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Que me den algo para que se termine este ánimo autodestructivo, para que se quiten los miedos a salir de casa sola, para que se vayan de una vez los calambres por el cuerpo, los dolores de cabeza. Que me manden algo para que mis hombros no carguen con el peso de cuando me siento mal, que mi apetito vuelva a ser el de siempre, que no termine los días llorando. Que haya algo que termine con los malos sueños, con las ganas de desaparecer, con el insomnio de algunas noches; que mi respiración no se acelere, que corte de raíz los mareos, la sensación de que me caigo. La sensación de que me muero.
Que me den lo que sea, pero que por favor, me quite este dolor del pecho.

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A veces me da por pensar que la vida es algo... triste. No lo es cuando tienes energía suficiente o la salud necesaria para recuperarte de todos los daños que uno se provoca o le provocan a lo largo de las situaciones y el tiempo. No lo es cuando encuentras algo que te hace un poco más feliz de lo que eras antes. Pero los años pasan y envejecemos con todo lo que eso supone. Aparecen problemas más serios que los que te afectaban a los 10 o a los 30 y empiezas a depender de especialistas, pruebas y medicamentos que intentan alargar lo más y mejor posible la hora de lo inevitable, de aquello por lo que vamos a pasar todos además del nacimiento. Sin excepción. Y es algo triste verlo así pero a la vez pienso que todo ese peregrinaje que se hace cuando eres mayor a los médicos, es por no querer abandonar un mundo que, si tiene cosas malas, tiene bastantes más cosas buenas en el día a día. Es por no querer abandonar a las personas que nos quieren y queremos. No formar parte de sus vidas ni ser testigos de lo que les ocurra. Alargamos la vida por amor. Y eso es algo increíble. Y creo que las personas deberían centrarse más en encontrar el bienestar en lo cotidiano. Disfrutar con la persona que estás, con lo que haces, buscar algo mejor, no abandonar las metas. Porque nadie nos devuelve el tiempo que perdemos. Porque los años no deberían sumarse sino irse restando, si eso sirviera para hacernos más conscientes de que vamos a morir, pero hoy seguimos vivos.
Que igual no era el momento, el lugar... Que lo mismo se ha parado el tiempo. Que he vuelto a pintar un cuadro negro. Que no me arrepiento de nada de lo que he dicho o hecho. Que por la noche me cuesta más dormir. Que sólo quería saber que estabas cerca. Que me cuesta seguir si te veo dudar. Que prometo no volver a tropezar con mis propios pies. Que hace frío y no ayuda. Que ahora sólo voy a dedicarme a respirar. Porque no tengo ganas más que de respirar.

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Sentada en un bus con una ciudad destino diferente a la suya propia, casi a medianoche, miraba hacia el horizonte bañado en un negro que escondía, paradójicamente (por sus preferencias tajantes hacia ese color en las últimas etapas de su vida y la tristeza que ella le atribuía), todo eso a lo que estaba dejando de sentir miedo. Y ni siquiera había horizonte porque se fue fundiendo con la oscuridad a medida que el sol decidía acabar su jornada. El horizonte en la noche se ve peor. Quizá esa es una de las razones por las que la gente se siente agusto, porque no se perciben tan limitados. Ella ya no pensaba en las luces, las que se aparecían dibujando lineas discontinuas por el camino y se perdían en él; ni en la luz de la luna escapándose entre el nublado de una noche poco fría para ser noviembre. Tampoco pensaba en la persona que se reflejaba en la ventanilla, casi pegada a ella, a quien la carretera le hizo estragos. Era alguien igual pero diferente, en varios sentidos, y se cae en la cuenta de esto pocas veces. Hay pocos momentos en que la vida te dice explícitamente dónde estás y cómo te sientes con respecto a ello. Pero son momentos fugaces que, junto a algunos otros, valen tanto, tantísimo, que por eso igual la gente los menosprecia. Porque dan miedo. Como los cambios, los viajes. Aunque a ella cada vez le gustaban más este tipo de viajes, porque siempre le gustó sentarse en la parte de atrás de un autobús y dejarse llevar por la velocidad, el paisaje, la música y los pensamientos. Esta vez pensaba menos y sentía más. por eso sólamente quería llegar. Porque cuando llegas siempre esperas algo, o te espera, no lo sé... pero nunca es en vano. Y cuando digo nunca, es nunca. La espera es bonita, si merece la pena, porque forma parte de toda la satisfacción que recibes cuando dejas de esperar. Y hay que saber, llegados a un punto, cuándo compensa el tiempo invertido en nostalgia. Si no, simplemente, es perder el tiempo. Las personas escogen los aviones por ahorrarse horas cuando se puede. A ella nunca le gustó mirar hacia abajo y ver el mundo en miniatura, aunque se tarde la mitad. Disfrutar del trayecto, las idas y las malditas vueltas. Necesita su tiempo de asimilación. Sobre todo cuando no hay horizonte y las luces bailan como si supieran que nunca más te volverán a ver así, tal y como te vieron, porque cuando llegues a tu destino habrás crecido lo equivalente a esos kilómetros recorridos.

