada y les pregunto por su vida de monstruo; les digo que en este cuarto siempre serán bienvenidos cuando quieran un poco de tranquilidad aunque no sepa hacerles reír más que torpemente y contar chistes se me de fatal, pero puedo escuchar sin asustarme y, desde entonces, cuando les abrazo, son más blanditos. A veces haría películas con todo, todo todo, y así recordar las cosas que no hemos procesado; las que olvidamos al recuperar la imagen mental de aquel momento,  entonces haría un círculo junto con la sensación y, al volver atrás, descubrir detalles nuevos cada vez. Siempre se trata de círculos.
A veces creo que nada tiene sentido y que no hay ninguna cosa ni ninguna persona que pueda hacer algo contra eso. Entonces, encuentro la música de nuevo, la redescubro y hago el amor con ella. A veces no hay tiempo de explicar. A veces quiero un corazón nuevo.

Qué complicado el miedo, ¿verdad? Qué retorcido.
El miedo a sentir que no aproveché bien el tiempo. Miedo a aburrirme de vivir.
Que quizá nunca tenga la oportunidad de ser como quise ser. Que me quede a medio camino de todo.
Miedo a no haber sido lo suficientemente clara conmigo misma, con el resto, y haber perdido oportunidades de ganar algo. Miedo de haberme equivocado.
Ese miedo a que no haya recompensa al final por todo lo sufrido. El miedo de saber que no hay ninguna.
Miedo a olvidar o perderme. Miedo a acostumbrarme a vivir de la nostalgia.
Miedo a ser como todo el mundo. O que el rechazo continúe hasta el final por no serlo.
Miedo a no ser suficiente para nada, para nadie. Miedo de dejar de creer en mí.
Miedo a no encontrar el equilibrio entre emocionarme y sentir tristeza.
Miedo a que nunca se vaya la ansiedad. A que se vaya, y comenzar a vivir por mi cuenta.
El miedo a vivir. O a tener que pasar una vida sin saber qué es eso.



Espero que no te importe llevarte la piel contigo si vas a arañarme. 
Si vas a robarme tiempo, esconde todos los relojes, hazme olvidar en qué época vivo de aquí en adelante. 
Si vas a herirme, deja una grieta abismal, de esas que cubren el alma en cicatriz. Que la marca sea un tatuaje nuevo en mí. 
Si vas engañar, traiciona hasta a mi sombra. Hazte llamar por otro nombre, cambia, disfrázate de otra persona. 
Si vas a gritar, asegúrate de que tus aullidos me dejen sorda. 
Si vas a irte, recoge todo lo que has mejorado, perdido o roto. Recoge los trozos.
Pero, sobre todo, si vas a hacer algo de esto, quédate allí.
No quiero que vengas, no quiero que aparezcas.


Ha llegado por fin. La lluvia ha llegado a Madrid. Lo ha sumergido todo en desconcierto y un aire de melancolía. La tormenta repentina y deseada. La ciudad se estanca y parece desordenada, sombría, pero para mí es el momento en el que más viva está. Los lienzos espontáneos por culpa del vaho. Las primeras hojas de la estación nadando presumidas en los charcos que hacen de espejo para el manto acromático que se extiende en el cielo. Los colores de la temporada se engrandecen en estos, los primeros momentos en los que comienzo a sentir orgullo por ser de aquí, por volver al calor del hogar un otoño más al que espero sobrevivir.


Qué importa ya, septiembre, a dónde hayas ido. Has consumido hasta los mares.


"Voy a agonizar y voy a perder esto escaso que soy y me dejaré caer hasta no verlo. Hasta sentir ausencia y tenerlo todo claro, convertirlo en hueco y no percibir nada, y esperar paciente esa luz que me deslumbre. Hasta negarme cien veces y olvidarme, por fin, rasgarme los costados y volverme esqueleto hasta partirme. Dividirme, y trastornarme mientras trato de encontrarme, porque sé que habito en mí. Y lo hago, agonizo, sudo y sangro, busco el problema a ciegas dentro de un espacio blanco que chirría. Y balbuceo, doy vueltas de nuevo y muero de rabia. Que no entiendo porqué sólo deseo no estar, porqué sólo me reconforta el olor del frío."
Todas y cada una de esas personas se marcharon. Puede que fuera con el cambio del viento, o bien por la marea. Sí, creo que fue la marea. Pero no veo la luna que la haga cambiar, no sé dónde está ni porqué se lo ha llevado todo con ella. O puede que la luna sea yo, que me limito a estar en el vacío y que todo es por mi culpa.
Soy la mirada gélida que te seduce traviesa. Soy esos suaves labios de nieve mordiendo los tuyos, descendiendo impacientes. Soy la helada en la que te sumerges poco a poco. Mi lengua glacial por tu vientre humedeciendo tu respiración. Soy impasible iceberg contra el que peleas. Imperturbable escalofrío que te enciende y te estalla. Mi corazón de diamante te araña las entrañas; mis manos de cristal dibujando ardor sobre tu espalda cubierta de escarcha. Soy distante invierno que te abraza calándote el deseo. Soy el rocío al que excitas de madrugada, empañando las paredes. Soy la salvaje noche ártica culminando sobre tus sábanas blancas.
Me quedo la última y espero, a que todo esté en silencio. Luego, salgo de aquí dentro y bailo con la hora, la que sea, no importa. Me deshago en reproches, me entristezco pero no, no tengo tiempo. Entonces pienso, que a veces es lo mismo dormir y gritar, o ser parte de algo que no te provoca sentimiento. Es una revolución y se escapa, se me escapa sin haberla escrito primero. Entonces converso conmigo, leo en las paredes y cuento las gotas, las hojas, las pinceladas de ese Monet que me refugia. Y quiero irme, a rasparme las ideas a otro lado, muy lejos. A golpearlo todo para verlo de nuevo, sin esforzarme en recordar que ya habíamos perdido. A deshacerme de vivir. A buscar la perspectiva buena. A despedirme, aunque ya no quede nadie, porque todo está en silencio.
Ojalá hubiera una forma de recuperar todo aquello que hemos perdido. Así la nostalgia podría dejarnos vivir y nadie sabría lo que es echar de menos. En consecuencia, habría muchas lecciones huérfanas. Pero todos aquellos que dependemos bastante del pasado nos sentiríamos más liberados.

Qué pasaría entonces, si pudiéramos evitar perder lo que estamos a punto de perder. Lo que sabemos que, a ciencia cierta, se nos escapa de las manos. Que ya no habría que grabar en la memoria los últimos instantes, diciéndonos que son los últimos, mientras se nos rompe el alma intentando sin éxito agarrar eso que se va. Pero se ha ido ya.

No hay manera de recuperar, ni de impedir la pérdida. La solución es, pues, cambiar la actitud hacia todo ello. Manejar el dolor. Maquillarlo, empequeñecerlo, retrasarlo, ignorarlo. ¿Seríamos, de esta forma, quiénes somos u otros diferentes? ¿Nos hace eso, quizá, menos humanos?

Imperdonable y vacía. 
Desierta de comienzos. 
Abatida.
Cuando rompí el mundo que conocía,
algo mío regresó al punto de partida. 
Eso que aún revuelve en tus escritos tratando de reconocerse,
o adjudicarse algunas de tus palabras.
Palabras que usabas tú para luchar en tus batallas imposibles.
Esas que me llegaron, sin ser para mí.
Palabras que me creí, porque tuve que creer que sí.
Para seguir.


La vieja amiga, la que siempre estuvo ahí.
Soñabas con su ausencia,
pero en realidad nunca se iba.
Se vestía de paseo, bajo el sol o la tormenta.
Se volvía aliento, esas noches a escondidas.
Entraba como el sol por los huecos de la persiana,
por las mirillas de los desconfiados.
Por tus poros, entraba y sucumbías.
Volvía y se regodeaba en todo eso que eres,
y serás, y no te abandonará.
Porque es ella, la única y verdadera.
La ansiedad.

