
Sentada en un bus con una ciudad destino diferente a la suya propia, casi a medianoche, miraba hacia el horizonte bañado en un negro que escondía, paradójicamente (por sus preferencias tajantes hacia ese color en las últimas etapas de su vida y la tristeza que ella le atribuía), todo eso a lo que estaba dejando de sentir miedo. Y ni siquiera había horizonte porque se fue fundiendo con la oscuridad a medida que el sol decidía acabar su jornada. El horizonte en la noche se ve peor. Quizá esa es una de las razones por las que la gente se siente agusto, porque no se perciben tan limitados. Ella ya no pensaba en las luces, las que se aparecían dibujando lineas discontinuas por el camino y se perdían en él; ni en la luz de la luna escapándose entre el nublado de una noche poco fría para ser noviembre. Tampoco pensaba en la persona que se reflejaba en la

ventanilla, casi pegada a ella, a quien la carretera le hizo estragos. Era alguien igual pero diferente, en varios sentidos, y se cae en la cuenta de esto pocas veces. Hay pocos momentos en que la vida te dice explícitamente dónde estás y cómo te sientes con respecto a ello. Pero son momentos fugaces que, junto a algunos otros, valen tanto, tantísimo, que por eso igual la gente los menosprecia. Porque dan miedo. Como los cambios, los viajes. Aunque a ella cada vez le gustaban más este tipo de viajes, porque siempre le gustó sentarse en la parte de atrás de un autobús y dejarse llevar por la velocidad, el paisaje, la música y los pensamientos. Esta vez pensaba menos y sentía más. por eso sólamente quería llegar. Porque cuando llegas siempre esperas algo, o te espera, no lo sé... pero nunca es en vano. Y cuando digo nunca, es nunca. La espera es bonita, si merece la pena, porque forma parte de toda la satisfacción que recibes cuando dejas de esperar. Y hay que saber, llegados a un punto, cuándo compensa el tiempo invertido en nostalgia. Si no, simplemente, es perder el tiempo. Las personas escogen los aviones por ahorrarse horas cuando se puede. A ella nunca le gustó mirar hacia abajo y ver el mundo en miniatura, aunque se tarde la mitad. Disfrutar del trayecto, las idas y las malditas vueltas. Necesita su tiempo de asimilación. Sobre todo cuando no hay horizonte y las luces bailan como si supieran que nunca más te volverán a ver así, tal y como te vieron, porque cuando llegues a tu destino habrás crecido lo equivalente a esos kilómetros recorridos.
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