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Todas esas cosas que dijimos hace años que no haríamos, todos esos pudores que emanaban de cada estridente carcajada que dejábamos ir. Toda esa inocencia.
Luego vas aprendiendo que tu vida no es aquello que decidiste no hacer sino eso a lo que te atreves cada día, los pasos que das. Te vas desnudando al mundo, para llegar un poco más allá. Para conocer de lo que eres capaz. Porque al final tan sólo se trata de estar agusto con tu piel.

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Supongo que las obsesiones no te salvan, por muy buenas que sean. Debíamos haber supuesto que las nubes no iban a encontrar en nosotros aquello que estaba haciendo herida y, ni por asomo, sacarlo de dentro. Tampoco las personas que dicen que lo entienden consiguen hacer que nos sintamos menos solos. Probablemente tampoco los lienzos, las acuarelas, las canciones o las fotos. Perdimos el tiempo, por decirlo de alguna manera, proyectando hacia fuera los problemas y sus respectivas soluciones, cuando hay que atacar el epicentro. Fuimos, de algún modo, moldeando el contexto para hacerlo más cómodo entre nosotros y lo que pinchaba (y dolía, mucho) evitando encararnos con 'eso'. 'Eso' que puede acabar contigo de la manera más sutil por lo subestimado que es. Pero si no lo eliminas, se alimenta de ti. De tus defensas y ganas de vivir. Y es que es más fácil posponer los miedos y dejarlos para luego, por si luego igual tenemos más recursos que ahora... por si luego se han hecho más débiles. Porque nunca reconociste que la débil eras tú, que no podías pelear sola, que estabas huyendo de lo que pasaba, que no tenías ganas de cambiar.

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Y ahora sí, digo basta. Creo que sabes cómo me siento; imagino has querido decirlo tú en demasiadas ocasiones pero nunca reuniste el valor para hablar un poco más alto que los demás. En el fondo nos parecemos un poco tú y yo aunque no lo reconoceremos nunca en alta voz.

Sé que muy mal debes de estar como para haber explotado a estas alturas cuando normalmente hubieras tragado. Pero ahora te encuentras en ese "hasta no poder más" que te deja colgando mirando tu propia vida desde arriba o desde abajo (¿se llama vértigo si se provoca mirando desde abajo?), que es una manera de sentir diferente que no sabes cómo tomarte (y ni siquiera sabes si podrás acostumbrarte), que es una forma distinta de echar de menos lo que tenías, que simplemente las cosas han ido así para bien o para mal y no hay más.