¿Qué es lo que quedaba? Escribir.
Escribir me dijeron que hiciera.
Escribir era lo que quería hacer.
Sin saber de qué, sin razón, sin sentido.
Una vez terminado todo,
sin tener ánimo
ni gusto para nada.
Ya sólo quedaba sentir lástima y después,
quizá,
escribir.


Cuántas cajas van ya, de esas de llenar con regalos, peluches, notitas, cartas breves, cartas largas. Arena de esa playa. Fotos de aquél día. Cajas llenas de promesas, en definitiva. Cuántos años llevas pidiendo las cosas 'por favor' y respondiendo 'gracias', esperando el turno con paciencia y callando cuando ves que otros se cuelan. Cuánto tiempo soñando con las mismas personas, distintos traumas, igual resultado: amargándote los días. Cuánta vida guardando dentro contestaciones que merecían otros, cultivando la rabia y la frustración que otros pagan contigo sin sentirse culpables.  Cuánta salud tirada por la ventana, y cuánto corazón en la basura, por elegir a las personas equivocadas con las que compartir las aventuras. Cuánto tiempo devaluando tu cuerpo y tu nombre, descuidándote a ti mismo por tratar de cubrir otras necesidades antes; por intentar llenar tu alma dependiendo de otras. Cuántas islas has formado dentro de tu mundo y tu casa, creyendo que podrías estar mejor así, creyendo que así podrían no volver a tocarte. Cuánto poder haber arreglado esos ladrillos, o haber mejorado algo. Cuántos noches insomnes pensando en las cosas que podrías haber hecho mejor, en el daño que tu también pudiste causar. Cuántos textos traduciendo sentimientos en papel, buscando alguien que no se asustase al leerlo. Y, más allá, rozando la locura: entenderlo. Cuántas llamas te han soplado, cuántas ilusiones reventadas con solo una palabra o gesto, por esa vulnerabilidad dichosa aprendida. Cuánta torpeza en tus actos, recayendo en antiguos errores, creyendo que siendo imperfecto puedes perderlo todo de nuevo. Cuántas formas reprimidas de ti mismo, sin reconocerte en nada, sin inquietud por descubrir cosas nuevas, con demasiada pereza para añadir algo criticable a tu vida. Cuántos gritos has ahogado, por no herir ni preocupar, por preferir hacer las cosas simples, por pretender que así evitabas el problema; mientras éste crecía dentro de ti, mientras te hacías mayor pensando que las maneras correctas y las opiniones válidas eran las de otros. Cuánto daño acumulado por tener una personalidad más hacia dentro, refugiada en cuatro nubes aleatorias en el cielo y en unos cuantos infantiles sueños débiles. Cuánto tiempo siendo una persona 'conveniente', amamantando defectos y escuchando canciones salvadoras, deseando a destiempo ser otra persona. Cuánto querer ser tu mar y cuánto te has ahogado por su culpa. Cuánta paciencia invertida en sacos rotos, cuantos golpes de claridad por acciones de otros, cuántas decepciones, cuantos perdones dados y tan pocos recibidos. Cuánta estación de vacío y de engaño, cuántas horas de espera viviendo en otra relación paralela. Cuánta gente borrosa a estas alturas, gente que te añoraba cuando te obligaban a marchar. Cuánto recurrir a los fantasmas, o convertirte tú mismo en uno de ellos. Cuántos años creyendo que el error eras tú cuando podía ser compartido, cuando ni siquiera echabas culpas fuera, cuando quizá sí que era tuyo. Cuánta soledad en el cajón, cuánto información de antemano de todo lo que ibas a sufrir, cuántas piedras iguales en tu camino, cuánta ceguera para ver ciertas cosas, cuánto tiempo perdido, cuánto amor regalado, cuánto compromiso en desigualdad de condiciones, cuánta falta de práctica para empezar ciertos caminos, cuántas sombras, cuánto contar espaldas, cuánta memoria y cuánto techo, cuánto morir en las tardanzas, cuánta confusión de términos, cuánto dilema sin resolver, cuánto desgaste, cuánto crecer del revés, cuántas preguntas huérfanas, cuánto muro invisible, cuánto error cometido, cuántas cosas mejorables, cuánto actuar con miedo, cuánta ansiedad por todo ello, cuántos calcetines desparejados, cuántos dibujos para distraerte, cuánto cadáver, cuánto insecto en el mundo, qué poco valor, cuánto poema de mierda, cuánta palabrería sin sentido, cuánta ciudad que no existe, como tú, como yo, como el no poder volver ahí, como el quedar atrapado en la misma trampa, en la misma asquerosa telaraña, como esos lugares perdidos donde habitaba tu esperanza.
Y yo paso, camino y, en cuestión de segundos, soy menos que antes; me deshago, y pequeñas partículas de mi piel se van quedando atrás, se las lleva el viento mientras yo, inocente, creo que lo que se va es lo que necesita irse y no. Cada vez más esqueleto.

Pasaron dentro de mi túnel, cuatro o cinco meses y unos cuantos años, y también días perdidos.
Cambié de lugar, casi constantemente, sin haberme movido, aparecía antes y después en el tiempo.
Escribía, por placer, por obligación, quizás. Yo ya no pensaba en ello, en cualquier otra cosa, ni en ti. Escribía sobre ti. Sin sentido o sentimiento, estabas y estarás, escribiré y habrá algo de ti, habrá algo en mí.
Y en ese mundo, seguiré del mismo modo, y el dolor seguirá doliendo como si fuera nuevo pretendiendo ser olvido. Nadie querrá entenderlo, y seguiré los días, días perdidos, dentro de lo oscuro consciente de que es tarde para esperar, para esperarle y que sepa, que pertenezco a ese sitio, dueña de un hueco y un bloc, y de cosas que ya no son pero están, y nadie querrá entenderlo.


¿Quién duerme con mis sueños?
¿Quién se quedó las medicinas?
¿Quién supo decir mi nombre y quién lo olvidó antes de acabar?
¿Quién pudo mirarme un instante?
¿Qué año olvidé arrancarme el pasado?
¿Cuántos sentidos guardé bajo la nieve?
¿Quién perdió la llave del tiempo?
¿En qué corriente de aire nos perdimos?
¿Qué fue lo que diferenciaba el dolor de lo demás?
¿Qué distancia nos empujó al acantilado?
¿Qué turnos dejé ir?
¿Cuántos tipos de sordera aprendí?
¿Quién doblaba las palabras y quién las convirtió en arena?
¿Qué día me hice falta?
¿Qué tipos de hambre sufrí?
¿Quién duerme conmigo, quién es oscuro?
¿Quién me acariciaba las ruinas?
¿Qué sombra me obligó a escribir?
¿Qué manos me esperaban al final?
¿Qué horizonte se llenó de silencio?
Y sobre todo, ¿Quién? ¿Quién me ha robado los malditos sueños?
No me concentro en ningún sitio, no me parezco a ningún lado.
Ya no había lugar donde contradecirme o soportar mi apariencia.
Quería cubrirlo todo de medianoche y llover la vida pasar.
Y es que, a veces, estoy, fugaz y brillante, en mi paréntesis de ceniza.
Y es que otras, cabe en mi sombra esta ficción, tierna y prometida.
Todo esto es materia, irradiando un olor oscuro y después,
me quedo fría y, además, pronuncio esa hemorragia que me lleva
a mi comienzo y a mi espacio, a las nubes que salen en los libros.
Recojo mis cosas tontas y poemas, y me abandono en la orilla,
preguntando a los espejos, como si nadie hubiera escrito ya de esto, 
como si nadie hubiera contemplado este invierno suspendido
y este vaivén violento que hace el viento
donde sólo queda crecer más adentro de uno mismo.




Querido  ....


  Creo que acaba de salir el sol. Hasta hace unos días era difícil de decir; al final del día el agua acababa entrando en las casas calando alfombras y pequeños rincones (ah, y uno de mis libros preferidos que dejé junto a la ventana). No es que viva en una casa mal construida pero, de verdad, ha llovido como nunca pensé que podría hacerlo. Sé lo mucho que lo hubieras odiado después de haberte tirado dos años con ese tiempo (y todos aquellos incidentes); por eso no puedo evitar que me haga gracia ver llover. Es como si fueras a aparecer maldiciendo en cualquier momento.
  Es demasiado pronto y ya me estoy revolviendo en mi asiento. El frío está durando más de lo normal y tengo las manos y los pies congelados de forma permanente. Me asombra ver la cara de la gente si me tocan; es como, no sé; como si de repente tuviese alguna anomalía evidente y me dijeran con la mirada: "¿Qué diablos te ocurre, es que no te has dado cuenta?" Y estuviera loca por no hacer algo al respecto, necesariamente. 
  A pesar de lo que te prometí, creo que esto es lo primero que escribo en meses. Pienso ideas, monto una historia en mi cabeza y la desarrollo brevemente pero, por lo normal, estoy demasiado cansada como para llevarlo a cabo. A veces cojo el Bic y trazo líneas sobre un folio, sólo para no olvidar cómo es el tacto y ese sonido casi imperceptible que resulta tan placentero. Debería hacerlo más. 
  Algo que he retomado es la fotografía. Nunca compartí tu opinión de que fuera algo fácil y para todo el mundo. Es cierto que para encontrar algo bueno hay que buscar, pero es como todo, ¿no? A veces lo mejor es guiarse por lo de "menos es más", por eso decías que lo mío era simple pero con alma. Creo que así es como he intentado vivir mi vida siempre, por eso lo de la simpleza me parece un cumplido. Aun así me gustaba discutir sobre ello. Igual en unos meses edito algo si es que no he perdido las ganas y he conseguido acabar esto.
  No suelo salir mucho. Lo hago cuando la cabeza me lo pide y tampoco en esos momentos presto demasiada atención alrededor. Supongo que entre eso y la música, ¡es un milagro que un coche no me haya pasado por encima! Ya no es como al principio, ¿entiendes? Aunque todo sea nuevo. Supongo que no lo he podido encontrar.
  Mis paredes son azul pastel y el techo es alto. En el escritorio hay latas vacías de refrescos, entradas de cine, papeles y quizá algo de polvo. Al lado de mi portal hay una tienda de ropa infantil. Ese sería mi adelanto a tus tres preguntas de rigor. La ventaja es que también podría adelantar tu respuesta a todo esto. Supongo que, más que predecible, detrás de lo malo te llegué a conocer.
 Aunque el sabor ahora sea otro. Aunque nunca vayas a leer esto, y yo no pueda dejar de escribir.
  
Uno se equivoca cuando piensa que lleva los zapatos del presente y estos corren mucho más deprisa. Se equivoca al creer que puede obviar esa vieja piedra amiga estratégicamente situada una vez más. Siente la bala detrás de tu cabeza, no te alcanza, no te roza, pero nunca descansa. 

Nada importa cuando vuelves debajo del edredón y la sábana, haciéndote una bola y dejando de ser quién no eres. Tan sólo sabiendo que no eres quién una vez soñaste ser. Y que cada noche es un poquito más tarde para conseguirlo. Sólo porque nadie te dio un empujón a tiempo o porque la vida se ceba un poquito más con los más débiles. Así es como se crean personas que se arrastran desde primera hora de la mañana.
Era de juego sucio. Incansable y cruel. Sus raíces emergían con furia y sed de libertad. Se había destruido sin haberlo encontrado. Se había resignado y abandonado. Se rasgaba al respirar, ya no dolía. Esperó más de una vida con la mirada perdida. Sufrió más de mil noches, ya no se culpaba. No se reconocía pero apenas lo hizo un día. Se fue en silencio, tal y cómo llegó. Tenía rota la voluntad. Dejó que el mundo hiciera su trabajo. Ya nadie se acuerda de que a veces sonreía. Quizá nunca importó. Y si se quiere vengar es por justicia. Será imparable, y cuando llegue el momento, recuperará el lugar que siempre le correspondió, aunque ya no quede ninguno que lo vea.
No basta una luz para despertar.
No se trata del desayuno de por las mañanas,
de la leche fría o caliente con cereales,
de la cantidad de cacao que eches.
No basta la ducha de rigor,
el agua tibia que te envuelve,
la piel de gallina al empezar a vestirte.
No es cuestión de las canciones,
del tiempo que tarden en activarte,
por lo suaves o duras que sean.
No vale tampoco la claridad del día,
los ruidos cotidianos o las conversaciones entabladas,
con su menor o mayor nivel de profundidad.
El verdadero despertar llega mucho antes.
Aunque sea tarde en el tiempo.
Llega con él. Con el tacto.
Con perder la linea entre querer y necesitar.
Con pensar y que sólo importe,
que esté aquí, y empezar a volar
solamente con el privilegio de sus labios.
Ya no es temprano y, sin embargo, las personas entran y salen de la angustia, como la luz a los portales. No recuerdan cómo son, cuando no eran esto. Desde ambas partes, fuera y dentro, son todos lo mismo. Con una sombra diferente que tiene que empezar a recordar a golpe de despertador cómo se sonríe, como se dice hola y aprender de nuevo olores que más tarde romperán su equilibrio, como los amores clavados en oblicuo. La prisa les invade cuando les preguntas; algunos te confían en silencio que son un mar de dudas. Que caminan a otros lugares, a planetas transparentes, donde los antidepresivos tengan forma de clásicos acordes. Donde la exigencia no sea el horario sino sentir su propio nombre. Porque aquí no hay lugar para el cambio. Si la noche va detrás del día, la costra detrás de la herida, la melancolía tras la pérdida. Y dormir, dormir incesantemente tras la vida.

Les odiabas, no querías ni mirarles. Pero, algo en el fondo, quería parecerse a ellos. Se veían felices, despreocupados. Siempre rodeados de gente, siempre siendo los primeros en enterarse de algo. Pero no podías encajar. No te interesaban las mismas cosas, ni la ropa, ni la música. Tú lo sabías, pero ellos desde mucho antes. Que nunca serías así, de esas personas a las que estás deseando llamar para contarles de lo que habla todo el mundo y salir a donde sale todo el mundo. Tarde, comprendiste que su aceptación no valía traicionarte a ti mismo. Y eso, solamente pudo alejarte más. Creías que eran modelos a seguir pero aún recuerdas sus burlas pendientes de todos tus actos. Nunca, nunca puedes salir de ahí. Porque la vida no deja de ser eso mismo, se repite en casa, se repite en el trabajo, se repite allá donde vayas. Y lo único a lo que puedes aspirar es a encontrar algún sitio donde ser eso que eres, esté bien. Tener tu espacio para respirar sin sentir que incluso algo tan sencillo, cuesta. Intentar que cuente que eres la mejor persona que has podido llegar a ser dadas las circunstancias. 
Me cabe en las manos, esa persona que sueña con dormir y duerme sin soñar. Me cabe entre los dedos, esa mujer que nunca lo será, que apenas está madura y nunca caerá del árbol. Es pequeña, siempre quiere despegar y alzarse pensando que fuera hay algo mejor, pero en cuanto lo hace siente el peligro y vuelve a su diminuto hogar. Tanto tiempo así ha hecho que su imaginación se desarrolle hasta tal punto que consiga tener un mágico poder: el de crear lo que ella desee. Como sólo puede usarlo una vez cada setecientos años, tiene que ser astuta para no desperdiciarlo. Habría tantas cosas que quería, empezando por la libertad. Estaba presa de sí misma. De sus manos ancianas. Y no quería morir sin haber conocido esas grandes sensaciones que recordar antes de expirar. Así que reunió toda su fuerza y creó un cetro. Un cetro de forma preciosa y colores brillantes en tonos verdes y malva. De él emergía un humo que ascendía tan alto que se perdía en la línea del horizonte. También tendría que ser inteligente a la hora de usarlo puesto que sus poderes eran limitados. Cuando llegaron los momentos previos a que debiera abandonar este mundo,  usó el cetro para experimentar una vez detrás de otra todo lo que para ella era desconocido. Así pues, dispuesta a ser feliz antes de abrazar la muerte, cerró los ojos y su vida comenzó a dar vueltas. El cetro hacía su trabajo, coloreando los alrededores de miles de colores, de halos de luces increíbles alrededor de su cuerpo casi inerte. Al cerrar los ojos, pudo ver el cielo. Se sentía ligera y ágil, podía girar y dar vueltas, acariciar esas esponjitas blancas que tanto había estudiado desde ahí abajo, con sus nuevas alas de ave. Saludó a los truenos, atravesó el arcoíris, se lanzó hacia los rayos y esquivó peligros. Cuando más emocionante estuvo la aventura, un destello de luz apareció y, de repente, tocaba la tierra. Corría rápido, la tierra bajo sus pies dejaba caminos de humo, el sonido de sus pisadas le encantaba y le hacía ir aún más deprisa. Avanzaba a través de una senda, el paraje era caluroso y sentía los matorrales arañarle la cara, pero le producía placer. Quiso gritar de felicidad pero lanzó un rugido que espantó miles de pájaros alrededor. Entonces comprendió. Paró y bebió agua de un lago cercano y, al ver su reflejo, sonrió. El destello volvió a aparecer y vio cómo sus manos humanas le quitaban el pelo de la cara, empapado, bajo la tormenta. Minutos después, el cielo se abrió en la oscura noche y aparecieron miles de millones de estrellas cayendo hacia ella, estrellas fugaces a las que no pidió ningún deseo.  Se tumbó y saboreó los instantes hasta que el nuevo destello apareció.  De repente apareció en un lugar abarrotado de personas, la gente la empujaba, tenía calor pero no le importaba porque se centraba en cantar y saltar, sentir la energía de ver a tus ídolos en concierto, sentir sus voces retumbar dentro, los instrumentos fusionados creando algo impresionante. Empezó a sentirse débil y supo que la siguiente sería la última cosa que viviera. Estaba en una habitación acogedora, era un cuarto algo desordenado con estanterías llenas de libros, cd’s y demás objetos. Ya conocía todo aquello, no era nuevo para ella. Se sentía feliz de estar ahí, supo que el viaje acabaría con lo mejor que le puede pasar a alguien. Escuchó ruidos en otra parte de la casa, y su estómago se encogió. Sonrió al oír los pasos acercarse y una tos inconfundible. La puerta se abrió y otra sonrisa sonrió a la suya. Y otra mirada se iluminó en el reflejo de la suya. Y otras manos se acariciaron sobre otras manos. Y unos labios se apagaron en otros labios. 