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Sé que puedo encontrar la solución si pienso un par de veces el problema. Sé que me perderé ciento siete veces antes de dar con el paso que me conduzca al lugar adecuado porque, aunque no está tan cerca ni tan remotamente lejos como parece desde mis respiraciones, creo que tengo la manía de posponer las cosas que tienen el poder del cambio, de lo temporalmente estable, de lo que suponga el fin de la transición. Es tan cómodo flotar entre dos estados de ánimo y disfrutarlo sin el miedo a hundirte o estar hundida, sin más. De todas formas no existe el lugar adecuado. Tengo la certeza de que al llegar siempre prefiero cualquier otro, sea el conocido o el que quede una esquina más allá. Más bien se trata de la sensación de familiaridad o la incertidumbre de ver qué hay detrás de las puertas blindadas que llenan de pequeñas fronteras las grandes ciudades impersonales, las que nunca se apagan y nunca te permiten descanso. Me delato cuando hablo salvo cuando cuando no estáis pendientes de lo que hago, cuando no sóis una amenaza para mí, cuando me da igual que existáis en un mundo colindante. A veces siento repugnancia. Porque nunca me da igual nada, la verdad. Solo que a veces me veo cayendo en la trampa de ser, decir o hacer lo que otros esperan que sea, diga o haga. Qué más da ser tú mismo cuando las personas escuchan lo que quieren escuchar, de qué sirve un momento de felicidad si esa felicidad no es completamente sana. ¿Quién querría acaso ir llenando su vaso de instantes de placer prefabricado? O es que igual estamos destinados a ello o no damos para más. A hablar por hablar en habitaciones cargadas de humo donde a nadie realmente le gusta como sabe eso de fumar, a buscar soluciones entre frases de bestsellers con fórmulas revolucionarias para conmoverte, a pensar sobre lo que otros han pensado antes haciéndonos creer que tenemos mentes originales. Qué asco de vidas gratuitas. ¿Qué solución hay para los inconformistas?

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Guardé todo esto, toda mi vida, conmigo. Y llegué aquí de nuevo, como si no hubiera pasado el tiempo, por si volvía a haber alguien que tuviera ojos que supieran leer, de todo menos palabras. Conseguí reconocerme, a pesar de las nuevas grietas de mi cuerpo. Era aquel ser que elevaba cada sentimiento al cubo, acabando en asimétricos lugares de mi tiempo. Y creía que era feliz y desgraciada cuando vomitaba todo aquello en papeles que entendían, congelando mi vida dentro de tinta negra perenne, sabiendo que podría romperse si en algún momento temblaba y se caía. Todo aquello que me hizo sentir ya se ha ido, se fue cuando debió marcharse, cuando tocaba aprender. Sin embargo, los recuerdos quedan y las palabras siguen ahí. Y no he avanzado nada desde entonces porque he vuelto al punto en el que empiezo a escribir porque cobra sentido, sabiendo que dentro de un tiempo todo habrá cambiado y sólo me quedará el recuerdo y cuatro párrafos que me lleven a un lugar que no sé si querré volver a visitar. Como si todo fuera un absurdo, una mentira, un chiste malo. Como si me sintiera mal volver a revivir lo bueno que viví, lo mal que lo pasé, lo que llegué a pensar de ti o lo que me hiciste sentir.

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No sé qué es lo que te ha llevado siempre a preferir el sabor amargo de debajo de las piedras. No sé qué tienes dentro de ella que escondes la cabeza cada vez que me giro para mirar si continúas conmigo. No sé qué lugar te salva de ti misma ni a qué recurres cuando la vida te puede. No sé qué sueñas en silencio ni porqué te empeñas en perder la razón si en verdad la llevas. No sé qué momentos han hecho que seas la persona que eres ahora ni porqué la culpas cuando la ves reflejarse en los charcos. No sé si el tiempo conseguirá curarte las heridas, no sé si vas a dejar siquiera que lo haga. No sé qué quieres hacer con tu vida aunque sé que tu tampoco sabes lo que quieres. Sólo sé que no he visto a nadie con tantas ganas ni tanto miedo de vivir.


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Igual es momento de cambiar. De dejar de huir. De empezar a hablarme desde la verdad y dejar de convencerme de que todo va bien así. Porque no va bien, de hecho va fatal. Tan mal que ya no puedo más.

"Encontraré el camino, no me rendiré", me escribió un buen amigo. Y sé que el día que no me haga llorar esa frase será el día que lo haya encontrado. El día en que haya dejado de preguntarme: "¿Y todo esto para qué?".

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Eres la grapa que me muerde con ganas, la palabra que se agarra y no se suelta, las letras que arañan el alma, la imagen de eterno retorno, los deseos satisfechos a medias, el acorde que se repite, el orgullo herido a escondidas, las manos tras la espalda, el pinchazo que ya no hace sangrar, las cosas que se dicen por lo bajo, el miedo de hablar (y de quedarse con las ganas), la cabeza en ebullición constante y los pasos hasta que no se pueda andar más.