Visto mi cuerpo de un alma que no tengo y camino, sin descansar, me arrastro. 
Elimino la palabra "esperanza" de mi conocimiento y salgo.
Dejo que la insignificancia lo conquiste todo.
Me uno a los parásitos, me voy.

Grande Alejandra...


"Y yo me cubro, yo me envuelvo, me mezo en mi nostalgia preferida, me abrazo a la almohada y lloro, me avergüenzo de mi edad y no comprendo por qué, tan de repente, ya no soy una niña."
— Alejandra Pizarnik
Despertar y no saber nunca qué hora es
por la oscuridad de la habitación.
Esa era la gracia, se decía. Sin horarios. 
Encender el piloto de la poesía de la mente.
Siempre cuando no hay papel cerca.
Esa era la gracia, le decían,
ahí esta la verdadera vocación.
El deseo de alimentarse de ello.
Aun considerando la compañía
de los versos matutinos exquisita,
no hizo más que echar en falta el calor humano
 entre las sábanas a primera
o última hora de la mañana.
 Esa, era la verdadera y única gracia.
El problema nunca fue tanto en dar a las personas que considerabas amigas; como en el hecho de considerar amigas a ciertas personas.
Recuerdo que estuve allí,
que fue más largo de lo que esperaba,
menos agradable.
Recuerdo haber conocido a muchos que no eran,
a pocos que parecían serlo,
y sólo uno que fue.
Recuerdo haber amado con más
de lo que me era humanamente posible.
Recuerdo que hubo lecciones que nunca aprendí
y personas a las que nunca escuché.
 Recuerdo que había muchas normas
y haber hecho caso sólo a mis teorías.
Recuerdo que de estas tuve muchas
 y me faltaron acciones.
Recuerdo haber intentado tantas cosas,
 y conseguir algunas.
Recuerdo mentiras y recuerdo pasarlo mal.
Pero también risas y cielos de todos los tipos.
 Recuerdo que estuve allí,
que observé más de lo debido
y debí participar más.
 Y te recuerdo a ti,
 porque sigues aquí.
Me paré en seco, una vez más, aunque no recordaba ya la última, y me dije: "Recuerda esto". Me obligué a ello, más bien. Guardé el instante intacto en el almacén de momentos o, como solía llamarlo, "Pequeños empujones para la vida diaria". Los que entran ahí tienen una luz, un color, un sabor sustancialmente diferente al resto. No es que lleguen al corazón, es algo más allá, un nivel más complejo; una sintonía entre corazón, cuerpo, cabeza... casi como el amor. Y lo quería, quería que durase más tiempo, no para siempre, pero sí lo suficiente como para que hubiese un cambio. Como si pudiese surgir una ínfima puerta en medio de todo que condujese a la propia vida, pero más adentro. Algo que pudiese coger con las manos y abrazar, como una persona a la que quieres y te quiere a su vez, como esa persona. Es ese aire que al impregnarte los pulmones se lleva la desazón y te invita a seguir hacia adelante, a hacerlo todo simple cuando realmente es así de simple, a pesar de que sigues odiando al mundo, sus reglas y la mayor parte de personas que viven en él. Pero no puedes conformarte con eso, por ello es que aún respiras y aún buscas algo que encuentres digno de llamar verdadero, el gran empujón para la vida.

El ser humano es inconformista para ciertas cosas, supongo que a veces cuenta más sentirse poseedor de un abanico de posibilidades que lo que en verdad posees. La reciprocidad es un término más bien dejado atrás. Me pregunto cuándo la gente con valores ha pasado a ser audiencia o actores de espectáculos del rollo Jersey Shore.

Va a doler siempre

¿Y qué dirían de la chica buena si supieran la verdad? Si supieran que todos estos años han sido un calendario de ficción, y que la vida que ha hecho creer a los demás no existe, precisamente porque está podrida. Porque el cansancio de las decepciones abrió un hueco donde empezó a criarse todo lo que dolía, todo se ha infectado por el asco hacia los iguales y hacia la vida ordinaria.
¿Y si supieran que aun poniendo todo el empeño en ser esa persona fría nunca lo pudo llegar a ser tanto? Que aún seguía dibujando cuerpos que la abrazaban con vistas a ponerles rostro algún día, convenciéndose de que sí importaba creer todavía en algo, aunque fuese en oleajes incesantes o lluvias de estrellas tras la niebla, y dolerse así de algo que al menos no contaminase, y que cerca, a alguien se le cayera algo de entendimiento en sus pies, antes de que fuese tarde.
Ódiate, por todo lo que te odiaron alguna vez los demás. Por todo lo que nunca fuiste ni serás. Por tu imagen en el espejo, ya que no es como pretendes ni tienes la fuerza de voluntad para cambiarla. Por tener esa incapacidad de relacionarte de una manera normal con cualquier otra persona. Por vivir más en tu cabeza que en el mundo. Por no entender a nadie ni haber dejado de intentar que alguien te entienda. Por no compartir metas y aspiraciones con la mayoría de la gente y no saber cómo vas a salir de esto, de esta situación de parálisis a todos los niveles.
Desde que tengo memoria, me he dormido bajo el brillito de las estrellas. Cada noche las estrellas trepan  por las paredes, con su leve tintineo y su susurro de madrugada. Tenerlas en el techo es una ventana al mundo de los sueños, donde no importa quién seas o qué deseas, ahí eres libre para alcanzarlo. Siempre las vi como algo temporal, encerradas en mi cuarto, como algo con lo que podía conformarme mientras aguardaba la verdadera noche estrellada, aunque fuese una sola, cada mucho tiempo, y valía la pena la espera.
Da miedo algo tan grande donde las estrellas ni siquiera son contables y parece que se te lanzan encima casi con violencia. Por eso a veces, no quiero salir de aquí y ver que el mundo es demasiado grande para mi, demasiado inmanejable.
Vas a morir esta noche, ha empezado la cuenta atrás para que detone el corazón. Una vida es insuficiente para todo. Pero una sola vida es suficiente. Es la enfermedad que termina con el diagnóstico. Y quieres morir porque te hartas de comer baldosines y de los laberintos que acechan, porque toda tu vida te parece inoportuna y te acabas excluyendo de tu propio abecedario. Te hartas de la insistencia del mundo en ausencia de cualquier luz, de la sed que no se sacia y del reconstruir; de comer mierda y de ser contenedor de vidas ajenas.