(...)
- ¿Y cómo me ves tú a mí?
- Como un misterio.
- Ése es el cumplido más raro que me han hecho nunca.
- No es un cumplido. Es una amenaza.
- ¿Y eso?
- Los misterios hay que resolverlos, averiguar qué esconden.
- A lo mejor te decepcionas al ver lo que hay dentro.
- A lo mejor me sorprendo. Y tú también.

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Que a qué vengo... pues a encontrar algo, supongo. Por si se da una de esas casualidades de la vida y lo que trato de buscar se encuentra aquí, y no allí, en cualquier lugar. Porque si no está aquí me da lo mismo dónde esté, el caso es que sigue lejos... o tan cerca. Cerca como estuviste tú de mí, tan lejos a pesar de estar a mi lado. Eso es a lo que vengo... Saber hasta dónde puedo echar de menos todo lo que no tengo, todo lo que nunca he llegado a ver, todo lo que ni siquiera he acariciado. Aquí es cuando entiendo que no se deben comparar los recuerdos, ni aferrarse a uno en concreto. Sobre todo cuando apenas es real. Eso te impide disfrutar del resto de acontecimientos de la vida. Con las personas pasa algo parecido que a mí siempre se me olvida. Pero no he venido a quejarme, eso lo dejo para después. Tan sólo esperaba hallar un motivo, una razón, un argumento por inválido que sea de que la búsqueda no será en vano.
¿Sabes lo que pasa? Que uno se acostumbra a las cosas buenas. Lo peor de todo es que uno también se acostumbra a sentir dolor. Y tampoco importa si el dolor aumenta. Acabas por no notarlo, aunque el daño deje su huella de todas maneras. Pero ya no te quejas como antes, no lo exteriorizas tanto aunque ha de salir por algún lado y con toda la certeza del mundo lo hará, por supuesto que saldrá y de la peor manera. Te convences de que se pasará pero en realidad te preguntas si esto será para siempre, si pasarán veinte años más y seguirás sin avanzar ni un paso, sin motivaciones, sin valor, cada vez mejor sola para no sentirte peor. Después te llueven voces que te dicen que te entienden, pero realmente nadie tiene ni idea. Hay momentos en los que realmente no se ven salidas.

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Ayer un tren partió dejando atrás el calor húmedo de Barcelona con destino a la sequedad madrileña. En el vagón abundaban los hombres vestidos de traje y una actitud de viaje por pura rutina, obviando durante las tres horas cualquier fenómeno que el paisaje pueda ofrecer a través de la ventanilla.
A veces tengo la absurda manía de creer que soy la única a la que le suceden cosas malas. Creo que ya no me ocurre. Ahora sólo quiero que dejen de pasar esas cosas. 'Quiero' lo digo y lo siento dentro bien grande y en mayúscula, muy alto, muy fuerte. Quiero volver a Barcelona.
Ayer cogí el único tren que es capaz de atraparme y llevarme bajo tierra a la misma velocidad con que se mueve en horizontal. Casi 300 kilómetros por hora de echar de menos y alguno más de deseos de dejarlo todo y continuar en dirección contraria.
Madrid no me sienta bien, aquí no quiero estar sola por miedo a sentirme sola. Allí no me pasa. Y estoy cansada de ser una persona triste.
Mis días no se volvieron pesadillas. Fueron mis pensamientos el refugio de las mismas. Fue lo que llegué a sentir. Un descenso que nadie contempló, una caída que ninguna persona impidió. Sólo quise llegar a tiempo. Odiaba sentir que podría suceder, cuando piensas que puede ser la última vez que digas 'la última vez que hago esto o digo lo otro'. Hay peores cárceles que las palabras (leí una vez). Y no pude evitarlo... no llegar a tiempo. Sentir que no.

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Debería empezar por arreglar los desperfectos que siempre tuve la certeza de tener. Creo que no soy imparcial aunque, por otro lado, no creo que nadie pueda serlo… yo por exceso, otros por defecto. No sé en qué momento dejé de conocerme para empezar a tirar piedras sobre mi cama, conmigo encima, tumbada, mirando nada y dejando el tiempo correr… hasta reunir las ganas de retomar las cosas donde las dejé. Siempre se me dio tan bien ponerme en huelga contra mí o contra el mundo…