Mírate, inmóvil, comprobando a cada rato un reloj que no mide tu tiempo.
Tu cuerpo te aprieta y representa lo inútil, cada vez más lejano y lleno de dolores comunes.
Vives mareado, sabiendo que cuando te vayas del todo, nadie sabrá tu nombre.
La caída es abrumadoramente vertiginosa en días como estos. Alguien se cuela en tu cabeza y no eres tú. Tanto tiempo dibujando sobre la realidad es cansino, y es humanamente difícil intentar ahuyentarse de lo que se avecina. Es como pensar que el vacío es redondo y está situado en un lugar concreto, al que a veces acudes, pero en realidad escapa a cualquier definición y se asoma a todas horas. Ninguno vamos a ningún lado, salvo más cerca o más lejos de nosotros mismos; escapamos desnudos y los que escribimos guardamos el desastre para crear una bonita historia. El lenguaje se vuelve puntiagudo, casi febril, y nos hace agujeros en la piel, y siempre se harán más grandes, como las caries, y no puedes ignorarlo. Esa sensación de saber quién va a ganar, sea el juego que sea, y nunca eres tú. Nos extinguimos un poco en días como esos y huimos de los corazones que creemos no merecer, destrozándolo todo con miedo. Y ya nunca podemos volver a ser lo que hemos sido, ni siquiera en nuestra sola presencia. La fricción va dejando unas grietas, que a mí ya no me da pena estar al margen de todo eso que llaman 'mundo', ni sentir que soy muy tarde, ni amontonar cartas que no saldrán de mis fronteras, ni tener que sujetarme los huesos con las manos, ni que la gente olvide lo importante mientras yo lo tenga claro, ni permanecer muda cuando quiera hablar en nombre de una ilusión, ni la imposibilidad de responder ciertas preguntas que nacen en la sombra que asumo escrita para el resto de mis días.
Nunca he necesitado grandes emociones o aventuras para sentirme mejor, para sentirme viva. Lo único que necesitaba era que me devolvieras la mirada.
Creo que debería arrancarme el corazón y ponérmelo de sombrero. Porque pienso más con él que con la cabeza, me parece que desde que tengo memoria siempre ha sido así. Eso ha llevado a muchas roturas de todo tipo y dimensión, como se veía venir. Aún así parecía que merecía la pena, aunque eso no siempre se ha cumplido. Porque la desproporción y la falta de equilibrio llega a herir en niveles que no son de este planeta. Con todo esto, mantengo la esperanza de que no vuelva a pasarme, porque sobre todo intento defender mis valores hasta el final e intento equivocarme cada día un poco menos. Intento ser la mejor versión de mí que pueda, aunque sea una mierda igualmente. 
No creo que haya forma a estas alturas de arreglar en mí lo que está torcido. Uno tiene sus desperfectos, o se los hace, para que convivan hasta el último de los días. Quejarse es inevitable, a veces es por puro placer de maldecir; y ayudar, en verdad nunca sabré si ayuda. Poco importa. Lo que ocurre es que cada día es más complicado aceptarse aun con eso, con lo inservible y desadaptativo. Ser un sesgo andante, consciente de ello y con todo intentar fallidamente ser feliz, una y otra vez. Porque todo va empujando, dirección muerte, a pesar de no sentirse plenamente vivo. Creciendo con una mente débil y un corazón que apenas bombearía por sí solo. Un corazón en un cuerpo que, aun deteriorado, irremediablemente pone todo lo que le quede en conservar esa ilusión, hasta el final.

Quizá algún día, ya no existan por detrás esas voces bajo las cuales te sientes de rodillas. Y que el mundo o, simplemente, la gente con la que trates, no sea una egoísta hija de la gran puta. Y que reúnas el valor que te ha faltado para todo en algún momento. Y que las cosas en las que pones el corazón te salgan bien porque es la única manera. Y que la persona que te dice que te quiere se quede contigo, y que por fin algo sea de verdad.
Necesidades. Las básicas que conocemos todos. Las no menos básicas como la de necesitar expandirse en el mundo tal y como es uno. Y la de tener a alguien que te deje hacerlo, y a quien dejar ser él mismo. 
En las noches de verano, las más largas e insomnes, es cuando, más que nunca, se aparecen. Tienen caras amigables, se manifiestan a veces entre caras conocidas, entre voces familiares, aullando cerca de mi garganta, sin respetar espacios, tiempos, deseos, nada. Aparecen de repente pero nunca puedes olvidarte de ellos una vez que se van, porque lo impregnan todo con su hedor y te absorben el día a día mientras se refugian en tus miedos, en tus pesadillas, y así, sin querer, se van llevando tus ganas de todo. Son fantasmas, en ocasiones ni siquiera los tuyos propios. Perfectos fantasmas de otras vidas que te recuerdan lo lejos que estas de ser uno de ellos, de ser tan buena que puedas siquiera intimidar. Son ideas que te rondan la existencia sembrando el autodesprecio una vez que te comparas con ellas. La violencia en tu cabeza.
Fantasmas que te vienen a recordar lo que siempre supiste. No se puede luchar contra ellos...
Recuerdo que no había mucha luz y se escuchaba un ligero zumbido de fondo. Recuerdo que tenía muchas ganas de venirme abajo pero no sé qué sensación salida de no sé qué epicentro de otra vida (pasada, futura o incluso, paralela) conseguía apaciguar todo y me hacía estar tranquila, como si ya no mereciese la pena estar mal. Recuerdo que alrededor estaban todos aquellos que me han hecho daño, sin muestras de haberse arrepentido, y supe que ya no me dolía, habían ganado ellos porque yo ya no era más un problema. Recuerdo no haber deseado eso ni haber querido estar ahí, y sé que busqué alguna salida a cualquier parte pero desistí antes de encontrar cualquier indicio de algo que no fuera ese momento, porque no estoy segura ni de que fuese un lugar concreto. Aún así, no recuerdo lágrimas, ni tristeza. No era como sentirse vivo. Era como si fuese lo correcto, cuando sientes que algo es como ha de ser. Esa tranquilidad rara. Rara porque nunca te acabas de reconocer en ella. Como cuando creías que no estabas hecha para el mundo. Con esa intensidad, cosas que se saben, sin más. Recuerdo que me aliviaba saber que ya no tenía que esforzarme por algo ni sentirme insuficiente por nadie, esa presión del pecho se había fugado, con todo lo demás. Recuerdo que la sensación de tener nada fue la mejor que he experimentado nunca, porque cuando careces de todo no puedes perder nada; y si no hay nada, no luchas por nada. Nada por lo que seguir, nada que duela ni hiciese sufrir; ni siquiera la capacidad para querer nada, nada más que nada, entera para mí, toda por delante, hasta que no pudiera recordar absolutamente nada.
- De eso se trata, ¿no? Es esto lo que hace la gente. Llegan a tu vida y les vas dejando entrar, poco a poco, casi a regañadientes. Porque siempre es la misma historia de siempre. Se hacen el hueco, se acomodan y después, siguen su vida y se van. Como si no hubiera pasado nada.
- Eso es lo que hacemos todos, sólo que desde nuestra perspectiva no parece tan malo. El que se va nunca siente que lo esté haciendo mal. De todas formas, ¿ese es tu miedo? ¿Que se alejen las personas y no te recuerden?
- No. No exactamente que me olviden. Tengo miedo de que se vayan, y yo me quede aquí para siempre en el mundo que recuerda que estuvieron, echando de menos, melancólica hasta el final de mis días. 


Nunca quise comerme el mundo, si el mundo no duerme sobre su cuerpo.
Dicen que lo mejor de los libros es que puedes volver siempre a la mejor parte.
Pero quién puede quitarse el sabor amargo de la boca, el saber que todo acaba mal, y volver a la parte buena ignorando que va a pasar... que nos la jugaron una y otra vez.
Nacimos inocentes, quizá soñadores, pero no gilipollas.
Reconozco que lo único que hubiese hecho esa noche fue escuchar tu corazón, sabiendo que lo recordaría para siempre. Ese momento, en que no te estás dando cuenta de nada. Y yo sólo existo para oírla, oír tu vida. Con todo el egoísmo del mundo, sabiendo que has elegido que ese instante sea para mí. Sentirte es lo único que hice esa noche. Y lo bien que sienta.



Murk es pequeña, y casi siempre tiene hambre. Vive en el pasado porque es lo único que tiene, y practica petit point con sus recuerdos. Murk hace lo mismo cada mañana: guarda todo su universo en la mochila y sale a primera hora a caminar. Odia madrugar pero, desde hace casi un año, las parálisis de sueño le impiden disfrutar de ser marmota cuanto quisiera. Las rutinas unen a las personas, por eso se conoce a medio barrio,  aunque siendo vergonzosa siempre evita saludar. No es una persona muy sociable pero ella ya no se culpa a sí misma. Murk ha deseado la muerte tanto como el ser salvada. Le causa una terrible tristeza sentirse sola, pero sabe que la gente como ella tiene ese destino. Desde hace años siente asco por las personas que hablan por hablar, cree que es como una enfermedad de la ignorancia; todavía no ha encontrado a nadie que entienda los silencios que necesita. Siempre ha tenido claro lo que quería ser; o, más bien, en lo que no quería convertirse, aunque en ciertos aspectos ha dejado directamente de esforzarse. De las cosas que más odia en el mundo está la sensación de asfixia. Por suerte, es consciente de la brevedad de todo lo que le rodea, y sólo vive con la esperanza de empezar a disfrutar ciertas cosas de nuevo algún día.
(continuará...)

Hay quienes no hemos tenido una vida fácil, quienes no hemos conocido la felicidad. Llegar hasta aquí ha sido largo y cuesta arriba, tan raro como verse de aquí a unos años, en el futuro. Entonces, ¿cómo quieren que sepamos cómo se siente, que vayamos detrás de un fantasma, a ciegas, sin apenas ayuda externa, y un día, sin más, nos reconozcamos en una idea casi desconocida?

Vivir, ese montón de deudas que pagamos sin necesidad de dinero. Eso que nos deben y, muchas veces, nunca llega. Eso que damos y se pierde en cúmulos por el cielo. Eso que nos arrancamos por otro, porque creemos ciegamente que merecería la pena. Esa continua decepción, de no sentir que vales tanto como para cerrar el trato. Ese miedo a envejecer, y hacer que otros paguen las consecuencias de lo que hicimos o dejamos de hacer.
Hay días en que no buscas nada. No buscas tener una conversación interesante. No quieres andar con prisa ni pedir perdón cuando empujas a alguien por caminar sin cuidado. No quieres carcajadas, no buscas ni cielos interesantes que fotografiar. No quieres apenas gente alrededor, no quieres escuchar más que un grupo, una sola canción en bucle. No rebatir a nadie por no discutir; por no querer, no quieres ni levantarte. No complicar las cosas. No hablar.
Sólo intentar reflejarte en otra pupila en la que estar seguro, y que se lleve la desazón de dentro.
No es tan difícil.

Para vivir ciertos momentos, no hay que pensar. No hay que llamar a viejos recuerdos que siembren el miedo. Ese miedo parásito del 'no ser tan (...) como debería' que arrasa con todo. Todo en mí. 
Para querer a las personas, no hay que compararse. Nunca serás otra persona; nunca habrá nadie igual que tú. Siempre me ha calmado pensar que quién nos quiere, encontrará un modo de permanecer en nuestra vida, o hará un hueco en la suya para nosotros. 
Quizá el truco esté en vivir en sintonía el instante que podemos llamar nuestro, este mismo, y quizá pensar en qué podríamos hacer mañana. Aprender de las diferencias y seguir. Confiar en que algo salga bien, en que yo también era digna de algo bueno, de merecer la pena.
No pienses de más.

El señor del banco de la calle paralela, ahora es conocido como 'el borracho', pero alguna vez, él sabe en qué lugar de su memoria, fue tratado precisamente de 'señor'.
Las circunstancias nos van haciendo bailar en terrenos que no elegimos. Que ni siquiera nos representan de algún modo. No se puede escapar uno tan fácilmente de la vida, y menos de la gente. Las personas somos un cáncer. Nos etiquetamos los unos a los otros, ponemos palabras por el mundo y hacemos que nos sigan, y nos siguen, porque siempre hay quién prefiere no pensar. 
Y cuando lo único que se pretende en el mundo es ser uno mismo, que tu propia definición de ti y de la vida sea la que se imponga a la hora de juzgarte, estamos jodidos, porque no se puede competir con la multitud, con lo que han decidido que seas.
Lo gracioso es que muchas veces esos descerebrados son los que aciertan cuando nos dicen que estamos nerviosos, tristes o simplemente raros, y lo ocultamos. Que pensamos que nos va mejor engañándonos a veces a ver si se pasa lo que se tenga que pasar. Y nos volvemos como las personas que siempre criticamos.
Como para entender algo...
Retorcerme en la cama completamente desprovista de prosa, con tan sólo el peso sobre los hierros, con tan sólo el sonido de los huesos, pidiendo estremecerse,
todavía
un
poco
más.
Y dejo aquí el trazar círculos con tizas, nunca ha servido hablar de lo que aún no existe ni de lo que alguna vez existió.
Y dejo la pala y paro de cavar, cuando ya no queda nada, porque ya sabemos el final.

Son más de diez años con el tormento a cuestas. Tachando los días, viviendo en la sala de espera, cogiendo los autobuses equivocados. Con profundas ansias sin denominación posible.
El anhelar que la siguiente etapa trajera algo de sentido a las cosas, en forma de personas o actividades, y acabar peor que al principio, donde no había cabida aún a traiciones y decepciones, donde al menos la duda era con uno mismo... no sé a dónde pertenezco, pero de este mundo no me siento. A dónde iré, que sea mejor que la sensación de dormir para no enfrentarme a ello. Quién me hará tener ganas de estar despierta.
Qué haré para no sentir que la vida es una lucha constante; que puedo, en algún momento, relajarme y respirar. Y estar, sencillamente, en un pequeño rincón de la ciudad que me permita ser yo misma. Sentir que no vivo para competir con nadie, que no vivo para ganar nada. Que las ansias eran de vivir mientras tenga la opción.


Rojo. Como tus ojos nada más abrirse. Como las primeras, las últimas horas. Rojo es el mar, el viento, cuando se enervan. Era el invierno y ahora no es más que lluvia. Rojo es todo lo que no haces. Es todo lo que se prende, lo que se emprende dejándose llevar. Los techos que te pones, son rojos. Las llamadas de cinco minutos. Rojos son números como el 1, como las islas como Ítaca. Tus labios, después de besar. Los desayunos en la cama. Rojas son las ganas de no volver a hacerse daño. O las ganas de estamparse sabiendo que van a cogerte después. El verano que no viene. Rojo es el corregirse. Asfixiarte en tu propia existencia. Rojos los latidos que se pierden cuando no se dirigen ni a ti mismo. Las ausencias, tienen matices rojos. Los celos. Preguntarse quién soy yo, preguntar quién eres tú. Rojo es el camino, o al menos, arder mientras lo andas.
Tienes que ser más avispada. Tienes que ser más correcta. Tienes que vestir mejor, tienes que vestir más como una chica. Tienes que sacarte una carrera. Tienes que sacar buenas notas. Tienes que dormir menos. Tienes que tener pareja (aunqueconesaropaquiénseibaafijar). Tienes que buscarte la vida. Tienes que saber más cosas. Tienes que acostarte pronto. Tienes que madrugar. Tienes que comer mejor. Tienes que ser más delgada. Tienes que ser menos vergonzosa. Tienes que conseguir un buen trabajo. Tienes que dejar de beber. Tienes que ser más disciplinada. Tienes que ordenarlo todo. Tienes que avisarme de las cosas. Tienes que dejar de agujerearte el cuerpo. Tienes que ayudarme (queyonopuedohacerlotodo) Tienes que buscar otros amigos. Tienes que dejar de pensar en tonterías. Tienes que caminar más recta. Tienes que hablar más. Tienes que cumplir con todos. Tienes que contar las cosas.  Tienes que salir menos. Tienes que tomar decisiones. Tienes que ser más madura. Tienes que aprender. Tienes que bajar de la inopia. Tienes que moverte más. Tienes que tener más morro. Tienes que pisotear si es necesario (otevanatorearsiempre). Tienes la vida por delante y no quiero que seas tú misma. 
Tienes que volver a empezar.
Creo que no se van a ir nunca de aquí. Sé que se estarán siempre, atormentándome los sueños. Confirmando mi torpeza cuando se me tuerza el mundo. Riendo los tropiezos. Siendo el eco de la inseguridad de los trece años. Y aún no asumo que tenga que convivir con ello. ¿Sabes eso de que no habrá paz hasta que una parte acabe con la otra...?
Cuántas estupideces habremos hecho por los demás. Cuántas veces habremos hecho estupideces "por nosotros". Decir que lo que haces es por el placer de sentir el egoísmo brotar en algún ínfimo espacio de dentro. Porque de otra manera, sería desmerecer el acto; porque, de otro modo, estarías echando balones fuera. Y somos conscientes al cubo, de que lo hacemos porque es necesario para seguir existiendo. No se trata de buscar ningún motivo externo... al revés, va directo a lo más profundo del pecho. Esa necesidad de necesitar a otro porque lo necesitamos. Así, redundante y pomposo. Empezar a agarrarte, encenderte, desnudarte, comerte, buscarte, pedirte y robarte, sólo por llenarme entera y rebosar, de lo que sea.
Lo único que me consuela es saber que alguna vez fuimos reales. Y la realidad pudo con nosotros.
Hay días en que, simplemente, comprendes que el punto de llegada es más parecido al de partida de lo que hubieras podido soñar. Las cosas dan vueltas, pero sólo eres consciente cuando el mundo permite que, por un milisegundo, asomes la cabeza por tu lado del asiento. Sentir la luz en la cara y el aire fresco.
Dicen que se puede volver al lugar, pero no al tiempo. Pero nadie cuenta con los que nos estancamos en ciertas etapas. Entonces, el tiempo nunca pasa. Por mucho que digamos que hemos cambiado, crecido, superado el pasado. Al final sólo eres una persona asustadiza y que se siente segura en lugares y pensamientos que nunca nadie conocerá.
Tengo un problema: escribir me hace llorar.
Uno no se siente solo, hasta que piensa en que lo está.
He leído mucho sobre este sentimiento, sobre esta pesadumbre, de saber que el mundo es el mismo con la propia ausencia. No es difícil estar solo, es peor lidiar con el pensamiento de que nadie te necesita o se acuerda de ti. Todos necesitamos sentir que somos... que no somos cualquiera.

Asúmelo. Eres de esas personas que no se acaban recordando. Que no trazan líneas en las vidas de otros. Que no marcan páginas.
Pasas desapercibido, como la vida alrededor, a tus ojos.
Amor no era, no podía ser.
Se nos hacía tarde los domingos,
se aburrieron nuestros nombres, se fueron las luces,
llegó el frío y nos fuimos a dormir con las buenas intenciones
devastadas.
Amor no era. No sé que podrá ser.

Duda contradictoria

No sé quién soy, y tampoco
si eso me convierte en un extraño.
Siento, reflexiono, deseo, hablo.
Grito a veces consignas
de las que no estoy muy seguro.
Mi aparente contradicción
sólo dice que no existe
tal indecisión en mi conformado ser
inconstante. No sé quién soy.
Borges no es Borges, es otro
y yo también, o tampoco.
Mi voz son muchas voces
y seguro que una de ellas es
la voz real que al afirmarse
sobre las otras, emerge
sacándome de mi duda.
Aunque puedo ser yo y más gente.
Uno de esos enfermos que al preguntarse
y responderse a sí mismos conforman
un diálogo grouchiano.
Ni siquiera sé si creo lo que digo.
No sé si en verdad dudo de quién soy.
No sé si son demasiadas dudas
para un solo poema.

-  Domingo C. Ayala (Marbella, 1981)

La ciudad de las palabras


A veces creo que triste
me siento más tranquila.
Quizá sea
una forma de luchar
con la mentira, o que hoy
no me queden más lágrimas
con que borrar tus huellas.
A veces creo que triste
es más fácil escapar
de la incoherencia:
pasear a solas, creer
en todas las mentiras
o en ninguna, dibujar
el escenario desnudo
de tu vida.

Sin adornos, armada
sólo con miradas, te ofrezco
inventar un mundo donde
de veras quepan las palabras.

- Elvira Lozano
He redescubierto antiguos placeres.
Me despierto, me cepillo los dientes,
hago lo que se espera de mí. No más.
Respondo de forma cortés, sonrío en silencio.
Camino y camino, deseo llegar y anclar la mirada en las historias,
que reposan en papel para servirme de refugio.
Tras seis meses, lo propio es dejar de esperar.
No levantarme ni alzar el peso del corazón sobre el suelo.
Me callo y asiento.
Ahora juego sola donde tú solías jugar conmigo.
Estoy sumida en el mutismo que supone que no existas.
No es recordar, la causa de esta sombra. 
Es la decisión de arrastrarme entre las palabras,
como alternativa a nada.




Me gustaría sentarme aquí, con un par de libros o tres. Los que necesite tener cerca.
Quizá también un cuaderno con suficiente espacio en blanco.
Respiraría despacio durante ese tiempo, no tendría que hablar. No habría nada, más que
rimas, personajes, historias cruzadas, finales eternos, problemas y desenlaces, y algo de tinta. Puede que, a ratos, música.
Lo tendría todo. Sería cualquiera. Estaría lejos.
El escenario del mundo real sería mi cabeza.
Nunca estaría sola.

...

No me agobio, ¿sabes? No me agobio cuando hago las cosas mal. Ni siquiera cuando hago las cosas bien pero debería haberlas hecho perfectas.
Llevo muy a mano, a golpe de mis pasos, la idea de que esto acaba de empezar, pero se terminará fundiendo con algo que me es desconocido. Un día ya no habrá más gestos ni miradas. Y entonces, sólo entonces, importará una mierda el haber hecho las cosas bien o mal. El no haber sido perfecta.
Por eso no me siento responsable, ni me siento culpable. Al final sólo cuenta el haber hecho lo que te piden las tripas. Lo de dentro.




Si estás ahí,

esperando que cambie el año
para cambiar

esperando que sea lo que Dios quiera
para querer

esperando la oportunidad de tu vida
para vivir


esperando que el destino gire
para girar


esperando ver qué sigue
para seguir


Entonces sólo estás jugando a las escondidas con la muerte.
-  Alejandra Dening
Me has dejado más dolor del que he sido consciente jamás. Si fuese posible, ahora me siento más perro verde.  Me has dejado la tristeza que nace a media tarde y nunca se va. Me has dejado sola odiando mi compañía.
Voy a cansarme de ser la que pasa a escondidas por las vidas de otros.
Debería aprender a evitar que las cosas me marquen tanto.
Ser la que decide. La fuerte.

Soy enemiga de la prisa, de las decisiones. Decida lo que decida, el universo voltea
y remueve los días, las personas. Y no da tiempo a pensar si lo haces bien o mal.
Tan sólo asumir. Asumir que todavía no estás haciendo las cosas como quieres.


Serás quién yo quiera que seas.
Querré disolverme en ti, a deshoras.
Servirás de compañía y ausencia en esta guerra.
Me harás daño, cuando así sea.
Callarás cuando calle, en silencio, me odiarás
por no poder rebelarte.
Y yo, te odiaré cuando seas,
te odiaré cuando me roces
y cuando ordene que calles.
Eres quien quise que fueras,
un exceso de una ausencia,
de un hombre al fin y al cabo,
desconocido.
Qué serio esto de la mañana.
Esto de llamar día sólo a la parte coloreada.
Deja que me agarre al aliento de tu monólogo de aire.
Enloquece mi parte hecha de polvo, de cielo acristalado.
Háblame de que se puede matar por alguien.
Que sólo yo puedo salvarme.
Cúbreme la mente.

 En esos instantes en que nos besamos los labios, nos mordemos y nos atrapamos, empiezo a sentirme humana. Tus besos, tu contacto, tu calor me devuelve a mi propia existencia. Y no quiero parar, y te busco. Porque no vale cualquiera. Pero cuando dejo de besarte, eres uno más. Porque sólo eres eso, besos.

Soy muy infeliz viviendo más en mi cabeza que en el mundo,
y aún no he encontrado a nadie que lo pueda entender,
desprovisto de armas y juicios.
Lo único que he aprendido, es que no se puede amar destruyendo.
Y aún así prometo que algún día sonreiré cuando te recuerde.
Primero, necesito volver a reconocerme.
Se agarró a la pared, tomó impulso y volvió dentro. Dejó su cuerpo quieto y se fue.
 Dentro, ¿dónde? De sí mismo. 
¿Entonces? Corrió las cortinas de su vida y buscó en las pilas de cacharros,
mientras algunos caían haciendo estruendo.  
Pero él lo encontró, allí estaba sin apenas tocar, el rincón de los diez años, la habitación antigua, el hueco entre literas.
Y se escondió allí, seguro, al fin.
Lo cierto es que, mientras escribo esto, tú quieres a otra.
Y la quieres, mientras enciendo el aparato de música y me inquieto.
Mientras espero que haya un lugar para nosotros,
mientras espero que me veas, algún día.
Tú has elegido ya, y yo acabo. Y ahora me toca dibujarte.
Que las palabras ya no...
Gracias por haber elegido tu papel para esta obra.
Por haberle dado vida en estos días de invierno, en estas noches cerradas.
Por haber formado parte de esta historia.
Hazme reír, hazme llorar. Seguiré sin saber cuándo abandonar.
Como una mala broma.
A veces, ni el mayor de tus esfuerzos consigue ser algo gratificante.
Personas que te plantean la duda: Tanto, ¿para qué?
Le conocí de tres maneras.
Con la primera ya fui suya.
Fue el ansia de querer adelantarme al mundo.
Sólo quería verte aparecer en una ciudad que odio.
Decían que era el tiempo. Más concretamente, es un reloj de arena.
Se olvida así, cubriendo de arena esa parte de tu vida, a un ritmo lento pero constante.
Poco a poco, los granos van cayendo adecuadamente en ciertos lugares, tapando resquicios.
No es cálida, a veces araña y pica. A veces desearías que parase, pero no lo hace. El reloj jamás se para,
y la caída sigue su curso.
Cada vez que lo piensas, quedan menos lugares descubiertos. En ese instante sabes cuáles,
es un proceso consciente.
Y tu rostro desaparece poco a poco, como lo que fue. Y va quedando un lugar plano y despejado.
Como una playa. La arena forma dunas, pues hay recuerdos que requieren más tiempo.
Entonces dejas de ser tú, y empieza a ser un desierto marrón de piedrecitas minúsculas.
Así puedo empezar a recordarte como algo que no eras, pero de esta forma no hace daño.



Es tiempo de comprender, que tú no eres, que ya no serás.
Que ya no me cubrirás de humo, ni te cubriré de mí.
Que esto se acaba, antes de volar. Antes de soplar, siquiera.
Que nunca más será a mi modo.


Nota mental: dejar de pedir perdón por las cosas que no has hecho con mala intención.
Anoche soñé contigo, viejo amigo. Me diste la mano en sueños y algo en mi realidad se ha estremecido. Hacía tiempo que no te recordaba, que no te veía sacándome pesetas de las orejas o chocolatinas de debajo de la mesa. Me sorprende acordarme de cada detalle de tu casa y lo poco que me gustaba ir, porque era antigua, grande y fea. Solía esconderme mientras veías la televisión, sentado donde siempre, con el bastón a un lado y las gafas con los cristales más gruesos del mundo. No me acuerdo de cuándo te perdimos, no recuerdo la última vez que te vi, pero sé que aquí siempre has faltado, desde que mi madre me llamó una tarde diciéndome que te habías ido al cielo. Me odio en estos momentos, por haber pasado más tiempo jugando bajo la mesa que escuchándote hablar de tus negocios, de tu pasado, de tus aventuras de militar. No pensé que te irías tan pronto ni que algún día tonto como hoy, me ibas a tocar la mano que no dejaba que me estrujaras cuando aún estabas ahí. No puedo dejar de pensar que hayas vuelto a mí por algo, que si te he podido sentir en sueños, ¿podrías haberme sentido tú a mí desde allí? Porque espero que de verdad estés en algún lugar del cielo, donde puedas seguir sacando sonrisas con tus trucos de magia de abuelo. 
Espero que sepas lo que estás haciendo, que lo tengas claro, aun sabiendo a ciencia cierta que no es así, espero que sepas hacer que sí, que todo es una estratagema y lo tienes todo planeado, y al final todo salga bien, porque no pueda ser de otra manera. Espero que conozcas a alguien que llegue a todos los lugares de tu alma que tienes olvidados, que sientas el vértigo del llano y hagas algo genial con él, como todo lo que consigues expresar. Espero que sigas siendo el chico confiado, inteligente, seguro e inquieto que conocí para que no te hagan venirte abajo. Y espero que algún día veas que mostrarlo no es signo de debilidad.
Espero que sepas. 

Felicidades.
Siempre pensé que era importante dejarse la piel en cualquier aspecto de la vida en el que uno se veía implicado. También creía que bastaba ser uno mismo en ciertos momentos, dar lo que uno podía. Me consideraba una persona dentro del mundo, pero cada día estoy más convencida de que hay gente que no sirve para eso. 
Si uno no consigue lo que quiere puede ser porque ha dejado de creer que puede llegar algo mejor y se ha conformado con lo cómodo. Que a la larga, es como volver a tener nada. 
Soñaba y soñaré. 
Es todo eso que alguna vez me dijiste, hace tanto, casi en otra vida: "Estas enferma de ganas".
Sin embargo ahora...
Necesito ir despacito.
Y sentirme así, como me gusta estar. .
"Lo peor es que buscas fuera lo que te sobra dentro".
Despacio.
Y no volver a dar la vida a quien no la entiende.
Sólo quería tranquilidad y entendimiento.

Sabes eso de... ir buscando. Pero todos buscan lo mismo que tú. No te sientes diferente a nadie pero no eres semejante a ninguno. Eliges cuándo abrirte al mundo, siempre demasiado temprano. No quieres nada que puedan ofrecerte, porque eso implica no encontrarlo por ti mismo. Se aprovechan de que saben lo que necesitas. No te dan nada, porque no tienen por qué. Quizá algún día alguien lo entienda.
No sé cuál será este país, pero hace frío. No sé cómo se llama, pero hace ya semanas que vivo en su regazo, que me canta a todas horas, para dormir, porque de noche no lo hago. Desde aquí puedo verlo todo, pero ese todo está conmigo desconectado. Creo que el mundo alrededor intenta hacerme perder la cabeza, pero presto tan poca atención que noto cómo la tierra se desespera, a veces quiebra y gruñe, se lamenta de que toda yo esté hecha aquí de indiferencia, de pies a cabeza, todo son piezas blancas que todo lo reflejan, pero no absorben nada.